Carta abierta

Carta abierta a Alejandro Domínguez, Presidente de la CONMEBOL

En medio de un panorama sombrío, con bajas importantes y escasísimo tiempo de trabajo, La Roja viajó a Montevideo, en el arranque clasificatorio. Se trabajaron aspectos tácticos para anular a un rival peligroso y la elección de los jugadores, pese a las dudas naturales sobre muchos de ellos, fue acertada en la mayoría de los casos. Pero Chile cayó, porque no introdujo en la ecuación a la mafia que aún envuelve a los arbitrajes sudamericanos. Una mafia que nace del seno mismo de la Confederación Sudamericana de Fútbol, CONMEBOL.

Por MARCO SOTOMAYOR, DIRECTOR DE EL ÁGORA

Señor
Alejandro Domínguez
Presidente de la CONMEBOL
Pte.

Incluso antes del partido entre Uruguay y Chile, disputado en el estadio Centenario (arranque de las Clasificatorias a Qatar 2022), muy pocas personas creían en su discurso de la «nueva CONMEBOL» o el reiterado «dejamos atrás la corrupción». Hablo de la opinión pública en general, no solamente del mundillo futbolístico. 

Hagamos algo de historia: durante décadas su organismo ha permanecido en un constante estado de sospecha. Y la situación se hizo más evidente cuando un compatriota suyo, Nicolás Léoz, se instaló (entre el 1 de mayo de 1986 y el 30 de abril de 2013) en la testera de la entidad. Su «reinado» concluyó en medio de un escándalo mayúsculo, y Leoz fue acusado de sobornos, fraudes y lavado de dinero.

Una cosa poca, como podrá advertir.

El uruguayo Eugenio Figueredo y otro paraguayo, Miguel Ángel Napout, quienes sucedieron a Leoz, también fueron encontrados culpables por cargos similares tras la rigurosa investigación hecha por el FBI. Ambos, obviamente, fueron arrestados y sentenciados. 

Así, y tras un breve interinato del también uruguayo Wilmar Valdez (¿¡cómo se repiten esas nacionalidades, verdad!?), usted llegó a presidir la Confederación. Su misión más importante era cambiar, en 180 grados, la imagen de la organización que rige el fútbol sudamericano. Desafío no menor, pero imprescindible y trascendente.


Lamentablemente, la tarea le quedó grande, a pesar del tiempo y de los recursos que ha destinado a las relaciones públicas y a la redacción de sus discursos, preñados de bellas e irreales sentencias. Voy a contar una infidencia, pues no toda la gente lo sabe: usted eligió como uno de sus asesores comunicacionales a Francisco Javier Cuadra, ex ministro y embajador de la dictadura que encabezó Augusto Pinochet en Chile durante 17 años…

«Blindado» por personeros como él, inició una gestión que bien podemos resumir como «más de lo mismo»: la CONMEBOL mantiene un aura de hermetismo y toxicidad que no difiere mucho a la de sus antecesores. Le recuerdo que en 2018, usted decidió jugar la final de la Copa Libertadores en el Santiago Bernabéu, de Madrid, porque en lugar de declarar desierto el título de aquel año (los escándalos y la violencia entre las barras de Boca Juniors y River Plate así lo ameritaban), optó por la salida más fácil y más conveniente desde un punto de vista económico, y trasladó el partido a Europa. No se podían perder los dólares de la transmisión televisiva y de sus correspondientes auspiciadores, obvio.

El hecho de desperdiciar una gran oportunidad para decretar la limpieza del fútbol de acá, golpeando la mesa frente a las barras bravas y a los clubes que las amparan, no pareció afectar su hoja de ruta, cuyo fin último, me atrevo a especular, es el mismo que escribió el italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su novela El Gatopardo: «Cambiar todo, para que nada cambie».

De hecho, ni su pirotecnia verbal ni sus publicitados maquillajes a la CONMEBOL tienen asidero en la realidad, al trasluz del impúdico cometido de otro compatriota suyo, ahora un árbitro, Eber Aquino, encargado de «impartir justicia» en el duelo entre celestes y rojos al que me referí más arriba.

La sospechosa elección de jueces que, en las instancias decisivas, siempre han favorecido a Brasil, Argentina, Uruguay y, en segunda línea, a los equipos de su país, forman parte de un cáncer del que usted no se ha hecho cargo. Ya nos quedó claro con lo acontecido en el Centenario.

Hace muchos años, Ricardo Abumohor, ex presidente del fútbol chileno, me confesó que, cuando se inició el proceso clasificatorio hacia Francia ’98, levantó la mano en una de las reuniones del Comité Ejecutivo de la Confederación y dijo: «No les pido árbitros que me ayuden a llegar al Mundial, sino jueces que no me perjudiquen».

Nuestros dirigentes pesan poco a nivel internacional, lo sabemos, pero tampoco suelen ser muy proactivos, y ninguno -al menos en el último tiempo- ha tenido una actitud como la de Abumohor, es decir, prevenir las sinvergüenzuras antes de llorar por sus consecuencias. 

Ahora, Pablo Milad, timonel de la ANFP, asegura que pedirá los audios del partido. Que enviará a Luque un reclamo formal contra Aquino y contra todos los jueces involucrados en ese juego. En paralelo, muchas figuras del fútbol chileno (vigentes y de otra época) se sumaron a las voces que condenan el arbitraje del paraguayo.

Un dato, señor Domínguez: Iván Zamorano, referente de nuestra selección, tildó de robo la decisión de Aquino al no sancionar la clara mano del uruguayo Coates sobre el final del pleito. Ojo, eh, hablamos de un futbolista que habitualmente enarbola un discurso políticamente correcto. Pero Iván está indignado. Como todos. Porque lo del Centenario fue demasiado burdo. Sin pudicia. Y los chilenos estamos tan acostumbrados a padecer diariamente hechos así, que los detectamos de inmediato. Ya nadie nos pasa gato por liebre, como dice uno de nuestros refranes populares.

¿Sabe qué? Anticípese a los hechos: libere los audios y sancione al árbitro por todas las Clasificatorias. Aquino no puede volver a dirigir en este proceso. Ya está manchado. Perdió la credibilidad. Y, lo que es peor, causó un daño enorme a La Roja, pero también a la CONMEBOL. Porque su organización nuevamente quedó en entredicho. Y sus discursos serán más comparsas que nunca en esta hojarasca de corrupción que no termina. 

Quizás de esta manera pueda revertir -sólo en parte- la turbia imagen que proyecta la sede de Luque, su dinámica de poder y los personeros que allí pululan.

Haga lo correcto, aunque sea por una vez.

(Santiago, 9 de octubre de 2020).