Eduardo Bonvallet

Carta abierta (y póstuma) para Bonvallet

Te escribo estas líneas para contarte que se te extraña muchísimo, especialmente por tu análisis futbolístico, porque no existe actualmente ningún periodista deportivo, ex jugador o comentarista en los medios de comunicación, que tenga esa capacidad para «leer» el fútbol como tú lo hacías.

Esa manera tan particular que tenías para entender dónde estaba lo importante del partido, qué jugador era clave, en qué aspectos había que fijarse, por dónde pasaría la lucha estratégica… Eso era lo que te hacía diferente del resto: tu capacidad para ver diez minutos del juego y entender por completo su dinámica fundamental. Eso era lo que te hacía el mejor, tu gran capacidad en el análisis futbolístico-estratégico.

Se echa de menos, también, tu parte humorística, los sobrenombres y esas comparaciones delirantes, como por ejemplo la famosa juguera, una de mis favoritas. Soy de los que te escuchó durante más de 20 años, uno de los que pudo ver la forma en que pintaste el estadio de rojo, porque antes muy pocos llegaban vestidos de ese color para alentar a la Selección. De los que vimos cómo lograste resaltar ese nacionalismo bien entendido que tiene el fútbol, al momento de cantar el himno o de vestir la camiseta. También creíste en los futbolistas chilenos cuando nadie lo hacía.

Podría llenar miles de hojas describiendo tus virtudes, tal como lo hicieron muchos al momento de tu partida, pero este texto también pretende darte una mirada más integral: no todos quienes han muerto son unos santos y tú tenías un lado que nunca pude entender y el cual me causaba un gran rechazo. Cuando lo recuerdo y lo medito no puedo evitar pensar en esa especie de «sombra» que oscurecía un lado de tu personalidad y que le quitaba potencia y hasta desacreditaba tu propio discurso.

Me refiero a ese profundo resentimiento, clasismo, racismo y hasta «mala leche» que tenías para decir muchas verdades, los cuales terminaron convirtiéndose en una cruz que no dejó que cerraras tu paso por este mundo. Nunca pudiste materializar todo ese gran potencial que tenías para entregar. Pudiste ser un gran director técnico, un tremendo gerente técnico, dirigente o lo que fuese, pero fue finalmente ese ir pisando cabezas en tu camino hacia la cima lo que te impidió instalarte plenamente en ella.