A 34 años del triunfo del No, o el momento que marcó la traición concertacionista

La noche del 5 de octubre de 1988, celebramos por todo lo alto el ocaso definitivo de la dictadura más oprobiosa que ha conocido este país. Ilusionados e ingenuos, creímos que el viento comenzaba a soplar a favor de la gente, ignorando que, por obra y gracia de los vencedores de ese Plebiscito, los derrotados serían al cabo –y como siempre-, los ganadores.

Por LAUTARO GUERRERO / Fotos: AGENCIAUNO Y ARCHIVO

Cuando se cumple hoy, 5 de octubre, un año más del Plebiscito que derrotó al dictador rasca, ignorante, cobarde y ladrón, no nos queda más que recordar con nostalgia, una enorme cuota de desazón, e incluso de hasta vergüenza, el justificado sentimiento de alegría que en ese momento embargó a la mayoría por el término del período más negro y oprobioso de nuestra historia.

Desazón, porque celebramos el regreso de la alegría, como decía el pegajoso “jingle” de la campaña del No en contra de la tiranía, creyendo firmemente que las cosas iban a cambiar. Vergüenza, por haber salido masivamente a las calles a festejar una victoria que era del pueblo y que los traidores de la Concertación nos escamotearon groseramente a poco andar.

Lo peor es que, 34 años después, buena parte de esos mismos concertacionistas traidores, bajo el disfraz de demócratas que los hace ver ridículos incluso en pleno Hallowen, volvieron a aliarse con la derecha política y económica con la barreta de que querían una “buena” Constitución. Arrastrando a un pueblo envilecido por la ignorancia y la ausencia casi absoluta de conciencia social, lograron un aplastante Rechazo que nos tiene al borde de que, una vez más, los mismos de siempre echen a andar la “cocina” del Parlamento para que sea esa manga de sinvergüenzas la que nos dé esa nueva Constitución que venimos exigiendo por años.

Y les aseguro, muchachos, que de producirse tal cosa, nada bueno va a salir de allí para la gente y las grandes mayorías. Como esos matrimonios aparentemente mal avenidos, pero que llegada la hora de los quiubos renuevan fervorosamente sus votos, gobiernistas y opositores van a meternos nuevamente el dedo en la boca, haciendo como que todo va a cambiar para que al final las cosas sigan igual.

Mirado fría y objetivamente, la conducta de estos impostores es irreprochable. Se han beneficiado hasta el hartazgo de este democracia de pacotilla que tenemos y nadie que lo haya pasado chancho, en todo este tiempo, va a querer renunciar pasiva y voluntariamente a sus muchos e irritantes privilegios. Fue el pueblo el tontorrón y el amermelado al rechazar una propuesta de Nueva Constitución que, es cierto, podía tener muchas fallas, pero que al menos establecía derechos sociales que hoy no están contemplados en la Carta Magna del sátrapa y ponía límites claros a los abusos de todo tipo de que es víctima cotidianamente la gente.

“El pueblo es el único que, generalmente, vota por sus verdugos”, es una frase de Lula, que cobra mucho sentido tras lo ocurrido el 4 de septiembre. Y es que, a un mes de ese Plebiscito, volvemos a ser testigos de la arrogancia de la derecha política y económica de este país mientras, quienes debieran ser su contraparte, vuelven a entregar la oreja y hasta asumen el lenguaje alambicado de los vencedores. ¿Se han dado cuenta de que ahora toda esta manga de zopencos habla de “los bordes” para ponerse de acuerdo acerca de los términos del gol de media cancha que una vez más se proponen convertirnos?

La derecha, qué duda cabe, respiró aliviada tras el triunfo del Rechazo. Pero, producida la paliza, salieron de su sarcófago una serie de personajes de todos los sectores a dictar cátedra y a proponer sus recetas mágicas. La lista es larga, pero para graficar este atentado al criterio y al buen gusto basta mencionar a dos: Sebastián Piñera y Ricardo Lagos. Porque mientras el primero encarna al sinvergüenza por excelencia, el segundo es el epítome del político traidor -además de arrogante-, ese que dice una cosa pero que hace otra.

Al primero no me voy a referir. Un delincuente no merece que, además, le den prensa. Además que me tiene chato y para él se me agotaron los epítetos.

En cuanto al señor Lagos, se sigue definiendo como “socialista”, pero ocurre que, la mejor manera de graficar lo que fue su gobierno, es recordar la tristeza infinita que invadió al empresariado de este país cuando debía irse y cerrar por fuera la puerta de La Moneda. ¿Habrá sido porque los trató muy mal? Si hasta hubo “palos gruesos” delirantes que propusieron una reforma constitucional para que pudiera ser reelecto.

Y es este mismo señor Lagos quien, saliendo al paso de críticas a lo que significaron los gobiernos concertacionistas, sacó a la palestra el coeficiente Gini, que mide la desigualdad, y el ingreso de dólares per cápita, para intentar desmentir lo que a estas alturas resulta más que evidente: que cinco gobiernos de la Concertación sólo se dedicaron a administrar lo mejor que pudieron el salvaje sistema neoliberal impuesto a sangre y fuego por la dictadura cívico-militar.

De ser cierto lo que el señor Lagos afirmó con tanta vehemencia, no habríamos figurado jamás entre los países con mayor desigualdad del mundo, sólo superados por países africanos. Y respecto del ingreso per cápita, Lagos, la gente tiene todo el derecho a preguntarse quién cresta se quedó con esos miles de dólares que según el promedio me correspondían a mí y al resto del perraje de este país.

El argumento del per cápita es tan burdo y tan chanta, que hasta el gran Nicanor Parra lo agarró para la chunga: “Hay dos panes. Usted se come dos y yo ninguno. Promedio: un par por persona”.

