Antes, el talento surgía espontáneo de las calles y potreros, libre y sin costo

Con la denominada “modernidad, el fútbol perdió sus orígenes y su esencia. Hoy, no sólo se debe pagar para jugar, sino que los niños son metidos en esquemas que les quitan por completo la inventiva y la improvisación.

Por GERARDO SILVA / Foto: ARCHIVO

En esta oportunidad voy a hablar desde la experiencia. Tuve la oportunidad de ser un niño en la década del 70 y parte del 80, y en esos años los niños de la época con suerte teníamos un par de zapatillas, que nos debían durar todo el año, y sólo algunos tenían zapatos de fútbol. Nos reuníamos en un espacio eriazo de nuestro barrio, el que convertíamos en una cancha de fútbol. Con mucha creatividad construíamos un par de arcos con listones de 2×2 en bruto, porque no alcanzaban las chauchas para cepillarlos.

Llegábamos del colegio y nos juntábamos para marcar la cancha con aserrín y ponernos a pichanguear, siempre muy atentos y preocupados de que llegara el dueño de la pelota, a quien había que tratar bien para que no terminara abruptamente la pichanga. Nos entreteníamos tardes enteras hasta llegar la noche. Poco a poco, los padres llamaban a los niños e íbamos quedando menos, pero de alguna forma nos acomodábamos para que el partido no quedara tan disparejo.

Ahí, de manera espontánea, aparecía la inferioridad y la superioridad numérica (dos buenos contra tres regulares), y así desplegábamos todo nuestro talento y energía. No teníamos árbitros ni entrenador, porque no eran necesarios. Para distinguir un equipo del otro, un equipo jugaba sin polera, «a cuero pelado».

Los dos mejores elegían a sus compañeros de equipo. Casi siempre los peores, a criterio de los capitanes, eran los últimos en ser elegidos. Sorteaban quién se sacaba la camiseta y listo, empezaba el partido, todos con nombre de jugadores profesionales y sin límite de tiempo. La motivación era grande, sólo nos divertíamos. No teníamos que pagar mensualidad a nadie para que nos enseñara las bondades del fútbol. Nosotros las descubríamos. Lo único que se necesitaba en esos tiempos eran ganas de jugar.

Así, esta particular costumbre y «metodología» se replicaba en todos y cada uno de los barrios de todas las ciudades y me imagino que en todos los países del mundo. Aquellos que vivimos esta experiencia somos testigos de la cantidad de futbolistas talentosos que produjo la calle, el barrio. Talento genuino, sin molde, rebelde y desenfadado, qué catapultó a grandes referentes del fútbol mundial.

Pero todo cambió. Llegó la modernidad, pavimentaron nuestras canchas de tierra, cerraron los espacios, les pusieron portón, cadena y candado y nos empezaron a cobrar para jugar. Alcancé también a vivir esos tiempos. No bastaba con tener un balón y un espacio: había que pagar por el espacio. Por lo mismo, ya no podíamos jugar todos los días, nuestros padres no tenían el dinero suficiente para cumplir nuestro capricho futbolero. Ya no eran tardes enteras, ni todos los días, sino que había que juntar las monedas para rentar una hora la cancha para jugar.

Por esta misma razón, muchos niños dejaron de practicar y, lo que es más grave, dejaron de divertirse. Todo cambió, empezamos a jugar menos, se empezaron a abrir las famosas escuelas de fútbol. Los adultos, que en esos tiempos sólo miraban, se asombraban, divertían, y elegían niños para sus clubes, empezaron a jugar a ser entrenadores. Reglamentaron todo y nos enseñaron a jugar como ellos concebían el juego. Se nos quitó la libertad y se nos empezó a esquematizar.

Hasta el día de hoy se comete el error de entrenar como adultos a los más pequeñitos, a quitarles la magia, la creatividad y todo aquello que puedan expresar de manera natural. Para mi gusto es una brutalidad. Al niño hay que dejarlo expresar sus sentimientos más genuinos a través del deporte.

Hoy no existe ni un solo club profesional que no cobre una mensualidad por lo que ellos llaman escuelas de fútbol formativas. Los clubes profesionales siempre tienen réditos económicos con más de algún niño talentoso que, por casualidad, llegó a su institución. Le pusieron una camiseta que casi siempre tiene que pagar el apoderado y se lo quedaron para ellos.

Hoy, los clubes se transformaron en Sociedades Anónimas Deportivas Profesionales, con un montón de beneficios añadidos. Lo mínimo que se les debe exigir es que les devuelvan el espacio a los pequeños para que jueguen gratuitamente al fútbol, de la manera más organizada posible; pero que jueguen y se diviertan, ofreciéndoles las mejores condiciones, apoyo emocional, disciplina, principios y valores, pero de forma gratuita.

No les sigan cobrando. Los que se benefician con el producto deben costear el proceso. De esta manera practican todos, no sólo los que tienen dinero. Dejemos de discriminar, porque es la única manera de volver a masificar el fútbol en Chile.