Colo Colo: Sí, que se vaya Tapia…, pero antes que lo haga Blanco y Negro

Prometieron pagar la deuda falsa que el SII le inventó al “Cacique” para obligarlo a transformarse en Sociedad Anónima y convertirlo, a breve plazo, en el Manchester United de Sudamérica. Trece años después de este engendro, la deuda con el Fisco sigue intacta y el popular es sólo un equipito que en el plano internacional dio pena y en el local ya no puede aspirar a nada.

Eliminado -como era por lo demás previsible-, de Copa Libertadores, sin opción al título en el plano local, y con ínfimas posibilidades de acceder el próximo año a un torneo internacional, a Colo Colo le esperan tres meses de pesadilla. Plazo en el que sólo deberá seguir jugando por cumplir, pero sin expectativas de nada.

Para colmo: de esos partidos que le restan como dueño de casa, dos deberá jugarlos sin público en las gradas, por la absoluta inoperancia e ineptitud de la concesionaria Blanco y Negro para controlar a los delincuentes que actuaron en el último Superclásico.

¿Fracaso? Por cierto. Rotundo fracaso del equipo y de Héctor Tapia, que llegó a reemplazar a Pablo Guede; pero también fracaso absoluto de Blanco y Negro, la concesionaria que usurpó Colo Colo a sus hinchas con la promesa de pagar la deuda tributaria que al “Cacique” y a los demás clubes les habían inventado, y hacer del club popular una institución mucho más grande y mejor de lo que había sido antes del desembarco de esta tropa de sinvergüenzas.

“En cinco años, vamos a hacer de Colo Colo el Manchester United” de Sudamérica”, dijo con toda soltura y desparpajo el primer gerente que tuvo la concesionaria, George Garcelon, a días de haber asumido. Y claro, por aquellos años, era el hoy club de Alexis Sánchez el que, por juego y fortaleza institucional, encarnaba el mismo paradigma de institución poderosa que hoy representan el Real Madrid o el Barcelona. En términos simples, los señores de Blanco y Negro no se andaban con chiquititas a la hora de proclamar las bendiciones que con ellos vendrían.

No faltaron, por cierto, los zopencos que, creyendo en la panacea en que se iban a transformar las Sociedades Anónimas para el fútbol, se ilusionaron genuinamente y creyeron a pie juntillas en los cantos de sirena amplificados por la prensa interesada o genuflexa. Las promesas de Garcelon fueron música en los oídos de miles de colocolinos que, provenientes en forma mayoritaria del mismo sector que cada cuatro años se traga cualquier sapo en las elecciones presidenciales, pensaron que con estos rectos y empingorotados señores a ellos también les llegaría la alegría y el orgullo de ver a su club entre los grandes del continente y, ¿por qué no?, del mundo.

Trece años después del nacimiento de este engendro, el experimento no puede sino calificarse como un tremendo fiasco: Colo Colo sigue tan endeudado con el Fisco como cuando se le inventó la millonaria deuda para crear este nefasto y corrupto sistema, y deportivamente sólo ha alcanzado los mismos logros que a nivel local alcanzó reiteradamente desde su fundación, un 19 de abril de 1925.

Nada como para ir a festejar a Plaza Baquedano con motivos realmente valederos.

No faltará el tarado que enarbole la final de la Copa Sudamericana de 2006 como ejemplo de salto cualitativo tras la administración de Blanco y Negro. Mentira. Ese equipo, dirigido por Claudio Borghi, rozó ese título, en todo caso muy menor respecto del que se había conseguido en 1991, sólo porque contó con un cuadro conformado mayoritariamente por jugadores surgidos de sus series menores cuando Colo Colo era aún libre y soberano.

Jugadores cuya calidad, por lo demás, les significó a los señores de Blanco y Negro hacerse de casi 40 millones de dólares sin poner ellos ni un solo peso, transfiriendo a varios de ellos al extranjero y mostrando la venta de esos cracks como todo un éxito. En otras palabras, de entrada demostraron su condición de inigualables caradura.

El panorama no puede ser más negro para Colo Colo. Sin un torneo internacional de por medio, la inversión en jugadores con miras al año próximo será seguramente muy pequeña, amarrete y acotada. En otras palabras, lo más probable es que se siga privilegiando el número por sobre la calidad. Es decir, que en lugar de llegar dos jugadores de verdadero nivel, por Pedrero aparezcan cuatro o cinco del montón, tendencia que, por lo demás, salvo una que otra excepción, ha sido la tónica de los últimos años.

El problema es que este Colo Colo fracasado en toda la línea necesita una cirugía mayor. En otras palabras, para definir el plantel 2019 es más práctico partir por los que se quedan si se trata de ir haciendo listas. Porque la nómina de los que deben partir, simplemente por no haber dado nunca el ancho, es mucho más generosa y larga.

¿Quiénes, en realidad, debieran seguir? Orión, los centrales argentinos, Opazo, Pavez, Baeza y, por supuesto, el “Mago” Valdivia, que veterano y todo sigue siendo el jugador de más calidad que posee el plantel albo. Todo el resto debiera correr peligro. Ser, por lo bajo, sometido a una rigurosa evaluación, tanto física como futbolística, para ver si el año próximo pueden ser o no un real aporte.

Nos referimos a Fierro, a Valdés, a Carmona. Y aunque suene a una herejía, o a eso que folclóricamente en el país llamamos “el pago de Chile”, al mismísimo Esteban Paredes.

