Colo Colo: el equipo pordiosero de los 16 que quedaron


Rasguñando un empate conseguido con una “táctica del murciélago” que todos creíamos ya desterrada de nuestro fútbol, el Cacique rompió en Medellín once años de sucesivos fracasos coperos. Más allá de eso, sin embargo, futbolísticamente hablando no hay mucho que celebrar.

Tras once años de sucesivos fracasos, la clasificación de Colo Colo a octavos de la Copa Libertadores se celebró por todo lo alto. El plantel armó un carnaval en el vestuario y luego en el hotel de concentración, los hinchas albos presentes en el Atanasio Girardot abandonaron el recinto eufóricos y en Santiago faltó poco para que la Plaza Baquedano se viera invadida por las exultantes hordas en búsqueda de un desahogo contenido durante más de una década.

Como ocurre siempre en el fútbol, los métodos para el logro del objetivo importaron un carajo. Con Maquiavelo como ideólogo (aunque la frase de que el fin justifica los medios pertenece en realidad a Napoleón Bonaparte, y no al filósofo italiano del siglo XVI), el técnico Héctor Tapia infla el pecho y Ruiz Tagle, cabeza de Blanco y Negro, puede comenzar a sacar cuentas alegres con el mismo entusiasmo que lo hacía cuando durante años nos estafó a todos los chilenos con el precio del papel tissue.

Una recaudación a estadio lleno, más los millonarios derechos de televisión, constituyen ciertamente un apreciado botín que desde ya tiene a los accionistas de la concesionaria cercanos al paroxismo. Exultantes todos, Ruiz Tagle saca cuentas además de la exposición mediática que significará haber quedado entre los 16 mejores del sub continente.

Es lo que buscaba por lo demás cuando, contra todo atisbo de vergüenza y decencia, decidió abandonar el sarcófago moral al que van a parar los delincuentes que, pese al latrocinio cometido, libran sin más ni más de la sanción que les correspondería en cualquier país normal y decente: la cárcel.

Para decirlo pronto: lo de Colo Colo en Medellín fue una vergüenza. Renunciar a jugar el juego para clasificar con una “táctica del murciélago” que a partir de Bielsa creíamos definitivamente desterrada de nuestro fútbol, no puede dejar satisfecho a nadie. Mucho menos cuando al frente hubo un rival que, queriendo ganar, jamás demostró estar dispuesto a cortarse las venas por dicho objetivo.

Clasificado a semifinales del torneo colombiano, liderando igual el Grupo 2 copero con el empate, el colombiano fue un equipo condescendiente y tibio, que nunca puso lo que hay que poner cuando llegar a la victoria es realmente apremiante. Con un toquecito tan vistoso como insulso, Macnelly y compañía le facilitaron la tarea a un Colo Colo que –bien parado y ordenadito atrás, eso hay que reconocerlo- durante los 90 minutos de juego jamás demostró querer hacer algo distinto a contener y a dejar pasar el tiempo, con Orión como el más canchero de los estandartes.

Que el partido fue futbolísticamente un bodrio lo grafica el hecho de que, si Orión trabajó poco, su colega Monetti se mató de aburrimiento. Recién se dio cuenta de que en realidad se estaba jugando un partido cuando se encontró mano a mano con un Paredes que, arrancando en posición fuera de juego no advertida por el guardalíneas, tuvo que jugarse el pellejo para, con la ayuda de uno de sus defensores, abortar la jugada viciada en la que ni el goleador albo había creído.

¿Puede ser copero un partido decisivo en el que no se muestra ni una sola tarjeta amarilla? Pitana, el juez argentino, pudo perfectamente haber dejado los cartones en el vestuario.

Igual no iba a necesitarlos.

Lo concreto es que, de los 16 cuadros que se mantienen en competencia, y que deberán esperar hasta el 4 de junio para conocer su futuro, sin duda es Colo Colo el peor de todos. El más débil, el que menos argumentos ofrece para pensar en que pueda superar la siguiente valla.

Porque, por más que Tapia pueda volver a decir, como en la previa frente a Atlético Nacional, que iban a salir “a buscar el partido”, lo cierto es que, ofensivamente al menos, Colo Colo no tiene con qué refrendar el jugar de igual a igual contra ninguno de los restantes quince.

Derechamente, carece de delanteros de nivel internacional. Rivero en Medellín ni siquiera se vistió para ir a la banca y siempre quedó claro que Iván Morales y Nicolás Orellana sólo iban a ver acción en el caso de que Atlético Nacional vulnerara el muro albo. Ninguno de ellos –salvo el uruguayo, que sin embargo viene jugando desde hace meses con los zapatos cambiados-, tiene nivel para ser una alternativa viable frente a defensores más rápidos, más fuertes y mucho más aplicados que los que deben enfrentar en nuestra paupérrima competencia casera.

Orellana y el juvenil Morales tienen tanta fuerza y velocidad como poca habilidad para resolver en espacios reducidos y donde no existe tiempo para pensar.
¿Paredes? Por favor, no le pidamos más. Aparte de que sus años indudablemente le pasan la cuenta en la confrontación internacional, porque a los 37 ni la velocidad ni la fuerza son las mismas, queda cual “Toribio el náufrago” absolutamente entregado a marcadores que, además de más rápidos y más fuertes, tienen con generosidad algo que en el fútbol nuestro escasea: capacidad de anticipo.

Si en nuestro campeonato Paredes tiene muchas veces tiempo para recibir y decidir si la juega a un compañero o mide un remate, en la Copa Libertadores ya le cuesta y será mucho peor en la siguiente fase. Tenemos claro que cuadros como el Bolívar o el Delfín ya nada tienen que ver con el cuento que viene.

Lo de Paredes, como es natural, también pesa respecto de Valdivia y el “Pajarito”. Ambos, veteranos notables en la competencia nuestra, salvo chispazos de su innegable talento es poco lo que pueden aportar frente a un Corinthians, un Gremio, un River o un Boca.

No se trata de ser aguafiestas.

Es sólo la triste comprobación de que con ese juego inevitablemente tacaño, dada su realidad, Colo Colo es poco lo que puede hacer en instancias mayores.
En Colombia lo suyo fue un fútbol de pordiosero. Y el rival que toque en suerte seguramente no va a tener la “generosidad” que tuvo este Atlético Nacional para dejarse envolver por el juego de un Colo Colo que, a sabiendas de que no podía ganar, atesoró ese cero a cero como la recompensa máxima a la que podía aspirar.