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Guede: ¿el único villano en la crisis de Colo Colo?

Ha cometido el pecado de la soberbia, creyéndose más importante que los jugadores, a quienes cambia de puesto como quien cambia en el jardín la posición de los maceteros. Pero el técnico está lejos de ser el culpable exclusivo del pésimo momento por el que atraviesa el Cacique. Caminando por la cuerda floja, o responde este domingo a su bien ganado rótulo de “entrenador clasiquero” frente a la U, o el incendio en Macul será de proporciones.

Los hinchas albos, como es lógico y por lo demás habitual en este tipo de trances, pidieron a gritos la cabeza de Pablo Guede tras la humillante derrota frente al Delfín ecuatoriano. Como es natural, aumentaron los decibeles de su demanda luego de otra derrota inesperada y fuera de todo cálculo, el pasado domingo, frente a San Luis de Quillota.

Que se vaya el técnico albo, a estas alturas, es clamor popular.

Cabe preguntarse, sin embargo: ¿es Guede el único culpable de esta crisis de fútbol y de resultados que aqueja al vigente campeón del fútbol nacional?
Y lo cierto es que, siendo el responsable principal, claramente no es el único culpable de esta crisis futbolística que aqueja a Colo Colo, por lo demás en el peor momento de todos. Porque aunque nunca sea oportuno jugar mal, y como consecuencia lógica perder, las incertidumbres y las dudas atenacean al Cacique justo en la víspera del Clásico mayor del fútbol chileno.

En otras palabras, la incontrarrestable paternidad que Colo Colo ha venido ejerciendo frente a su archirrival, desde el 2013 y hasta ahora, tiene todas las trazas de terminar en el caso que se dé la lógica.

Y en el fútbol, más allá de lo que opinan erróneamente algunos, la lógica suele darse con una frecuencia más que habitual, por más que, de tanto en tanto -y he ahí una de las razones del inmenso atractivo que tiene el juego- esta pueda quedar patas arriba y absolutamente desairada.

Está claro, además, que el hincha albo puede perdonar cualquier cosa, menos caer frente a Universidad de Chile. Es más: hasta he escuchado aficionados al cuadro popular que, puestos en la disyuntiva, dicen preferir ganarle siempre a la U antes que disfrutar de un nuevo título de campeones.

Es decir, Pablo Guede, que desde hace días camina por la cornisa, bien podría precipitarse definitivamente al vacío si este fin de semana no logra salir airoso de ese duelo que, por su morbo e implicancias, contribuye en inmensa medida a sostener el interés por un torneo en general chato y mediocre.

Sé que esto molesta a directivos, cuerpos técnicos y jugadores. A aquellos que giran en torno a lo que algunos denominan “la actividad”. Ellos, que viven para el fútbol y del fútbol, no pudieron sino sentirse profundamente heridos luego que el campeonato chileno fuera catalogado como el peor de Sudamérica, con la sola excepción del torneo venezolano.

Pasa, sin embargo, que la única manera de medir esa jerarquía, o ausencia de ella, es la confrontación internacional a nivel de clubes. Y ocurre que, en los últimos diez años al menos, con una sola excepción (el logro de la Copa Sudamericana, por parte de la U), nuestros clubes han mostrado un inusitado entusiasmo por dar la hora y defraudar, así sea que les toque en suerte enfrentar a cuadros como Boca o River o a “Los Titanes del Orinoco”.

Que, como decíamos, Guede sea el principal responsable de este pésimo y turbulento momento por el que transita Colo Colo, no exculpa a otros actores de esta debacle. Como los jugadores, al cabo los protagonistas principales.

No es culpa del técnico que Rivero, vital en la consecución de la estrella número 32, hoy ande tan peleado con el arco. Porque si ya frente a Universidad Católica dejó ir tres o cuatro oportunidades clarísimas para anotar, ante San Luis ratificó su mal momento cuando, en el minuto 23, y habilitado extraordinariamente por Valdivia, desvió su remate con el meta quillotano absolutamente entregado a su suerte.

