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Yo lo viví: la noche más triste de Cardenio

En el Convention Center de Miami, Cardenio Ulloa estuvo a un golpe de coronarse como campeón del mundo de peso gallo cuando tuvo nocaut de pie al campeón Richie Sandoval. La historia, los entretelones de esa jornada increíble del 15 de diciembre de 1984 que todavía se nos antoja una pesadilla.

Tuve hasta el título hecho para la crónica triunfal. Fue un chispazo. Viendo a Richie Sandoval, campeón del mundo de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB), en la lona, navegando en esa inconsciencia que dramáticamente revelaban sus ojos extraviados, pensé en un simple “Cardenio para todo el mundo”. Lo que vino después, sin embargo, fue dramático, sin duda una de las mayores frustraciones sufridas en mi vida de 44 años como periodista.

A 32 años de esa pelea tan memorable como triste, en el Convention Center de Miami, los recuerdos del combate Cardenio Ulloa-Richie Sandoval siguen tan vivos como si el confronte hubiera sido hace sólo unos meses. O quizás ayer. Y es que nunca, más allá de la resistencia que Arturo Godoy le puso a Joe Louis en su primer confronte, en que incluso uno de los tres jueces votó a su favor, más allá de esos fulgurantes rounds iniciales de Martín ante Betulio, en Maracay, jamás un boxeador nuestro había estado tan cerca de la gloria eterna que significa consagrarse campeón del mundo.

La historia había comenzado aproximadamente un año y medio antes. Jorge Godoy, empresario chileno radicado en Miami a quien todos conocían por “Chichi” Godoy, había decidido incursionar en el boxeo. Pero teniendo cientos de boxeadores a su disposición, él quiso llevarse chilenos.

Fue así como, tras varios contactos telefónicos con el recordado técnico Emilio Balbontín, se lo llevó a él y a cuatro de sus pupilos: el mediopesado Jorge Correa, el welter junior Juan Cruces, el pluma Juvenal Ordenes, y el gallo Cardenio Ulloa. Tiempo después, incluso, se llevó a Eduardo Burgos, minimosca, medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de San Juan, 1979.

A los pocos meses, sin embargo, el grupo quedó reducido a sólo dos cartas. Correa era un muchacho muy buen mozo y a poco andar quedó ratificada la máxima rioplatense: los carilindos no sirven para el boxeo. En cuanto a Juan Cruces, no pasó su prueba de fuego, al ser noqueado después de algunas peleas triunfantes por el mexicano “Gato” González, un ex campeón del mundo de pegada demoledora.

Sólo quedaron en carrera Cardenio y Juvenal. Y ambos, con la sabia conducción de Balbontín, fueron encadenando una serie de victorias que los elevaron a la categoría de pugilistas  competitivos. Cardenio, que a Miami había llegado como campeón continental del Consejo Mundial, le sacó lustre a su condición de ranqueado dándoles verdaderas palizas a los centroamericanos José Ortiz, Héctor Martínez, Julio Osorio y José de la Cruz López.

Su prueba de fuego, ante el mexicano Edgar Muñiz, la pasó en forma brillante: en el Jai Alai Frontón le metió un nocaut terrible al azteca.

Que peleara por la corona mundial de las 118 libras  (53.524 kilos)no eraenabsoluto un descriterio. Y el hecho de que pocos meses antes la corona mundial hubiera cambiado de manos, cuando contra todos los pronósticos Richie Sandoval le había ganado al eterno monarca Jeff Chandler, facilitaba las cosas: como nuevo dueño de la categoría reconocido por la AMB, el chicano tenía derecho a dos peleas opcionales, es decir, a elegir de entre los diez primeros del ranking sus próximos oponentes, antes de asumir una pelea mandatoria frente al número 1.

Con inteligencia, Sandoval puso sus ojos en el venezolano Edgar Román y en el chileno Cardenio Ulloa. En el papel, los rivales más propicios antes de enfrentar un combate obligatorio ante Gaby Cañizares, a esas alturas el mejor de la categoría tras el campeón.

A Román lo venció sin dificultades. La pelea frente a Cardenio, fijada para el 15 de diciembre de 1984, estaba pues a la vuelta de la esquina.

En largas sesiones de guantes, Ulloa y Ordenes hicieron un entrenamiento absolutamente simbiótico: mientras Cardenio iría por la corona del mundo, Juvenal pelearía en el semifondo frente al venezolano Angel Levy Mayor, ubicado en el cuarto lugar del ranking mundial de los pesos plumas. Si ganaba, le quitaba el lugar en el ambicionado escalafón.

