Alvaro Escobar y la importancia de ser azul

El conductor de radio y televisión nos cuenta los motivos que lo llevaron a convertirse en un reconocido hincha de la Universidad de Chile, donde sus padres jugaron un rol fundamental por la estrecha relación que tuvieron con la casa de estudios y el deporte. 

Por Álvaro Escobar

Venía llegando a un país en el que no había nacido. No hablaba español. Mucho menos el que se hablaba en este lugar en el habían nacido mis padres. Y mis abuelos, a quienes visitábamos desde siempre. El tata Óscar, vivía a la vuelta de la 19° comisaría, en la comuna de Providencia. Ahí aprendí a esconderme del “Viejo del Saco”, pero de fútbol, nada. Yo tenía 10 años. Yo lo acompañaba al mercado. Y a tomar helado en “La Escarcha”. Gracias a él, conocí el helado de canela, pero de fútbol, nada. 

Mi abuelo Lucho había sido boxeador. Le decían “Filpito”. Ni de cerca con esos grandes nombres del boxeo que había en la cuna de la sociedad del espectáculo que era de donde yo venía. Pero eso era lo que me gustaba. Todo era como que quería llegar a ser. Y en lugares insólitos. No recuerdo por qué razón siempre asocio al puerto de Coquimbo con mi abuelo. El boxeador.  Lucho.  “Esa es la manera de amar”, decía. “No te cortís Palito”, me saludaba. Y así lo hago hasta el día de hoy.  

En Coquimbo supe que se jugaba al waterpolo. Mi abuelo Lucho jugaba al waterpolo. Y nadaba. Hasta poco antes de morir. Pasados los 80 años. Mi papá y mi mamá, también nadaban.  Nadaron siempre en “la piscina de la Chile”. Ahí se conocieron. Campeonaron, cada uno por su lado. Campeones de Chile. En la piscina de la U.  Pololearon hasta que mi papá egresó de la Facultad de Economía y se casó con mi mamá que estudiaba en el Pedagógico. Cuando el “Peda” también era parte de la Universidad de Chile. 

Esta historia la conocía desde siempre. Me la contaban en español, porque siempre me hablaron en español. A mi hermano también. Él nació dos años antes que yo. Recién llegados a Estados Unidos. Seguro que se la contaban igual que a mí. Seguro que también se acuerda de las fotos enmarcadas en el dormitorio de mis papás. Papá campeón. Mamá campeona. Representando a la U. Con la U en el pecho. Felices ambos. Seguro que sí. Y esa seguridad me hacía sentir bien. Supongo que quería conservar esa seguridad. Aferrarme a ella cada vez que la identidad estuviese en juego. Y la estuvo muchas veces. En momentos importantes. En momentos en que decirme de la U era un asunto de sobrevivencia.

El año 1975 llegué a Chile reclamando ser “americano”. En el sentido en que los gringos se apropian del mundo. Cuando regresé a los Estados Unidos, tenía 14 años. Ya había vivido en Chile. Ya había jugado pichangas en la calle. Ya había gritado los goles de la U. Fui alumno regular en la escuela de las chuchadas del Estadio Nacional. Siento el bombo. En esa época, así sonaba Latinoamérica. ¿Lo escuchan? Así se escucha. C-H-I. CHI.

Ya me había propuesto jugar en el equipo de la familia. La U era una de las razones más sentidas para decirme chileno. ¿Por qué? No sé. Pero lo siento. Fue bonito volver para quedarse. Jugar en la U. Estudiar en la U. Pelear por la democracia desde la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Celebrar el triunfo de un profesor de la facultad en la elección presidencial de 1989. Ser parte de esa historia. La nuestra. Azul. Como las tapas de todos nuestros códigos. Azul. Porque es importante. Porque sí.