ColoColo_CopaLibertadores1973

Yo lo Viví: la noche que le robaron la Copa a Colo Colo

Público agresivo, iluminación deficiente, cancha mala. A todo eso se habían sobrepuestos los albos, pero no estaban preparados para un arbitraje tan abiertamente parcial. El empate los mantenía en carrera, pero siguieron siendo perjudicados y se quedaron sin la Libertadores.

Público agresivo, iluminación deficiente, cancha mala. A todo eso se habían sobrepuestos los albos, pero no estaban preparados para un arbitraje tan abiertamente parcial. El empate los mantenía en carrera, pero siguieron siendo perjudicados y se quedaron sin la Libertadores.

Me mandaron a Buenos Aires casi por cábala: le había ido bien a Colo Colo en el Maracaná, ante Botafogo, y el director de Estadio decía que “equipo que gana no se cambia”. Y ahí estaba esa noche del 22 de mayo de 1973, arrinconado en una caseta radial a la que me habían invitado desconocidos colegas argentinos, porque la tribuna de prensa estaba invadida por extraños y no había lugar para los periodistas.

Hervía el estadio de Avellaneda, con 40 mil fanáticos cantando y remeciendo el cemento con sus saltos. Se iba a disputar el primer partido de la final de la Copa Libertadores, y el optimismo local era vociferante y amedrentador.

Independiente había llegado a esa instancia después de jugar cuatro partidos. Como campeón vigente, se le había eximido de participar en la ronda inicial. Sus rivales habían sido Millonarios, de Colombia (2-0 y 0-1) y San Lorenzo de Almagro (1-0 y 2-2). Colo Colo, en cambio, había superado seis obstáculos en la etapa inicial (5-0 y 0-0 con U. Española, 5-1 y 1-1 con El Nacional de Quito y 5-1 y 0-1 con Emelec, de Ecuador). Y en semifinales había ganado y empatado con Botofogo (3-3 y 2-1) y ganado y perdido con Cerro Porteño (4-0 y 1-5).

-¿Ahora sí que se entra al ataque, don Lucho? – le había preguntado esa mañana a Luis Alamos, entrenador de Colo Colo, en el hotel. No era tan tonta la pregunta: los albos venían de meterle cuatro goles a Cerro Porteño y tres a Botafogo en el Estadio Nacional. Antes, cuando buscó un punto en Asunción, le habían metido cinco. Y cuando fue por otro punto a Lima, esta vez por la selección frente a Perú por las clasificatorias del Mundial de Alemania, la había sacado barata con el 0-2. En las revanchas, atacando, se había desquitado sobradamente.

-¡Cómo se le ocurre!, respondió el “Zorro”. Tenemos que defendernos con todo. Este Independiente es distinto a todos los otros que hemos enfrentado. Atacar aquí sería un suicidio.

Todo parecía en contra: el clima enrarecido del estadio, la cancha mala, una pelota que parecía de plástico por lo liviana, la iluminación encandiladora en algunos sectores e insuficiente en otros, la ausencia de un valor importante, como Carlos Caszely. Pero Colo Colo se sobrepuso a todo eso.

Sólo que no estaba preparado para un arbitraje tan desastroso, tal abiertamente parcial.

DESPOJO COMPRADO

“Tenía razón Luis Álamos”, escribí esa semana en la revista Estadio. “La mejor arma del tres veces poseedor de la Libertadores es el contraataque. Lo que mejor sabe hacer es agrupar gente en su área, soportar chaparrones e intentar contragolpes que generalmente le dan resultado porque tiene las piezas precisas para eso.

“La idea de Álamos era bien clara: sacarlos de ese esquema, obligándolos a hacer lo que no saben: atacar. Y para ello, Colo Colo tenía que hacer -aunque no lo domine con la misma perfección que el cuadro de Avellaneda- lo mismo que éste practica.

“El problema era uno solo: la falta de oficio de los equipos chilenos para sacar un resultado. La duda se despejó en noventa minutos. Este Colo Colo demostró haber aprendido también eso. La lección la tenía que dar ante el propio inventor de estos métodos. Y la dio completa y perfeccionada”.

Bandidos como Jadue y los dirigentes de la Fifa son niños inocentes al lado de José Epelboim, el mandamás de Independiente por esos años. Utilizando todas las argucias posibles, llevó a un equipo mediocre como Independiente a ganar cinco veces la Copa Libertadores. La de esta versión fue la cuarta.

El planteamiento aplicado dejaba muy pocas opciones para el ataque. Con todos marcando o correteando, sólo se podía esperar alguna escapada de Leonardo Véliz, alguna genialidad de Sergio Ahumada o algún remate de distancia de Francisco Valdés.