Todo marchó a las mil maravillas. Hasta que el día de la pelea comenzaron a encadenarse la serie de detalles que, al cabo, se transformaron en entretelones decisivos para explicar el amargo desenlace que viviríamos los periodistas enviados especiales y los cientos de chilenos que coparon buena parte de las tribunas del gigantesco Convention Center.

El primer detalle: los encargados de pintar la lona del cuadrilátero con el logo de la promotora del “Chichi” Godoy utilizaron esmalte en lugar del látex habitual. El equipo de Sandoval, en el que figuraba Héctor “Macho” Camacho, campeón del mundo puertorriqueño de peso welter junior, visitó el Convention por la mañana y, experimentados en estas lides, dejaron una queja que fue toda una premonición: “El ring, con el agua que vierten los boxeadores después de cada minuto de descanso, se va a transformar en una verdadera pista de patinaje sobre hielo”.

Primeramedida: Sandoval subiría por la noche con las zapatillas más viejas de su utilería. Por contraste, Cardenio, decidido a vestir sus mejores galas en la noche más importante de su vida, lo haría con un par flamante, compradas por la mañana en uno delos tantos “malls” de la ciudad.

En el semifondo, tras una pelea notable, Juvenal contribuyó a subir la ya caldeada temperatura ambiente con un triunfo claro y categórico frente a Levy Mayor, uno “que peleaba como Godfrey Stevens”, como apuntó con su acostumbrada certeza y sabiduría Miguel Merello, enviado especial de Las Ultimas Noticias y hoy lamentablemente fallecido.

Estaba todo dado para una noche inolvidable. Bajo la conducción del árbitro mexicano Ernesto Magaña, Sandoval y Ulloa comenzaron las acciones.

En ese primer asalto se produjo ya el primer estallido fervoroso de la fanaticada chilena. En un cruce, Cardenio le metió a Sandoval un derechazo terrible. El campeón del mundo se bamboleó por un par de segundos, pero increíblemente recuperó la vertical. No había sido gratis, en todo caso: Ulloa le había abierto al “chicano” un corte en su pómulo izquierdo de tales dimensiones que parecía una segunda boca.

En el minuto de descanso, el público pedía a gritos el nocaut técnico. Y es que el rincón de Sandoval, desesperado, hacía esfuerzos vanos por detener esa hemorragia que bañaba el rostro del campeón. Magaña hizo oídos sordos y, desde el punto de vista reglamentario, tenía razón: la sangre no le nublaba la visión. En otras palabras, la obscena herida no le impedía seguir combatiendo.

En el tercer asalto, se produjo el clímax: Cardenio lanzó un terrible cross de izquierda que, impactando en plena sien, dio con Sandoval en la lona. No fue una caída cualquiera. Fue tan estrepitosa que el campeón a punto estuvo de que el peso de sus piernas y su torso arrastrara al resto de su humanidad, en lo que infantilmente se conoce desde siempre como una “vuelta de carnero”.

Boxeo Internacional, Cardenio Ulloa (Chile) v/s Jorge Monar (Ecuador) 1987

El griterío del público chileno se hizo entonces ensordecedor.

Entonces se produjo el otro pequeño gran detalle: Ulloa, en lugar de ir raudo hacia el rincón neutral, de modo que Magaña comenzara cuanto antes la reglamentaria cuenta de 8, se quedó mirando la escena. ¿No se podía convencer de lo que había hecho o la estaba disfrutando? El hecho es que el mexicano tuvo que enviarlo al rincón neutral antes de comenzar a contar.

Se habían perdido fácilmente tres o cuatro segundos valiosos.

Tercer detalle: en lugar de pararse a un par de metros del rincón, de modo que su recorrido fuera más breve para ir al remate, Cardenio fue a esperar el desenlace poco menos que apoyando su espalda en el pilar.

Mientras, el Convention Center era un hervidero de gritos y de banderas chilenas flameando alocadamente. En el ring side, los periodistas chilenos no podíamos creer lo que estábamos viendo. A nuestro lado, los padres de Richie Sandoval, don Carlos y la señora Colomba, tenían los ojos llenos de lágrimas y rezaban en silencio, implorando seguramente a Dios para que le diera raciocinio y fuerzas a su hijo.

Cuarto detalle: cuando a la cuenta de 8 Sandoval finalmente se reincorporó, su figura bamboleante daba cuenta de cuán poderoso suele ser el instinto de supervivencia. Porque estaba nocaut de pie. Porque sus ojos estaban perdidos en un infinito que iba mucho más allá del ring, mucho más del Convention e incluso mucho más allá de Miami. Señalaban que estaba inerme, completamente entregado a un golpe de gracia que, a esas alturas, ninguno de nosotros dudó que finalmente llegaría.