Pasa, además, que tras un comienzo fulgurante de campeonato, en que pelota que pillaba la metía, Paredes ha caído en un bache inusitado para un goleador de su estirpe. Si en algún momento se pensó que estaba para batir los records que aún ostentan el “Chamaco” Valdés y Pedro González, como los máximos artilleros del fútbol nacional en toda su historia, hoy existen motivos de sobra para dudar.

Lento incluso en espacios cortos, sin chispa y sin claridad, Paredes ha desperdiciado una a una las escasas ocasiones que ha tenido. Entre ellas, incluso un lanzamiento penal frente a Palestino.

Guede, que puede ser cualquier cosa, menos un bobo, sabe que no le queda otra que seguir respaldándolos. Porque entiende que, simplemente, no tiene más. Ni el promisorio Iván Morales, ni Nicolás Orellana, jugando al tope de sus rendimientos tienen el peso específico del uruguayo y del artillero, a estas alturas, y con todos los merecimientos, un ídolo incombustible en la institución popular.

¿Dónde se equivocó rotundamente Guede? Cuando, a sabiendas de su dramática escasez de delanteros, dejó ir a préstamo y sin mayores cuestionamientos a Andrés Vilches y Marcos Bolados. Y aunque ninguno de ellos está al nivel de los titulares, bien podían ser satisfactorias alternativas en las circunstancias actuales.

De partida, Vilches, las pocas veces que le tocó actuar como titular, y en su ubicación natural (en el centro del ataque, no por las bandas), respondió con lo que se le pedía: goles. En cuanto a Bolados, es verdad que, cuando le correspondió entrar, no anduvo; pero es ahí donde se tiene que notar la “mano” de un técnico.

Para graficarlo mejor: Sampaoli le sacó rendimiento a un Marcelo Díaz que en la U deambulaba por distintos puestos sin llegar a consolidarse jamás. Hasta a préstamo fue enviado alguna vez y no faltaron los que pensaban que deshacerse definitivamente de él no iba a ser ningún atentado en contra del fútbol.

Más allá de su inmenso error en la final de la Copa Confederaciones, que costó el gol alemán y la pérdida de ese trofeo, ¿será necesario apuntar lo que significó para esa U campeona de la Sudamericana? ¿O para la Roja la presencia de Díaz incrustado entre Medel y Jara o siendo la salida para Aránguiz o Vidal?
Roberto Cereceda es otro caso. Como lateral volante por la izquierda no era ningún prodigio en la marca. Y ofensivamente era peor: en mis años de presenciar fútbol nunca lo vi desbordar al lateral de esa banda para meter un centro atrás. Sin embargo, algo debe haber visto en él Marcelo Bielsa que lo tenía siempre entre sus convocados a la Roja, casi siempre como titular. Y, para ser justos, Cereceda siempre le respondió. Al “Loco” y al equipo.

La mayor culpa de Guede, sin embargo, residió en el encaprichamiento por Lucas Barrios. Entrevistado por el equipo de Fox Radio, dijo que para él era Barrios o ninguno. Dicho claramente, que si no le traían a ese jugador, sencillamente no quería a nadie más.

Fracasada la negociación, por razones nunca aclaradas lo suficiente, descartó contar con un refuerzo que, por presupuesto, estaba a la mano. Porque si Blanco y Negro tenía recursos para al menos negociar con Barrios, dichos dineros bien pudieron destinarse a un delantero que le brindara a Guede lo que hoy no tiene: entrada por las bandas.

Lo de Luis Pavez es otro caso que, aunque menor, vale la pena destacar. El muchacho, que en algún momento se ganó con todos los merecimientos el puesto de titular en el Cacique, y que hasta fue campeón, volvió al Monumental a principios de año, tras cumplir con su temporada a préstamo en Wanderers.

Pablo Guede le bajó el pulgar. Dijo que no entraba en sus planes, aunque Pavez había sido claramente un muy buen jugador en ese Wanderers que, tras ganar la Copa Chile, terminó descendiendo de manera increíble en una infartante definición a penales frente a Unión Calera.

Está bien: Pavez no es Junior, Roberto Carlos ni Marcelo. Pero, ¿es menos que Suazo o que Brayan Véjar?