Reflexión en el comentario de Estadio: “Y por eso el partido fue tan feo. El que tenía que atacar (Independiente) no sabe hacerlo. Y el que tenía que defender (Colo Colo) no está habituado a eso”.

El ritmo lo puso Independiente, que practicó un juego frenético en el cuarto de hora inicial y que pudo abrir la cuenta con un remate desviado de Ricardo Pavoni y una trifulca en el área que finalizó con un rechazo urgido de Mario Galindo.

Después el mando del partido lo asumió “Chamaco”. Y el equipo, junto con ordenarse, salió del ahogo. Incluso hubo una falta a Véliz en el área, y al árbitro no se le pasó por la cabeza cobrar el penal.

Volvemos a Estadio: “Colo Colo estaba saliendo con la suya. Las visitas para Nef eran más espaciadas. Y cuando le tocaba intervenir, mostraba seguridad. Independiente se lo estaba facilitando al utilizar solamente centros y tiros de distancia. Las jugadas colectivas de los rojos morían invariablemente en la telaraña defensiva alba, donde todos cumplían. (Alejandro) Silva ya había dominado a Balbuena, la esperanza roja; Ghiachello estaba totalmente perdido entre (Leonel) Herrera y (Rafael) González; Raymondo no podía con (Guillermo)Páez. Galindo ya le había tomado el pulso a su puntero e incluso se estaba proyectando al ataque como acostumbra. Y de los mediocampistas, sólo Martínez tenía un poco de claridad y espacio, pero se le enredaba todo a la entrada del área.

“A esas alturas, aun con yerros de apreciación y con vistas-gordas ostensibles, no era decisivo para el resultado el arbitraje de Milton Lorenzo”.

Ingresó Caszely por Fernando Osorio y de inmediato comenzó a funcionar la dupla. La carta escondida de Álamos daba resultado. La pierna lesionada del “Chino” respondía a las exigencias.

Y llegó el gol.

Sergio Messen retuvo inteligentemente la pelota para que sus compañeros salieran del off-side en que los había dejado -como tantas veces- la defensa argentina, y sólo Veliz comprendió la maniobra. Caszely y Ahumada siguieron en posición adelantada (en línea). Pero el pase fue para el puntero. Él estaba bien habilitado, el guardalíneas no levantó la banderola y Lorenzo dejó seguir. El “Pollo” metió un centro rasante hacia donde arremetía Caszely, y el zaguero Francisco Saa metió la pelota en su arco al tratar de despejar.

Lo que parecía una quimera estaba al alcance de la mano. Por primera vez se oyó el grito de guerra de Colo Colo. Unos sesenta chilenos, llegados en cualquier medio, lograban por fin hacerse sentir.

Justo ahí comenzó el show que tenía preparado Milton Lorenzo. Un par de jugadas después, Ahumada no dejó la pelota en su sitio para un tiro libre, y apareció la tarjeta roja.

“Con 19 minutos por delante, con un hombre menos, Colo Colo ya no tuvo posibilidades de atacar. Era el mejor momento para una segunda estocada, porque Independiente estaba desanimado. Lo levantó la expulsión. Sólo ahí comprendieron que podían dar vuelta el partido. Y volvieron a lo mismo: pelotazo, centro, disparo de distancia. Con un agregado importante: que ahora tenía a Daniel Bertoni como puntero en lugar de Agustín Balbuena y éste estaba consiguiendo lo que aquél no pudo en toda la noche: ganar la línea de fondo”.

El desenlace se conoce: pifió Alejandro Silva en un despeje, la pelota salió elevada hacia el área y cayó a plomo a dos metros del arco, Adolfo Nef intentó el manotazo y Mario Mendoza lo arrastró hasta meterlo en el arco. Un foul vistoso, evidente, burdo. Pero no hubo silbato. El juez uruguayo extendió su brazo hacia el centro del campo, mientras Guillermo Páez castigaba al autor del gol con una patada soberbia.

Cuando se habla de robos en la Copa Libertadores, el de este partido y los siguientes están en el podio. Durante la revancha en Santiago, el árbitro brasileño Romualdo Arppi Filho anuló un gol legítimo de Carlos Caszely. En la definición en Montevideo, el juez paraguayo José Romei ayudó decisivamente a los argentinos al expulsar a Leonel Herrera.

Pero lo más decisivo en esos despojos comprados por Epelboim fue la expulsión de Ahumada en Avellaneda. Por injusta y por lo que significó para el partido.

Fue esa noche cuando le robaron la Copa a Colo Colo.

Julio Salviat

Julio Salviat

Periodista de la Universidad Católica. Premio Nacional de Periodismo Deportivo (1996). Experiencia en importantes cargos de distintos diarios, revistas y radios.