Columna de Lautaro Guerrero: En esta crisis moral, los caraduras del fútbol llevan el estandarte

No sólo se hicieron los giles en el último Consejo de Presidentes con los representantes que tienen propiedad en los clubes, sino que obligaron a las instituciones a tener vínculos comerciales con casas de apuestas online callampas, que la Cámara de Diputados declaró Ilegales. En este país maleado, los caraduras hacen nata, pero nadie puede contra ellos, porque están en todas partes y se sabe que entre bueyes no puede haber cornadas.

Por LAUTARO GUERRERO / Foto: PHOTOSPORT

La entrañable Mafalda, de Quino, pergeñó alguna vez aquella frase de “paren el mundo, que me quiero bajar”. Frase que tiene más vigencia que nunca en este Chile patas arriba y que en algún momento se jodió, como se jodió el Perú, de acuerdo a la pluma de Vargas Llosa en su “Conversación en la Catedral”.

Es que realmente estamos jodidos viejo, y de ese país que uno conoció, igualmente pobre, pero mucho más digno, sin resentidos, sin agrandados y sin estúpidos aires de jaguar, es poco lo que queda, por no decir nada. Hoy, para tristeza de la nostalgia, somos un país de ignorantes, picantes, ventajeros y caraduras. Cuestión que vemos a cada rato y en todos los ámbitos de la vida.

En el fútbol, que al fin y al cabo es una expresión más de la sociedad maleada en la que vivimos, siempre hubo frescolines. Sólo que con el avenimiento del sistema de Sociedades Anónimas Deportivas, instauradas a sangre y fuego, y para lo cual se hizo quebrar artificialmente a Colo Colo y a Universidad de Chile, los frescolines derivaron en sinvergüenzas de tomo y lomo. Y no sólo eso: si en épocas pretéritas los frescolines eran la excepción, en ningún caso la regla, hoy en día la ecuación se dio vuelta, por lo que encontrar en el fútbol gente honesta es más difícil que encontrar uranio.

Mi colega Eduardo Bruna calificó a poco andar a este nuevo sistema como “nefasto y corrupto”. Y para nada fue un arrebato, una exageración. Deportivamente no le ganamos a nadie, y lo peor es que la deshonestidad y la inmoralidad se han hecho tan comunes y recurrentes que estamos a punto de normalizarlas. Por lo menos, los que debieran espantarse nunca lo han hecho, y eso que las tropelías han abundado.

Partamos por decir que en este sistema se produjo, con Sergio Jadue y sus secuaces, el mayor latrocinio de la historia en el fútbol chileno. Jadue no sólo se robó lo que pilló a mano, sino que además tuvo dos astutas ideas para dejar en claro que en su infinita sinvergüenzura no se andaba con chiquititas: decidió cobrarle un abusivo y multimillonario derecho de llaves a los clubes que, ganando el torneo de Segunda División, ingresaban a la ANFP como flamantes integrantes de la Primera B (dos millones de dólares). Pero como este delincuente en su codicia no se conformaba con nada, aparte de todo lo que se choreaba se fijó un sueldo para él y su directorio, a sabiendas que, por ser la ANFP una Corporación de Derecho Privado sin fines de lucro, tal cosa era ilegal.

Para ratificar lo jodidos que estamos, nada cambió luego que Jadue apretara cachete a Miami y en la testera de la ANFP fuera reemplazado por Arturo Salah, Sebastián Moreno y Pablo Milad, en ese orden.

El fútbol siguió manejándose como si fuera un mundo aparte, al margen de la legalidad del país. Y lo sigue haciendo, con una desfachatez y una personalidad digna de mejor causa.

A pesar de que la FIFA ya ha dicho en todos los tonos que no está nada de bien éticamente que los representantes de jugadores –toda una plaga moderna- tengan propiedad de clubes, y que hasta ha anunciado medidas futuras para prohibir esta clara inmoralidad, el Consejo de Presidentes de clubes se pasó la recomendación por buena parte, dejando todo tal cual.

Cuando las casas de apuestas online a todas luces iban a ser declaradas ilegales en la Cámara de Diputados, en el Palacio de Quilín fue como si lloviera. No sólo existe la fuerte sospecha de que una de estas timbas rascas va a auspiciar el torneo de Primera A, como ya Betsson lo hace con el de Primera B, sino que en la práctica en el último Consejo se obligó a los clubes a lucir el nombre o los logos de casas de apuestas que, cortándola con cincel, porque ni impuestos pagan, piensan seguir metiéndole plata al fútbol y a los equipos a cambio de publicidad.

Como los Consejos son secretos, porque la prensa no puede estar presente, como era antes que el fútbol fuera cooptado por esta manga de sinvergüenzas, fue Unión Española la que encendió las alarmas, denunciando la iniciativa de Pablo Milad y sus boys. La tienda hispana –según propia confesión- fue la única que, apelando a argumentos éticos, se opuso, sólo que, como con mafiosos no se juega, de haber perseverado iba a estar sujeta a onerosas multas e, incluso, a la pérdida de puntos.

¿Hasta cuándo va a continuar este estado de cosas? ¿Cuándo va a ser el día que las autoridades de este país pongan en cintura al fútbol para aclararles que el Palacio de Quilín no es un enclave dentro del territorio nacional?

El problema es que nuestras autoridades, aquellas que dictan las leyes, tienen un tejado de vidrio que se los encargo. Aparte de cobrar jugosos viáticos por sus “salidas a terreno”, hace tiempo que nos vienen trampeando con los celulares que se les entregan al gratín y con el chipe libre para combustible que usan todos sus familiares, aparte de ellos. ¿Encuentran poco, sinvergüenzas, el obsceno sueldo que cobran mes a mes? ¡Ustedes son los parlamentarios mejor pagados de Latinoamérica, tropa de caraduras! Y eso que muchos de ustedes, por capacidad y nivel cultural, estarían caros para integrar una Junta de Vecinos.

Lo dicho, se reitera: estamos jodidos. Estamos hasta las masas. Y eso que mejor no menciono los millonarios choreos de los PDI, de los milicos y de los pacos con charreteras. Porque hilando fino, tendría que recordar la de veces que, colusión mediante, nos pasaron por el aro con los pollos, los remedios y el papel tissue, sin que ninguno de esos sinvergüenzas pasara en la cárcel un solo día.

Pero aquí seguimos. Poniéndole el pecho a las balas, como se dice. Cuando en 1934 Enrique Santos Discépolo compuso su célebre “Cambalache”, jamás se imaginó que, décadas más tarde, su mordaz letra a los chileniitos nos vendría como anillo al dedo.