Anacrusa, el puente que unió a los músicos contemporáneos en dictadura

La agrupación surgida en la mitad de los años 80 fue clave para romper el cisma de la música docta nacional debido al exilio obligado de figuras fundamentales. Su legado es parte del Archivo de Música de la Biblioteca Nacional.

Por JORGE CASTILLO PIZARRO / Fotos: GENTILEZA

Cartas que iban y venían metidas en sobres dentro de otros sobres que no despertaran sospechas.

Así se comunicaban en los años 80 los músicos doctos del interior y del exilio.

Más exactamente, los que en Chile eran parte de la Agrupación Musical Anacrusa y los que en Europa y América seguían desplegando su talento prolífico impedidos de hacerlo en su propio país.

Sin las comunicaciones electrónicas actuales, hace más de 30 años la única forma de contacto entre unos y otros eran las cartas escondidas que de ida y vuelta debían pasar por Uruguay antes de llegar a sus destinos verdaderos. En ese país, el compositor vanguardista y musicólogo Coriun Aharonián (1940-2017), libre de toda sospecha para los órganos represivos chilenos, recibía las misivas provenientes de nuestro país y las despachaba hacia sus destinos reales y luego hacía lo propio con las respuestas que llegaban a nuestro país remitidas desde Montevideo.

De ese modo -con un intercambio de correspondencia subrepticio que podía tardar hasta meses- fue posible burlar la censura y cumplir uno de los propósitos fundacionales de Anacrusa: romper con el cisma que el Golpe de Estado provocó a la música contemporánea nacional, escindida entre quienes partieron al exilio y quienes permanecieron en el país.

Razón tenía Anacrusa para en 1984 procurar reconstruir esos lazos, a 11 años de rota la democracia. No era menor el cúmulo de talento compositor desperdigado por la diáspora: Sergio Ortega (Francia), Gustavo Becerra-Schmidt (Alemania Occidental), Gabriel Brncic (España), Fernando García (Cuba), Patricio Wang (Holanda), Eduardo Maturana (Panamá y Canadá) y el peruano Celso Garrido-Lecca, con una permanencia de 23 años en Chile, por citar algunos de los que tenían prohibido el regreso y que antes del golpe militar y/o durante el exilio se vincularon desde lo docto con la música comprometida. Convocados a participar, apoyaron con sus reflexiones y con obras que prestigiaron los cinco certámenes organizados por Anacrusa.

Esta agrupación fue formada de modo independiente el sábado 28 de abril de 1984 por un puñado de compositores, intérpretes y musicólogos, la mayoría aún alumnos y alumnas de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile y que rompieron así con las ataduras que dentro del claustro académico maniataban la libre creación, reflexión y difusión de la música contemporánea chilena y latinoamericana.

El compositor Eduardo Cáceres, uno de los artífices de Anacrusa, recuerda las ansias de esos jóvenes estudiantes por salir de la isla en que se encontraban, aislados incluso de sus pares latinoamericanos: «Nuestras reuniones en un comienzo fueron multitudinarias (30 personas promedio), y aunque estaba, por decreto, prohibido reunirse, lo seguimos haciendo como actividad de diagnóstico y de catarsis para expresar un poco más libremente nuestras falencias educacionales y nuestras aspiraciones profesionales. Poco a poco nos percatamos de la ignorancia en que nos encontrábamos, la desinformación y la inhibida capacidad de forjar nuestra historia. La verdad estaba a la vista; poco sabíamos del trabajo de nuestros iguales, y cuando apareció el tema de Latinoamérica, descubrimos, avergonzados, que nada sabíamos».

Con este crudo diagnóstico, vino una decisión ineludible, la de crear un colectivo que se rebelara ante tal situación, lo que devino en el nacimiento de Anacrusa: «Teníamos una clara conciencia que la época que estábamos viviendo era muy oscura y que, de alguna manera, institucionalmente no teníamos apoyo. De alguna manera quisimos, tanto intérpretes, compositores como musicólogos, pero estudiantes todos, juntarnos para hacer algo por nosotros y por la música nuestra; y no solamente por la música nuestra que giraba y nos orbitaba, sino que también la idea nuestra era recuperar la memoria, que partía, básicamente, por recuperar a los compositores que estaban en el exilio, y nosotros queríamos poner de manifiesto que eran, de alguna manera, nuestros antecesores».

Como lo corrobora la doctora en musicología Daniela Fugellie, «la iniciativa de Anacrusa tuvo como punto de partida la sensación de aislamiento cultural en el que se sentía inmersa la escena musical chilena, causada por el exilio de algunas relevantes figuras de la vida musical como consecuencia de la dictadura militar y la consiguiente falta de apoyos estatales a una cultura de perfil experimental. Como manera de contrarrestar dicho aislamiento, en las reuniones privadas de Anacrusa se leían escritos de músicos y compositores latinoamericanos, a la par que se comenzaron a organizar conciertos, comenzando con formaciones pequeñas, por ejemplo, conciertos para canto y piano, con repertorio chileno».