Con todo, cuando Cardenio fue a rematar su obra, había dejado ir segundos preciosos para la recuperación de Sandoval. Porque el boxeo, al igual como suele ocurrir con la Fórmula 1, se define a veces por un segundo, lapso breve que puede marcar la diferencia entre el triunfo y la derrota.

Quinto detalle: nunca más Cardenio pudo hacer pie con normalidad. El agua que escapa de ambas cabezas tras los impactos, el sudor de los dos, habían convertido el ring en una pista de patinaje, tal y como había pronosticado el equipo de Sandoval, encabezado por su técnico, el “Búfalo” Martínez.

De ahí en más, sin embargo, Sandoval cambiaría por completo su estrategia de combate. Le había ido rotundamente mal en el intercambio y optó por pasar el chaparrón peleando de contra. No le faltaban razones: su pegada no se comparaba con la de Ulloa ysu técnica tampoco había demostrado ser superior, pero si en algo superaba al retador era en la velocidad de piernas y de manos. Dicho vulgarmente: el campeón de ahí en adelante agarró la moto para esperar un momento más propicio.

El término de ese tercer asalto vibrante y prometedor marcó claramente un  antes y un después. Cardenio, obligado a transitar el ring tratando de cazar a su rival, de cerrarle la salida cuando lograba llevarlo a las cuerdas, nunca más pudo afirmarse bien. Consecuencia: la mayoría de sus golpes quedaban en el vacío o simplemente perdían potencia y precisión.

Roberto Toro, un segundo que en Chile había trabajado junto con Ricardo Liaño, y que esa noche fiel a su condición de trotamundos se encontraba en Miami para ayudar a Balbontín, buscó desesperadamente en su maletín una tijera. Y en uno de los breves descansos se dedicó con ahínco a romperles ambas “suelas” a las zapatillas de Cardenio, a ver si de esa forma el retador recuperaba la adherencia a la lona que dramáticamente había perdido con el transcurso de la pelea.

No ocurrió. Y en el octavo asalto, con un Ulloa cada vez más dubitativo, sucedió lo que alcanzó ribetes de pesadilla dado el combate escenificado. Sandoval conectó a Cardenio,vio que este buscaba el refugio de las cuerdas tras haber sentido el impacto y, entendiendo que era ahora o nunca, descargó una verdadera andanada de golpes de los cuales menos de la mitad efectivamente entraron, pero que igual apuraron la decisión de Magaña, que decretó el nocaut técnico.

Nunca me había costado más escribir un despacho. En el cuarto del Hotel Shelborne, Merello y yo permanecimos largos minutos fumando en silencio, buscando esas musas que nos habían abandonado en el preciso momento que a Sandoval le levantaron la mano y le calzaron devuelta ese cinturón de campeón del mundo.

El día siguiente no fue mejor. Estuvimos con un Cardenio destrozado anímicamente, pero que sólo mostraba dos hematomas casi imperceptibles en su rostro como huellas del combate.

Por la tarde, fue la imagen inversa. La televisión estadounidense llegó al Shelborne a entrevistar a Richie Sandoval y, cuanto este finalmente descendió de su habitación para dirigirse a la piscina, donde se habían instalado las luces y las cámaras, nadie habría podido afirmar que el tipo la noche anterior había sido el ganador de una pelea épica e histórica.

Su descomunal herida en el pómulo había sido cerrada inmediatamente después del combate por unos cuantos puntos, pero mostraba un ojo amoratado y más de un hematoma en el rostro. Cuando intentó sentarse en la silla de playa ubicada para tal efecto, semejó uno de los tantos ancianos que escapan a Miami del frío invierno del norte estadounidense. Se dejó caer lentamente hasta encontrar su mejor ubicación.

Claramente, le dolía todo.

Un ayudante de la televisora, incluso, nos confidencióluego de haber compartido con el aún vigente campeón del mundo de peso gallo en la habitación: “Tiene el torso todo morado producto de los impactos recibidos”.

La realidad era triste, pero tuve que convencerme: el sueño no había podido ser.

Estuvo ahí, a un golpe definitorio que nunca llegó cuando Sandoval se defendía por simple instinto.

El “Cardenio para todo el mundo” con el que pensé titular mi comentario del combate tuve que guardármelo con tristeza, rabia y una infinita frustración aquella noche infausta. Cambiarlo por un desilusionado “Cardenio rozó la gloria y se abrazó con el fracaso”.

Y a estas alturas, con el boxeo y los boxeadores que hoy tenemos, me temo que haya sido para siempre.

Eduardo Bruna

Eduardo Bruna

Periodista. Premio Nacional de Periodismo Deportivo (2000). Fue director de Revista Estadio, redactor de El Mercurio, La Tercera, Don Balón, Deporte Total y El Gráfico. Ex profesor de Periodismo Deportivo en la USACH y en el Instituto Nacional del Fútbol.