Chile bajo ataque: inseguridad e incertidumbre social endógena (III parte)

Hemos analizado en columnas anteriores los elemento exógenos, presentes en la guerra de cuarta generación (asimétrica), considerando las acciones de adversarios ideológicos. Pero, también hay elementos endógenos al modelo de desarrollo del Estado que está siendo afectado por estas anomias.

Por CARLOS CANTERO / Foto: ARCHIVO

Dichos elementos están ligados a la ética, la dignidad humana y la justicia social, que generan percepción de incertidumbre e (in)seguridad ciudadana, lo que eleva la conflictividad social. Vivimos una grave crisis que también involucra, obvio, a la política, y ese diagnóstico tenemos que asumirlo antes de que sea demasiado tarde.

La guerra asimétrica es un tipo de confrontación que combina elementos del poder duro (hard power), propios de una conflagración convencional, con la guerrilla, la insurgencia, el terrorismo y el crimen organizado, que erosionan la estabilidad y la legitimidad del Estado en cuestión. A su vez, todo eso se mezcla con los elementos del poder blando (soft power), una forma de sometimiento suave, generalmente cultural, en forma mimetizada, que incide en la legitimidad de las instituciones, de la cohesión social y de la confianza ciudadana.

El poder blando usa fuerza con disimulo, manipula información y elementos culturales, éticos y filosóficos, influyendo en el comportamiento social. Es una estrategia de mismidad (y mimetismo) desde el interior de una comunidad, con opacidad, postverdades y fakenews. Las redes sociales son relevantes para viralizar mensajes, coordinar acciones, manejar propaganda y hasta guerras sicológicas, operaciones de influencia discursiva o acciones operativas: ataque cibernéticos, violencia y/o secuestros, robo de información, atentados a infraestructura crítica y deslegitimación institucional.

La inseguridad, refiere al sentimiento de desconfianza y desprotección frente a amenazas o riesgos. La incertidumbre refiere al desconocimiento sobre lo que puede suceder en la sociedad o en la vida personal. Sus principales expresiones son: la inseguridad personal, miedo a la delincuencia, a la violencia, al terrorismo, a las migraciones desbordadas, o a desastres naturales; inseguridad económica, preocupación por el desempleo, la pobreza o la falta de acceso a servicios básicos; incertidumbre social (previsión y salud), normas sociales y el futuro, y la incertidumbre ambiental, que incluye al cambio climático, y a la degradación del medio ambiente.

La conflictividad social se explica por el sentimiento de inseguridad e incertidumbre, por la globalización, los avances tecnológicos, cambios sociales, la crisis ambiental, pandemias, terrorismo, ciberdelincuencia.

La desigualdad social y la falta de oportunidades son fuente de gran inseguridad, lo mismo que la concentración de la riqueza o la pobreza. El individualismo y el materialismo degradan la calidad de vida, deterioran los indicadores de desarrollo humano y -lo más importante- afectan a la subjetividad de las personas y a su salud mental: estrés, ansiedad, miedo, y una larga secuela de enfermedades sicosomáticas. La afectación al bienestar genera desconfianza, polarización social, debilita la cohesión y la cooperación, promoviendo individualismo, populismo y extremismos.

Para abordar con éxito la inseguridad y la incertidumbre -causa basal de conflictividad- se requiere desarrollo humano: mejorar la calidad de vida, la desigualdad social, la pobreza y la exclusión, fomentando una ciudadanía responsable, impulsando el pensamiento crítico y la capacidad de adaptación al cambio con diálogo social, comprensión mutua, tolerancia y consensos.

Esto requiere urgentes cambios en la relacionalidad política y en las prioridades temáticas para proteger a la democracia.