“Chile mete respeto”

Luego de la destacada actuación de la Roja en la Copa Confederaciones, analizamos lo bueno y lo malo del certamen reservado a las mejores selecciones de cada continente.

Para Brasil 2014 se realizó una campaña publicitaria con el concepto “Chile mete miedo”. Y si bien finalmente los locales en ese Mundial sintieron temor en el partido frente a la Roja, da la sensación de que los creativos se anticiparon algunos años. Hasta ese minuto, nuestra Selección sólo insinuaba, es decir, jugaba bien, intentaba proponer las condiciones en cada partido, pero a la larga terminaba como un cuadro atractivo, pero eliminado prematuramente de todo.

El concepto que hoy podría caber perfectamente para una campaña publicitaria más que miedo, es respeto. La Roja se lo ganó en cancha, dejando en el camino al equipo con el mejor futbolista del mundo, y dos veces. Demostrando en cada amistoso frente a representativos de Europa o de cualquier continente que Chile se ganó un lugar en el primer mundo de las selecciones.

Es que el estilo de juego, con la idea siempre de proponer, se vio respaldado por dos vueltas olímpicas que definitivamente instalaron a Chile en ese sitial de equipos en que hay que jugar el mejor partido para vencer, o bien jugar aplicados esperando nuestro error, como lo hizo Alemania en la final. La Roja no es un cuadro imposible de derrotar, pero de antemano sale como favorito en cada encuentro.

En la Copa Confederaciones Chile no hizo una primera ronda brillante, eso está claro. Pero tal vez es reflejo de la madurez de un equipo que sabe mirar el objetivo final, porque los jugadores tenían claro que lo importante no era ganar el grupo, sino que el torneo. Y su entrenador, con gran experiencia como futbolista y también como técnico, prefirió dosificar antes de apostar por el primer lugar en su zona, porque sabía que lo trascendente del certamen estaba por venir.

Aun así, sin exhibir su mejor versión, la Roja salió a enfrentar a rivales que la respetaban, incluso la misma Alemania, que llegó a este campeonato en calidad de campeona del mundo, y no sólo por el hecho de jugar con una plantilla alternativa, sino porque de verdad existe un respeto reconocido por su entrenador Joachim Low: “Chile es un equipo muy flexible. Crean gran cantidad de oportunidades. Un cuadro extraordinario que se conoce desde hace años, con un jugador muy fuerte como Sánchez”.

Tal vez por ese motivo, Low reconoció que prefería jugar la final ante Portugal. En otras palabras, el campeón del mundo no quería enfrentar a Chile, una muestra más del respeto que se ganó nuestra querida generación dorada.

“Alemania se llevó simplemente un resultado y una copa FIFA… Chile el RESPETO

(Javier Castrilli, ex ”Juez de Hierro”).

 

Benditos penales

Esta Selección ha cambiado muchos paradigmas del fútbol chileno, como el de las definiciones a penales, donde se pensaba que era una instancia reservada para otros, justificando las derrotas con argumentos que ya no tienen cabida: “es una lotería”, “los del Atlántico están más acostumbrados”, “perdimos pero no importa porque fue en los penales”.

Si hasta hace algunos años enfrentar una tanda de penales parecía una maldición, hoy Chile afronta las definiciones desde los doce pasos con una convicción distinta, con el favoritismo de un grupo de jugadores que no se les pasa por la mente perder. Con un líder en el arco que no sólo motiva a sus compañeros en la arenga previa, sino que les trasmite seguridad asegurándoles incluso que atajará un par de tiros.

Al igual que el palo de Pinilla, la eliminación por penales ante Brasil en 2014 a estas alturas constituye una anécdota, porque Chile se supo levantar de esos episodios que para cualquier otra generación podrían haber sido traumáticos. Este equipo, sin embargo, cuando gana quiere más, y cuando pierde inmediatamente espera una revancha, esa que está a la vuelta de la esquina para conseguir la clasificación a un tercer Mundial consecutivo, lo que sería algo inédito en nuestra ahora rica historia futbolística, como muchos otros hitos que han conseguido nuestros actuales seleccionados.

No ganamos la Copa Confederaciones, eso es verdad. Pero lejos de una decepción seguramente será el momento para renovar las ilusiones, porque nuestros jugadores no se van a conformar sólo con volver a Rusia, sino que intentarán ir por algo grande en el Mundial.

Sedes listas

La organización demostró que está a la altura de realizar un Mundial. A diferencia de lo ocurrido en la Copa Confederaciones de 2013, los estadios están aptos para albergar una justa planetaria. En Brasil, en cambio, todavía quedaba mucho trabajo por realizar.

Las ciudades demostraron estar preparadas en hotelería, conectividad y todas las comodidades que se esperan para un evento de primer nivel. Rusia aprobó, aunque el bajo nivel de su selección conspiró para un mejor ambiente, tanto en las tribunas como en las calles.

Los vicios del VAR

Parece una idea atractiva, pero muy mal implementada. No sólo porque le resta emoción a este deporte que es exitoso justamente por las emociones que genera, sino porque finalmente no es la tecnología la que decide -como en tenis-. Es un grupo de árbitros que observan tranquilamente las repeticiones de maniobras supuestamente polémicas (a esta instancia llegaron jugadas que no necesitaban aclaración), y finalmente deliberan cometiendo los mismos errores que podría cometer un juez en la cancha.

Está claro que hay que mejorar el sistema. Una solución, tal vez, sería darle a cada entrenador la posibilidad de recurrir al VAR una vez por tiempo. Y como en el tenis, en caso de acertar en la revisión seguir con la chance de utilizar nuevamente la tecnología en otras jugadas polémicas, hasta que falle.

Lo concreto es que si se implementa definitivamente el VAR, como lo anunció Gianni Infantino, Presidente de la FIFA, se debe agilizar urgentemente. Un partido vibrante no resiste una interrupción de varios minutos. Si la justicia deportiva tarda en llegar, mejor que el fútbol siga siendo injusto, pero sin mutilar las emociones.

Al menos la FIFA consiguió que gracias al VAR se deje hablar un rato de su corrupción.