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Yo lo Viví: estaba en Gijón cuando Alemania trituró a la Roja

Con el panorama enredado por la sorprendente victoria de Argelia sobre Alemania y la derrota chilena frente a Austria, el optimismo no decaía en el Colegio Meres, el curioso lugar de concentración y alojamiento de la selección en el Mundial de España.

Con el panorama enredado por la sorprendente victoria de Argelia sobre Alemania y la derrota chilena frente a Austria, el optimismo no decaía en el Colegio Meres, el curioso lugar de concentración y alojamiento de la selección en el Mundial de España. Luis Santibáñez se burlaba del goleador alemán y Eduardo Bonvallet prometía un baile con la tenencia del balón.

El asunto lo enredó Argelia…

En los cálculos premundialistas se daba por descontado que Chile ganaba a los africanos y perdía con Alemania. Y que todo se decidía en el partido con Austria. Después de la fecha inaugural, ningún cálculo servía: Chile había perdido con los europeos, pero los argelinos habían derrotado a los germanos. Los punteros, en consecuencia, eran los que en la previa tenían menos posibilidades de clasificación. Y los favoritos estaban a punto de quedar eliminados.

Comenzaron, entonces, otras especulaciones: “Si Argelia venció a Alemania, quiere decir que Chile también puede ganarle”.

Y con esa perspectiva optimista llegó la Roja a su segundo duelo mundialista en España 82.

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GUERRA A LA PRENSA

Las relaciones entre Luis Santibáñez y los periodistas que habían criticado el trabajo preparatorio de la Selección no habían mejorado. Al revés. Ácidos artículos escritos por un curioso enviado especial del Canal de la Universidad de Chile (actual Chilevisión) había enardecido los ánimos. El “periodista” era el dirigente Alfredo Asfura, que también había anticipado la debacle y que se había enfrascado en una enconada disputa personal con el entrenador.

¿Resultado?: más restricciones para la prensa sin compromisos.

Si uno era “enemigo de la Selección”, como calificaba Santibáñez a los que lo criticaban, costaba entrar al lugar de concentración, un internado de curas –el Colegio Meres- que se había elegido para abaratar costos y que tenía muy pocas instalaciones adecuadas para una delegación futbolística. De partida, las camas eran para niños, y Elías Figueroa dormía todo encogido. Segundo, los cocineros eran españoles y le agregaban a la comida los exquisitos ingredientes propios de la zona asturiana, veneno para deportistas de élite. La mayoría terminó con más peso que el que tenían cuando llegaron. Tercero, el paisaje era desolador.

Tuve suerte en la cobertura. Aunque Santibáñez me cerraba la puerta, como a tantos otros, igual entraba: era muy amigo con el presidente de la Comisión Selección, Daniel Castro, eficiente defensa central del equipo que integrábamos en una liga futbolera. Aprovechaba algún descuido, y me permitía el paso.

En el intertanto, los periodistas españoles nos desafiaron a un duelo futbolístico que se iba a concretar en la cancha de entrenamiento del Colegio Meres. No sabíamos si Santibáñez lo iba a aceptar, pero asintió. Quería ver el ridículo que haríamos. Pero, no: ganamos 4-1. Hice un gol de penal, y fue comentado, porque Caszely había perdido el suyo ante los austríacos. El árbitro de ese encuentro fue el ahora notario Juan Facuse, por entonces informador de radio Minería. Se puso su atuendo árabe y lo hicimos pasar por argelino para garantizar la imparcialidad. A los 5 minutos nos regaló el penal que nos puso en ventaja.

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BARRILITO DE CERVEZA

En los días previos, las declaraciones de los protagonistas chilenos fueron levantando los decaídos ánimos que dejó la derrota con Austria. Suponían que Heinz-Karl Rummenigge, que no había jugado en el partido con Argelia, seguiría ausente. No dejaba de ser favorable la lesión del alemán, que había sido elegido como el mejor de Europa, Balón de Oro, en los dos años anteriores.

Luis Santibáñez llevaba la voz cantante. “Ahora van a ver al verdadero Chile”.

-¿Algún temor por la potencia del ataque alemán? – preguntaron.

-¿Qué temor podemos tener?- replicó-. Tenemos a uno de los mejores arqueros del mundo, al mejor central de América y al mejor “stopper” de este mundial… Del ataque alemán sólo puedo decir que no existe sin Rummenigge. El centro delantero es un cervecero gordo y lento… No, no hay preocupación.

Los jugadores pensaban algo similar. Me acerqué a Eduardo Bonvallet, que había sido uno de los rescatables en el partido con Austria, y le planteé el problema que podía significar el adelantamiento de Hans-Peter Briegel, un lateral izquierdo que era una locomotora con su 1,88 de estatura y sus 89 kilos de peso.

-¿Cómo harán para frenarlo?- le pregunté.

Sonrió:

-Esta cuestión se juega con una pelotita. No saca nada con ser un supermán si no sabe jugar. La pelota la vamos a tener todo el partido nosotros y los vamos a volver locos… No se preocupen de Briegel.

Efectivamente, Briegel no brilló mucho en ese partido. El que sí lo hizo fue Rummenige. Jugó con la rodilla aún lastimada y anotó tres goles, dos de ellos con la complicidad de Mario Osbén, que no pudo responder a su condición de mejor del mundo que le había asignado Santibáñez. Elías Figueroa tampoco justificó sus pergaminos y René Valenzuela dejó indiferentes a los expertos.

Lo concreto es que Alemania trituró a Chile con 4-1 hasta mezquino para ellos y dejó a la Roja al borde del abismo.

Quedaba una esperanza, sin embargo. Calculadora en mano, había que esperar que Australia le ganara a Alemania y que Chile goleara a Argelia. Con eso se clasificaba. Pero ya se sabe qué ocurrió: alemanes y austríacos protagonizaron el tongo del siglo y dejaron afuera a los argelinos, que también habían derrotado a los chilenos.
Y el tren de la victoria regresó vacío.

Julio Salviat

Julio Salviat

Periodista de la Universidad Católica. Premio Nacional de Periodismo Deportivo (1996). Experiencia en importantes cargos de distintos diarios, revistas y radios.