Duele, y sigue doliendo, desde luego, la derrota de todos aquellos que teníamos la esperanza de que la Constitución del tirano fuera arrojada definitivamente al basurero de la historia en este denominado “Plebiscito de Salida”. Pero, mirado fríamente, duele todavía más el resultado de ese Plebiscito que hoy se conmemora. Y es que, creyendo haber ganado, igual perdimos.

Es el “pecado original” de todo este sainete que hemos presenciado después.

Porque luego que el pueblo puso los presos, los torturados, los muertos y los desaparecidos, hasta quedar harto y decir ya no más, llegó esta tropa de acomodados y sinvergüenzas a escamotearnos el triunfo para sólo arreglarse ellos, muchos de los cuales, incluso, habían vivido un exilio dorado bolseándoles a diversos países del mundo.

Fue una traición por todo lo alto, mientras la derecha política y económica de este país se refocilaba de haber aparentemente perdido. Y es que, en el fondo, una vez más había ganado.

Lo dijo el propio Patricio Bañados, rostro insigne de esa histórica campaña del No que hasta pudo costarle la vida a él y a algún integrante de su familia. Él, un hombre cultísimo, un comunicador excelso, fue groseramente utilizado por esta manga de sinvergüenzas que, volviendo a sacar la cabeza a flote, decidieron no hacerle ninguna olita verdaderamente trascendente a los sempiternos dueños del país. Todo lo contrario: disimulando con alguna medida política o económica, por aquí y por allá, para embolinar a la gallada, se arreglaron los bigotes que fue un gusto con los mismos que antes supuestamente combatían.

La traición de estos pelafustanes fue tan profunda y alevosa, que hasta dejaron morir a todos esos medios de prensa que, a riesgo de la vida de los periodistas, combatieron valientemente a la dictadura.

La traición al pueblo fue reconocida incluso hasta por los propios concertacionistas. Entre ellos, el connotado Edgardo Boeninger, ministro general de la Presidencia de Aylwin y posteriormente senador designado. En su libro impreso en 1997, quien fuera también rector de la principal casa de estudios superiores de este país, y titulado “Democracia en Chile, lecciones para la gobernabilidad”, el bueno de Boeninger reconoce que la Concertación se derechizó y convergió con la derecha, aunque en ese momento eso no se podía reconocer.

Luego del triunfo del No, plantea el libro de Boeninger, se formó una Comisión Técnica entre la Concertación y Renovación Nacional, a la que luego se sumó la UDI, para estudiar proyectos para reformar la Constitución heredada de la tiranía. Se trató de un paquete de 54 reformas, maquilladoras todas, pero una de ellas fue vital y clave para lo que sucedería luego.

Se trató del regalo que hizo la Concertación a la futura oposición de derecha.

Estaba claro, a esas alturas, y tras la victoria en el Plebiscito del 5 de octubre de 1988, que la Concertación iba a ganar las elecciones presidenciales de 1989. Sin embargo, como los dueños del país pensaban que Pinochet se imponía mirando para atrás en el Plebiscito, la Constitución del 80, hecha a la medida del sátrapa, planteaba un sistema de aprobación de las leyes simple, es decir, que bastaba la mayoría absoluta en una cámara, y sólo el tercio de la otra, para aprobar las denominadas Leyes Ordinarias. Y es que se suponía, además, que Pinochet o la derecha, es lo mismo, iban a alcanzar al menos el tercio en la Cámara de Diputados y la mayoría en el Senado, producto de los designados.

¿Qué pasó? Que al imponerse el No, el más que seguro triunfo de la Concertación significaba un panorama absolutamente propicio para aprobar en el Parlamento todas esas leyes que habrían ido en beneficio de la gente. Al contrario del dictador, Aylwin iba a tener mayoría absoluta. Eso era seguro. La tuvo en la Cámara y, a pesar del sistema binominal existente –otra trampa que diseñó el siniestro Jaime Guzmán para que la derecha ganara aun perdiendo- también la iba a tener en el Senado.

Originalmente, eran 26 senadores, dos por cada región en que estaba dividido el país en aquella época, más los nueve designados. Es decir, 35. Y como el tercio de 35 es doce, y la Concertación con binominal y todo elegiría 13, el gobierno tenía asegurada la Presidencia de la República y la mayoría parlamentaria.

Aunque se antoje aberrante y paradojal, la Concertación renunció a contar con esa mayoría. Entre bambalinas, entre gallos y medianoche y con el más absoluto desconocimiento de la gente, se elevaron los quórum, y entonces los senadores designados –designados por el tirano, claro- iban a lograr frenar cualquier proyecto que a la derecha no le gustara.

La explicación es tan rocambolesca como absurda, pero la reconoce Boeninger cuando escribe: “Como el liderazgo de la Concertación había llegado a una convergencia con la derecha que políticamente no podía reconocer, a ese liderazgo no le convenía tener mayoría parlamentaria, para no tener que estar desnuda antes sus bases y diciéndoles que no. Plausiblemente, entonces, la respuesta siempre fue “no puedo”.

Me atrevo a afirmar, sin ninguna duda, que esa increíble claudicación es única en el mundo. Que no hay, en la historia de la humanidad y la política, una coalición que haya regalado gratuitamente una mayoría a la facción contraria.

Pero aquí ocurrió. Y como ocurrió tan desembozadamente, por más que haya sido a espaldas de la gente, tenemos todo el derecho a pensar que esta banda de sinvergüenzas y caraduras se prepara para traicionarnos de nuevo. Con el pueblo mayoritariamente lumpen que tenemos, con la supina desidia, indolencia e ignorancia que hoy reinan, para los frescos está la papa, viejo.