Guede, por último, ha cometido a todas luces y en forma reiterada el pecado de la soberbia. Se ha creído más importante que el mismo equipo y movido jugadores de puesto como prestidigitador de feria. Baeza de último hombre, Véjar por derecha o por izquierda, Barroso de segundo “stopper”, para terminar con el último de sus inventos: el “Pajarito” Valdés como volante carrilero por la izquierda.

Y nada le ha dado resultado. Guede parece haber olvidado que el “Coco” Basile, para explicar la consecución de la Copa América 1991 y 1993, por parte de Argentina, señaló que su único secreto había residido en ubicar el refrigerador en la cocina, la cama en el dormitorio y el bidet en el baño. En otras palabras, desechar los delirantes experimentos que habían ensayado sus predecesores y ubicar a sus jugadores en los puestos que conocían y dominaban.

En esta crisis alba, por cierto, la regencia de Blanco y Negro no puede quedar al margen, liberada de culpa. De partida, porque desde que Colo Colo les fue birlado a sus socios y a sus hinchas, para convertirlo en una Sociedad Anónima sin corazón y sin alma, por el mando albo han desfilado desde ineptos hasta pillastres, aunque unidos por un denominador común: su absoluta ignorancia de lo que es el fútbol.

Esa ignorancia supina, sumada al envilecimiento que supone privilegiar el negocio por sobre consideraciones deportivas, han hecho de Colo Colo una institución de funcionarios en que la inversión sea la mínima posible para garantizar que los accionistas cada fin de año queden al menos conformes.

Y así es como por el Monumental, en los últimos años, han desfilado decenas de pataduras y “muertos” cuyo rendimiento por cierto no estará nunca destinado a quedar en el registro de la rica historia alba.

¿Excepciones? Por cierto que las hay, sólo que en el balance son muchos, pero muchísimos más, los fiascos que los aciertos.

Párrafo aparte merece, ciertamente, el trabajo que ha hecho Blanco y Negro respecto de las series menores.

De partida, en los muchachos se ha invertido lo mínimo, al punto que los camarines interiores y que los cobijan, lucen ruinosos y son el palacio del hongo.
Tampoco se buscan jugadores en los barrios, en las regiones, como se hacía antes, cuando Colo Colo era libre y soberano. Los zopencos actuales esperan que les lleguen, desconociendo una verdad irrebatible: Chile no produce jugadores por generación espontánea, como suele suceder en Brasil, Argentina, Uruguay y, últimamente, Colombia.

A los señores regentes, eso está claro, les produce una lata espantosa invertir en la búsqueda de los nuevos Vidal, Valdivia, Fernández o Bravo. Y por eso, durante años, estuvieron metiéndole el dedo en la boca al Fisco o a las municipalidades para que les financiaran el que ellos denominaron “Fútbol Joven” para concretar la trampa.

Una estafa con todas sus letras en la que, con singular entusiasmo, participaron la mayoría de las Sociedades Anónimas Deportivas.

El resultado es que, en todos estos años de Blanco y Negro, Colo Colo ha sido incapaz de producir un solo jugador de nivel internacional. Sólo ha entregado jugadores “de pijama”, es decir, únicamente para la casa. Y eso…

En la vereda opuesta, Universidad de Chile se refocila pensando en el Superclásico que viene. Sin ser el Barcelona ni mucho menos, en el momento actual los azules son claramente mejores. Por fútbol y, sobre todo, por dinámica.

A los hinchas albos –y aunque constituya toda una paradoja-, sólo les queda encomendarse a “San Guede”. Después de todo, el polémico y discutido técnico albo, capaz de perder con cualquier cuadro de los denominados “chicos”, tiene bien ganado el calificativo de “clasiquero”.

Aunque, si el domingo le falla la chapa, el incendio en Macul va a ser de proporciones…

Eduardo Bruna

Eduardo Bruna

Periodista. Premio Nacional de Periodismo Deportivo (2000). Fue director de Revista Estadio, redactor de El Mercurio, La Tercera, Don Balón, Deporte Total y El Gráfico. Ex profesor de Periodismo Deportivo en la USACH y en el Instituto Nacional del Fútbol.