Brasil: Lula guarda todas las cartas que le mandaron a prisión

El presidente estuvo encarcelado por supuesta corrupción durante un año y medio, lapso en que recibió cerca de 30 mil misivas.

Por EL ÁGORA / Foto: EFE

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, aún guarda las casi 30 mil cartas que recibió cuando estaba en prisión. Un “acervo histórico” que, cinco años después de su encarcelamiento, reposa en una pequeña sala de ordenadores en Sao Paulo y muestra la dura realidad de los “invisibles” de Brasil.

El 7 de abril de 2018, Lula llegaba en helicóptero a la azotea de la Superintendencia de la Policía Federal de Curitiba. No saldría de allí hasta el 8 de noviembre de 2019, cuando la Corte Suprema anuló las dos condenas que le fueron impuestas por supuesta corrupción.

Fueron 580 días privado de libertad. El actual mandatario, de 77 años, todavía hoy se emociona al recordar su paso por la cárcel. Un momento “muy duro”, de “resistencia”, en el que además del aislamiento físico, tuvo que lidiar con el fallecimiento de su hermano mayor y un nieto.

“Cuántas veces me tumbaba en la cama, panza arriba, mirando el techo…”, relataba el jefe de Estado con la voz rota en una reciente entrevista.

Su prisión conmocionó a sus seguidores dentro y fuera de Brasil, que, en una campaña sin precedentes, comenzaron a mandar miles de cartas de apoyo a su líder a la calle Profesora Sandália Monzón, 210, donde estaba recluido.

Esas misivas están hoy guardadas a buen recaudo en una sala con ordenadores del Instituto Lula, en Sao Paulo. Están separadas por fechas y colectivos de procedencia en más de 60 cajas de colores que tapan toda una pared. Se conoce -era que no- como “Sala de las Cartas”.

La mayoría está escrita a mano, y en sus líneas se encierran humildes historias de vida, de superación, de agradecimiento. Relatos desnudos, retrato fiel del Brasil desigual, pobre, que Lula combatió en sus dos primeros mandatos (2003-2010) y que pretende volver a hacer en este tercero.

Hay otras firmadas con la huella dactilar de personas analfabetas que dictaron sus palabras a un tercero, como fue el caso de unos trabajadores rurales del municipio de Palmópolis. “Le escribo porque quiero que salga pronto de ahí”, empieza María José da Conceiçao. Desde Fortaleza, María Honorio, de 81 años, mandó su mensaje de solidaridad junto con un pequeño rosario pegado fuertemente a su manuscrito.

“Todavía hoy me emociono con algunas”, confiesa Calinka Lacort, trabajadora del Instituto Lula y una de las encargadas de clasificarlas y que ahora es la gran guardiana de las cartas, que vinieron de “casi todos los lugares del mundo”, desde Argentina hasta Japón.

Como curiosidad, las grandes preocupaciones de los lulistas eran “si dormía bien, si se alimentaba y si tenía mantas para dormir”, expresa Bárbara de Paula, informática y quien ayudó después a digitalizar las misivas, trabajo que comenzó a partir de la llegada al poder del ultraderechista Jair Bolsonaro, en 2019, por miedo a que hubiera aprehensiones en la sede del Instituto.