Aparte de Cáceres, el núcleo fundacional de Anacrusa estuvo formado por Cecilia Plaza (entre 1984 y 1992, pianista y gestora), Cirilo Vila (1984-1995, compositor y pianista), Guillermo Rifo (1984-1992, compositor), Gabriel Matthey (1984-ca. 1986, compositor), Cecilia Cordero (1984-ca. 1986, compositora), Carmen Peña (1984-1989, musicóloga), Juan Pablo González (1984-1995, musicólogo), Rodrigo Torres (1984-1989, musicólogo), Rodrigo Díaz (1984-1995, cellista), Clara Jury (1984-1989, cellista), Denise Sargent (1984-1989, musicóloga), Rolando Cori (1984-1985, compositor) y Pedro Sierra (1984-1995, fagotista). En 1989 y hasta 1992 se integró como asistente de producción la cantante y compositora Francesca Ancarola.

Roberto Aguirre, jefe de Colecciones Digitales de la Biblioteca Nacional, y Eduardo Cáceres (derecha), fundador de Anacrusa.

Hasta 1995, año de su disolución, Anacrusa cumplió con su objetivo de superar el aislamiento que agobiaba a la escena musical chilena a través, principalmente, de la realización de encuentros de música contemporánea, conciertos, conferencias, foros-debates, charlas, talleres, grabaciones y toda forma de comunicación que promoviera el intercambio de conocimiento entre los músicos nacionales de adentro y afuera y sus pares latinoamericanos.

CINCUENTA CAJAS DE HISTORIA

Todo el acervo acumulado en una década fue donado en 2019 al Archivo de Música de la Biblioteca Nacional bajo el nombre de Fondo Documental Anacrusa. La irrupción de la pandemia por covid-19 impidió rubricar legalmente esa entrega, lo que finalmente pudo hacerse el jueves 21 de diciembre pasado en un acto realizado en la misma biblioteca, con asistencia de buena parte de los fundadores de Anacrusa y de músicos que participaron en sus conciertos.

Desde el año 2019 el archivo ha asumido un paulatino proceso de clasificación, preservación y puesta a disposición pública del abundante material sonoro, escrito y gráfico dejado por la agrupación. Son 50 cajas repletas de grabaciones de sonido y audiovisuales, unas 400 partituras, afiches, programas de conciertos, invitaciones, folletos, librillos, fotografías, comunicados, notas y artículos de prensa, certificados, documentación administrativa y correspondencia que supera las 200 misivas, entre las que figuran aquellas valiosas cartas clandestinas.

El inventario previo, con el cual se ha realizado la catalogación, se debe a una iniciativa de Daniela Fugellie, que es también directora del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado. Ella lideró durante varios años un proyecto Fondecyt Iniciación denominado «Espacios alternativos de la música contemporánea en Chile». Así, con la participación de jóvenes asistentes del proyecto, se pudo sacar a la luz todo el patrimonio guardado durante casi 30 años por Eduardo Cáceres en su casa de la calle Carmen, en el centro de Santiago. Él y la pianista Cecilia Plaza fueron los gestores de Anacrusa en reuniones realizadas en los años 80 en ese mismo domicilio.

Para Fugellie, «este archivo es muy relevante porque nos habla de una historia de la música contemporánea chilena que no vivió para sí misma, sino que vivió en diálogo con sus pares latinoamericanos y también con cosas que estaban sucediendo en Europa, (sobre el) tipo de diálogo (que) hubo con los compositores que estaban en el exilio, que quizá no era un diálogo que uno pudiera publicarlo en la prensa, pero que estaba. Este archivo es muy valioso y espero que se ocupe por muchísimos años más, que haya muchos investigadores e investigadoras jóvenes que se entusiasmen, porque hay material de sobra para seguir trabajando».

Musicalmente, el término Anacrusa significa la nota o grupo de notas tenues que preceden al primer tiempo fuerte de una composición.

Como lo explicó el musicólogo Rodrigo Torres, otro de los participantes de Anacrusa, tras un cúmulo de opiniones y propuestas vertidas en las primeras reuniones de 1984 primó la del reconocido compositor Cirilo Vila (1937-2015), también miembro del colectivo: «Fue la que concitó mayor consenso, por esta idea de que Anacrusa es lo que precede al tiempo fuerte, es el impulso, (pero) tiene un significado que es más amplio, que es cruzar más allá, atingente a la situación de intervención de la universidad, recuperar la libertad de movimiento; hay (ahí) un gesto como de utopía, de apertura, como soñar con cambios».

CINCO ENCUENTROS DE ALTO NIVEL

La concreción de esta iniciativa se tradujo primeramente en reuniones privadas con lecturas de escritos de músicos y compositores latinoamericanos. Luego vinieron los conciertos a menor escala.

