Acomodar la historia, cuando puedes hacerlo

“Cuando yo uso una palabra, significa precisamente lo que yo decido que signifique, ni más ni menos. El problema es -dijo Alicia- que usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. El problema es -dijo Humpty Dumpty- quién tiene el poder. Eso es todo” (“Alicia a través del Espejo”, Lewis Carroll).

Por JUANITA ROJAS / Foto: ARCHIVO

Con motivo de la conmemoración del tercer aniversario del 18 de octubre de 2019, fecha en que detonó el estallido social -aunque el nombre de ese acontecimiento hoy también está en discusión-, han surgido diversos análisis tardíos respecto a las causas, protagonistas, consecuencias y autorías de los sucesos de ese día y los meses siguientes. Obviamente que, en la actualidad, las explicaciones al respecto de algunos intelectuales y otros tantos opinólogos varían según el sector político e ideológico al que adscriben, lo que no es motivo de sorpresa.

Tener una explicación distinta sobre lo ocurrido en esos meses y los tres años siguientes, además de legítimo, es comprensible, porque aún no se terminan de decantar los sucesos. Pero lo que resulta tremendamente llamativo es cómo los ejercicios discursivos superan la reflexión y el análisis, al punto de intentar cambiar los hechos desconociéndolos, a través de un lenguaje que otorga una connotación ad-hoc a determinadas palabras y a relatos prolijamente armados y profusamente difundidos.

En estos días, vemos que en un mismo paquete caben los asaltos a mano armada contra conductores, que se vienen desarrollando hace años; las pasadas de cuentas entre narcotraficantes, fenómeno que también se observa desde hace bastante tiempo; la inmigración irregular, que se desató a partir de 2018, y las manifestaciones sociales y el 18 de octubre y sus características. Es todo lo mismo y la respuesta se resume en pocas palabras que contienen todo problema que afecte a la sociedad chilena: seguridad y rechazo a la violencia.

Así, hoy nos encontramos con que las manifestaciones de octubre y meses siguientes fueron sólo una explosión agresiva dirigida y programada por sectores extremistas; las miles de personas que salieron pacíficamente a manifestarse sólo querían mejorar algunos aspectos de su situación personal, pero no un cambio al modelo económico imperante; la salida institucional que llevó al proceso de confección de una nueva Constitución fue gracias a la claridad de la clase política y, por último, las únicas víctimas de ese episodio fueron los ciudadanos y comerciantes objeto de vandalismo y saqueo -lo fueron, qué duda cabe-, cuyos derechos humanos fueron pasados a llevar porque se dañaron sus bienes. No hubo violación de derechos humanos de los manifestantes.

El relato que se logra instalar a través de los medios de comunicación, cómplices en la medida que no lo cuestionan, es que todo lo que se puede recordar de ese período es la violencia, los desmanes, el vandalismo del lumpen organizado (participó, como siempre que tiene oportunidad) y la responsabilidad que le cabe a parte de la coalición gobernante por haber justificado esos actos, “romantizándolos”. No hubo demandas por mayor igualdad, más derechos sociales y ni hablar de querer una nueva Constitución. Atropellos a los derechos fundamentales de los protestantes, por supuesto que no, y si los hubo fueron casos muy aislados. La derrota del Apruebo en el plebiscito del 4 de septiembre pasado habría sido un claro respaldo a la actual oposición y un rechazo rotundo a los cambios en materia de tributación, salud, pensiones o educación que contempla el programa del actual gobierno.

Quizá lo más grave se refiere a la negación de las violaciones a los derechos humanos perpetradas por fuerzas de orden, las que no habrían existido, según algunos, en la medida que no hay condenados por esos hechos.  Agresiones sexuales son un invento, por la misma razón anterior: apenas una condena y una formalización, si bien hay más de 300 querellas en curso. Si se menciona esto último, de inmediato se interpela a quien lo dice, acusándolo de restarle importancia a la seguridad, de no respaldar a Carabineros y de ser partidario de la violencia.

Es verdad que la historia la escriben los triunfadores, pero hay algunos que se apropiaron de un triunfo de manera peligrosa y están intentando escribir apresuradamente la historia en función de sus intereses de corto plazo. Para ello, qué mejor que usar mañosamente el lenguaje y crear una realidad a la medida. La historia se escribirá por distintas manos y con miradas diferentes, seguro, pero mucho más adelante.