A 90 años de la partida de David Arellano, el hombre que definió a Colo Colo

El 3 de mayo de 1927, el incipiente medio deportivo nacional conoció como a miles de kilómetros se generaba una noticia que impactaba a quienes estaban pendientes de la gira de Colo Colo por América, primero y por Europa, después.

El 3 de mayo de 1927, el incipiente medio deportivo nacional conoció como a miles de kilómetros se generaba una noticia que impactaba a quienes estaban pendientes de la gira de Colo Colo por América, primero y por Europa, después. Desde la jornada anterior, las noticias no eran auspiciosas: un desafortunado choque con David Hornia, defensor del Real Unión de Valladolid, había provocado una seria lesión intestinal en el jugador chileno, que a ojos de las enormes diferencias tecnológicas de la actualidad no hubiese revestido tanta gravedad; sin embargo, con el pasar de las horas, la peritonitis declarada minó con extrema rapidez la resistencia del joven de 24 años. Pero, en la hora de la muerte, se iniciaba la leyenda, la del inventor de la “chilena”, del deportista ejemplar, limpio, caballero y noble rival. El cuerpo de David fue sepultado en España, pero no pasó mucho tiempo hasta que fue repatriado a Chile, donde su carácter de jugador mártir ayudó a la consagración de la popularidad de Colo Colo, que pasó a portar un riguroso luto sobre su escudo, el cual lo acompaña hasta los días de hoy. Para dimensionar el impacto de la muerte del capitán, hay que detenerse y leer el inicio de la nota de Los Sports, entonces el gran medio informativo escrito de la actividad deportiva en el país:

“- ¡Murió Arellano!
-¿Cuál?
-¡David Arellano!
Nadie creía; nadie quería convencerse de la triste realidad. Y sólo cuando tomaban en sus manos el mensaje transparente y devoraban ansioso las cuatro líneas implacables, se rendían doloridos a la evidencia, y las frentes se inclinaban en muda interrogación hacia la tierra.
-¡Arellano ha muerto!

Y la noticia, negra como una traición, se extendió rápida por todos los ámbitos.
¡Noche triste aquella en que el calofrío de la emoción dilató las pupilas y desgarró el espíritu!”