Clubes privados y platas públicas: el “juego” del fútbol chileno con los recursos del Estado

Pese a que las multimillonarias ganancias del CDF se reparten sólo entre las sociedades anónimas deportivas, la ANFP sigue aprovechando el auspicio del Gobierno de turno para financiar eventos y torneos internacionales con recursos de todos los chilenos.

La privatización de las ganancias y la estatización de las pérdidas es un viejo truco de la economía, especialmente de aquellos tiempos nostágicos en que nuestro país gozaba de un ya utópico paternalismo fiscal que permitía solventar la luz, el agua, la educación, la salud y hasta los caminos a sus entonces modestos habitantes. Una época de realidades y quimeras políticas, pero además de disfrute cultural y deportivo para los chilenos –la plebe, el pueblo, la gente, según la nomenclatura de los tiempos- , que leían en “Estadio” las hazañas ya míticas del Ballet Azul, Arturo Godoy o Ismenia Pauchard, entre tantos…

En ese Chile de impecable democracia que avanzaba del alessandrismo conservador al freismo de las reformas y el progresismo revolucionario de Allende, el fútbol latía con el fuego de los hinchas y todos sentían su camiseta como un patrimonio inalienable en el vasto territorio de los sentimientos…

Sin embargo, en el moderno país que nos modeló el progreso y el sistema libremercadista, el fútbol como las carreteras, la enseñanza y todo el amparo social sucumbió a las transformaciones y hoy los clubes son sociedades anónimas deportivas con hinchas devenidos en clientes y financiamiento garantizado que la televisión extrajo directamente del fervor humano que se esfumó de los estadios.

A pesar de ello, los oportunismos y conveniencias permiten que resucite el viejo truco mencionado. Y es que cuando Piñera o Bachelet se fotografían sonrientes con los jugadores en el Nacional o Juan Pinto Durán, están conscientes de las ganancias políticas personales y de los costos implícitos en esa aparenemente ingenua acción. Luego, indefectiblemente, habrá una visita protocolar a La Moneda y, más adelante con seguridad, alguna petición para que el Gobierno financie eventos o competencias articuladas por algún organismo privado.

De ese modo, casi pueril y recurrente, se llega a que a menudo el Estado –todos los contribuyentes, todos los chilenos- aporte millones de dólares para una Copa América –como la que organizó Sergio Jadue con sus socios de la Conmebol-, o un torneo femenino internacional en un país donde ni siquiera existe una liga.

La misma comedia absurda se produce cuando el Estado asimila a sus compromisos la deuda històrica de un equipo quebrado por la negligencia directiva o analiza la propuesta de la ANFP de Salah para costear una final de la Copa Libertadores en Santiago.

En ese insólito escenario, nadie podría siquiera imaginar que el Fisco percibió –como retribución- algún peso siquiera de la hipermillonaria venta del CDF a la multinacional Turner en 2.350 millones de dólares…

Y así como lo logró Jadue con Bachelet de socia en la Copa de 2016, ahora la ANFP quiere al Estado de auspiciador para sus futuros proyectos internacionales, incluyendo la sede de la Libertadores. En rigor, como siempre, se trata de compartir los gastos, pero jamás las ganancias. El mismo viejo truco empresarial o corporativo que sacrifica aquel partimonio fiscal que, está claro, la gente quisiera encauzar hacia la gratuidad de la educación o el financiamiento de la salud…