En octubre de 1985, a un año de su fundación, Anacrusa realizó el primero de sus cinco encuentros de música contemporánea. Durante cinco días, en el Goethe-Institut de calle Esmeralda, en Santiago, «un lugar donde no podía entrar la censura», al decir de Cáceres, se interpretaron y estrenaron obras de compositores chilenos y se homenajeó a Becerra-Schmidt (1925-2010), que antes del golpe militar había aportado creativamente en una versión musical del “Canto General” de Pablo Neruda hecha por el grupo Aparcoa y que en Alemania había compuesto obras para Quilapayún, como las cantatas «Américas» y «Memento» y el tema «Revolución».

En octubre de 1987 resaltó la participación de Juan Orrego-Salas (1919-2019). Radicado en Estados Unidos, aunque no exiliado, el compositor se involucró con la causa por la libertad componiendo para Quilapayún la obra «Un canto para Bolívar» (cantata popular Opus 78), sobre un poema de Neruda. Esta segunda versión del encuentro de música contemporánea durante seis días significó, asimismo, la apertura a los compositores latinoamericanos del Cono Sur. Concurrieron representantes de Argentina, Paraguay y Uruguay, país este último representado por Aharonián, el mensajero clave de Anacrusa.

La participación latinoamericana creció aún más en la tercera versión de 1989. Fueron 46 los músicos concurrentes de otros países, desde México hasta Argentina, que no sólo interpretaron sus obras sino que también ofrecieron cursos y charlas a lo largo de los diez días que duró el encuentro.

El guitarrista docto Luis Orlandini, participante en los encuentros de Anacrusa, interpretó varias obras en el acto de la Biblioteca Nacional.

Al cabo, en estos tres primeros certámenes en 14 conciertos se presentaron 133 obras compuestas por 125 compositores, de los cuales 59 eran chilenos y 66 extranjeros. Las obras fueron interpretadas por 304 músicos y tres coros mixtos. Paralelamente, hubo tres foros-debates y 38 conferencias, charlas y talleres.

La convocatoria de público a las salas de conciertos del Goethe-Institut (en los tres encuentros), de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile (dos encuentros) y del Instituto Interamericano de Educación Musical (un encuentro), fue una elocuente ratificación de la apuesta de Anacrusa. La asistencia alcanzó las 8.450 personas, a las que se sumaron 2.900 concurrentes a las conferencias, charlas y talleres, y otros 500 que estuvieron en los foros y debates.

Ya en democracia, el cuarto certamen tuvo lugar en febrero de 1992, en La Serena. Tomó la forma de cursos de verano que congregaron a unos 200 estudiantes de música. Además de cuatro invitados internacionales, estuvieron significativos compositores como el ya citado Vila y Alejandro Guarello, creador junto al grupo Ortiga de la “Cantata de los Derechos Humanos”. También hubo interpretaciones por cuenta de, entre otros, los guitarristas Luis Orlandini y Mauricio Valdebenito, la pianista Cecilia Plaza, el tenor Hans Stein y el flautista Alejandro Lavanderos. Por primera vez se abrió la puerta a la música popular con los cantautores Payo Grondona, Eduardo Gatti y José Seves, vocalista de Inti Illimani, con quien se simbolizó el fin del exilio para muchos músicos de la Nueva Canción Chilena. En la misma veta popular estuvieron los hermanos Sergio «Tilo» (baterista) y Fernando González (guitarrista) del grupo Congreso, y el cellista Rodrigo Díaz, organizador del encuentro y uno de los fundadores de Anacrusa.

El quinto y último encuentro, en noviembre de 1994, aunó a la música docta con la popular y la electroacústica. Así, nuevamente en la sala del Goethe-Institut, se dio cabida a exponentes nacionales de la música popular metidos de lleno en la experimentación, como el guitarrista Antonio Restucci; el bajista de los grupos Santiago del Nuevo Extremo y Fulano, Jorge Campos, y el compositor Andreas Bodenhofer. Durante seis días se presentaron 32 obras del mismo número de compositores, todos chilenos.

De todos estos certámenes quedaron registros audiovisuales, algunos disponibles en YouTube, y la edición de seis cassettes, dos por cada uno de los tres primeros certámenes, y un CD de reciente edición con dos conciertos realizados aparte de los encuentros.

En 1995 Anacrusa bajó la batuta. Si bien la mayoría de los músicos doctos exiliados no regresó a Chile, los puentes de comunicación con ellos y con otros músicos latinoamericanos estaban restablecidos, las cartas subrepticias ya no eran necesarias y los espacios para el diálogo, el debate y la creación musical contemporánea en el país eran muy distintos al clima restrictivo y chato que apremió en 1984 a la reunión activa y decidida de ese grupo de jóvenes compositores, intérpretes y musicólogos hastiados del oscurantismo cultural que los rodeaba.

Pero la semilla quedó sembrada.

En 2001, a siete años del último encuentro, la Universidad de Chile creó el Festival de Música Contemporánea. A la cabeza estuvo el gestor de Anacrusa, Eduardo Cáceres, quien se mantuvo en ese rol durante los primeros 17 años del certamen.