Adiós al “Turco” Trujillo: en el corazón de Unión Española


A los 67 años, falleció quien fuera delantero de la Unión Española
subcampeona de la Copa Libertadores de América y de las selecciones
nacionales.

La forma de la nariz lo traicionó desde pequeño. En su modesto barrio de
Estación Central, sus amigos lo llamaban “Turco”, y con ese apodo vivió y
murió Alejandro Trujillo, un delantero que dio muchas satisfacciones a Unión
Española y O’Higgins y que también tuvo sus oportunidades en la selección
nacional.
De físico menudo y piernas agiles destacó como puntero derecho, aunque en
su etapa juvenil llegó a una sub 17 como volante de creación. Los
entrenadores le veían tantas cualidades que no hallaban dónde ponerlo. Pero él
se sentía mejor cerca del área, aunque fuera por los costados.
El fútbol le venía desde la cuna. Ya era protagonista en las pichangas de la
Escuela Anexo José Abelardo Núñez, cerca de su casa, y lo siguió siendo en el
internado de la Escuela Agrícola de Lo Espejo. Definitivamente, no tenía
cualidades de profesor ni de agricultor. Ni para nada relacionado con estudios.

No recordaba cómo llegó a la escuela de fútbol de la Universidad Católica,
que funcionaba en el estadio Independencia, pero duró poco: “Me gustaba
jugar, pero iba más por la leche con milo y el sándwich que nos daban”,
confesó en una entrevista que le hizo la revista Estadio a fines de 1973.
Explicaba que le quedaba muy lejos y que prefirió seguir jugando pichangas
en el barrio.
Un momento clave en su vida fue el traslado de su familia a Conchalí. Con
nuevos amigos partió a probarse al club más cercano, Unión Española, y
quedó como lateral. Poco después, el instructor olvidó qué puesto le había
asignado, y “el Turco” le dijo que jugaba de puntero. Y comenzó a lucirse.
La primera vez que le pasaron la camiseta roja fue para jugar el último cuarto
de hora de un reñido encuentro de la primera infantil con Colo Colo. Hizo el
gol del triunfo y no lo sacaron más.
Pronto llegó a la selección juvenil, donde compartió –ente otros- con Mario
Galindo y Pío González. Al primer equipo llegó a los 17 años, de la mano de
Pedro Areso, un español que dirigió a los hispanos a comienzos de los 70.
Debutó en una Recopa en Bolivia, pero no hizo mucha historia en sus
primeras incursiones.
A pesar de tener contrato profesional, su espíritu de palomilla no lo dejaba
crecer. Néstor Isella, que era implacable con la disciplina, lo relegó a la banca
“hasta que aprendas a comportarte”. No quiso aprender y se fue a O’Higgins,
como moneda de cambio por José “el Coto” Acevedo y Luis Pino. En
Rancagua cumplió dos temporadas muy buenas, fue considerado como uno de
los mejores punteros derechos del país y se entreveró en las dos temporadas
entre los goleadores del campeonato.

Y volvió a Unión Española para transformarse, en un equipo de estrellas, en
uno de los valores más importantes de la campaña que llevó a los rojos a
disputar la final de la Copa Libertadores en 1975. Con Abel Alonso a la
cabeza, se había propuesto ganar el campeonato sudamericano de clubes y se
reforzaron convenientemente. Junto con Trujillo llegaron Eddio Inostroza
(pilar en el Huachipato campeón vigente), Leonardo Véliz (el mejor puntero
izquierdo de la época) y Reinaldo Hoffmann, valor de Deportes Concepción.
Y ya estaban ahí Leopoldo Vallejos, Mario Soto, Antonio Arias, Rubén
Palacios, Jorge Spedaletti y Sergio Ahumada.
Ya en el torneo nacional estaba recibiendo muchos abrazos “el Turco”, pero
en la campaña internacional se salió de los moldes. Contribuyó con un tanto
en el 7- 2 a Huachipato, en un partido que tuvo una curiosidad: los siete goles
fueron anotados por distintos jugadores. Aportó dos en el 4-1 sobre el Jorge
Wilstermann de Bolivia en el Estadio Nacional. Convirtió otro en el 2-4
sufrido en Quito frente a Liga Deportiva Universitaria, ya superada la ronda
inicial. Marcó, de penal, el tanto que les daba la igualdad a los hispanos a los
80’ frente Universitario de Lima y que llevó a la victoria con anotación
agónica de Sergio Ahumada. Abrió la cuenta en la revancha con LDU, partido
que terminó 2-0 a favor de los rojos. Y, tal vez lo más importante, convirtió el
tanto de la igualdad en Lima (1-1), que significó el pasaje para la final de la
Copa Libertadores.
Trujillo jugó el partido que la Unión ganó 1-0 a Independiente en el encuentro
de ida, en Ñuñoa, pero estuvo ausente en el escandaloso 1-3 sufrido en
Avellaneda. En el partido definitorio, en Asunción, asomó de nuevo como
titular sin poder convertir en un encuentro que terminó 0-2.

Fueron los mejores momentos en la vida de Alejandro Trujillo. Estaba recién
casado, tenía una familia feliz, el fútbol le sonreía y estaba ganando buen
dinero.
Pero el destino fue cruel con él. Maltratado por su padre y por la vida en su
infancia, tuvo una adolescencia movida y una adultez próspera. Pero cuando el
fútbol lo dejó, sus días posteriores fueron tan duros como los de su infancia.
Ahora, desde el 5 de enero, descansa en paz. Pero sigue en el corazón de los
hinchas de Unión Española.