Carmona, está claro, no fue el aporte esperado. Su mismo paso por la liga estadounidense daba cuenta de que el volante defensivo ya no era el que alguna vez se desempeñó a entera satisfacción en Italia. Valdés y Fierro, buenos jugadores ambos, vienen claramente de vuelta. Es decir, para la alta competencia internacional ya no están, e incluso para el nivel local -mucho más lento y cómodo-, su participación claramente no les da para 90 minutos. Con suerte, para un tiempo o poco más que eso.

Paredes, respecto del cual hasta han surgido voces que proponen un busto o una estatua suya al interior del Monumental, por lo que ha significado para el “Cacique” desde su tardía llegada a la tienda alba, en 2009, el tema no deja de ser complejo. Es sin lugar a dudas el mayor ídolo popular de los últimos años, porque ha respondido siempre con goles y, lo que es más importante aún para el hincha, ha sido vital en el triunfo reiterado de su cuadro frente al archirrival en cada Superclásico que se haya disputado en los últimos tiempos.

Sin embargo, y por duro que parezca, con 38 años cumplidos el “Tanque” albo quema sus últimos cartuchos. Su calidad, su talento, su olfato casi único para el gol siguen intactos, pero tan indiscutible como eso lo es el que ya no tiene ni la fuerza ni la explosión de sus mejores épocas. Y eso, que se ha podido apreciar a nivel casero, se ha vuelto constatación categórica y dolorosa con lo que fue su actuación en la Copa Libertadores cada vez que a Colo Colo le correspondió enfrentar a rivales de verdad. Entre esos rivales, ciertamente, no entran ni el Bolívar ni mucho menos el Delfín ecuatoriano.

Si Paredes, cosa muy improbable por lo que significa Colo Colo hoy como fuerza futbolística, logra quebrar o al menos igualar en lo poco que resta el record de “Chamaco” como el mayor goleador de la historia en campeonatos nacionales, la prudencia aconseja un adiós glamoroso y por todo lo alto, con partido de homenaje incluido. El “Tanque”, eso está claro, en este aspecto no podría ser menos que lo que en algún momento fueron Espina o Barticciotto. Y remontándonos aún más en el tiempo, Carlos Caszely.

Si no es así, Esteban Paredes bien merecería hacerse del record el próximo año. Le bastaría y le sobraría jugando media hora por cada partido. Un ídolo tan grande e incombustible como él sin duda se merece este y cualquier tipo de especiales consideraciones.

Hay otro grupo de jugadores, sin embargo, que de ninguna manera podrían prolongar su permanencia en Colo Colo. Ni siquiera por una temporada más. Son aquellos que, siendo solamente alternativas en el año que ya se va, nunca dieron la talla las veces que fueron requeridos. Para decirlo pronto, a elementos como Pinares, Véjar y Maturana, por ejemplo, les convendría buscar voluntariamente otros rumbos que hasta podrían devolverles su condición de figuras. Sobran camisetas -en el país y en otras latitudes- que no tienen ese peso específico que tiene la camiseta de Colo Colo, y que para algunos significa algo así como correr y jugar con una tonelada encima.

Lo más dramático de todo esto es que, para conformar un plantel mejor con miras al año próximo, Colo Colo ya no puede mirar con confianza y tranquilidad hacia su propia cantera, como lo hacía antes. Sencillamente porque, desde que usurpuraron el club esta tropa de ineptos y frescos que conforman Blanco y Negro, el “Cacique” no ha producido ningún jugador de nivel extraordinario. ¡Ninguno en trece años…!

En otras palabras, ningún otro Valdivia, ningún otro Vidal, ningún otro Bravo, ningún otro Fernández. Ni siquiera un nuevo Miguel Riffo, extraordinario zaguero central que nunca pudo ir al extranjero debido a una malformación física infantil (“pie bot”) que incluso tornó milagrosa su llegada a la Primera alba.
Hasta los “malos” que se producían eran bastante buenos. El “Chama” González y el “Nacho” Quinteros, por ejemplo, fueron Caszely con el indio en el pecho si los comparamos con Iván Morales.

El por qué está más que claro: a Blanco y Negro las series menores no les interesan, como tampoco les interesan a la mayoría de los clubes hoy Sociedades Anónimas Deportivas. Y no les interesan porque significan una inversión que ellos sólo consideran “gastos innecesarios”. Botar la plata que con tanta dificultad y con tanto sacrificio recaudan.

Y como Blanco y Negro escatima hasta el máximo en este rubro, sólo se conforma con lo que les llega. En otras palabras, con esos muchachos que, de tanto en tanto, acuden a hacer una prueba para intentar quedar y ser, algún día, el nuevo Paredes o el nuevo Caszely. Profundo error: nuestro país no produce jugadores extraordinarios por generación espontánea, como sí ocurre en Brasil, Uruguay o Argentina. En muchas ocasiones hay que salir a buscarlos, pero como eso significa plata, sencillamente lo descartan.

La lista de muchachos que han pasado por el primer equipo albo en estos trece años de ignominia que para Colo Colo ha significado Blanco y Negro, es tan larga como irrelevante. Con suerte alguno de ellos ha servido como alternativa a nivel casero y en planteles más que discretos. ¿Dónde están los herederos de Vidal, Valdivia, Bravo o el “Mati” Fernández?

Hoy, fuera de todo, sin expectativas de nada, al hincha albo se le vuelven a vender pomadas. Héctor Tapia se declara “orgulloso y conforme” tras la eliminación frente a Palmeiras con un equipo y un juego de morondanga. Pretende vender ilusiones tan falsas como vanas para lo que resta.

Más allá del rotundo fracaso albo, sobre todo en lo que concierne al plano internacional, Tapia debe cerrar la puerta del Monumental por fuera. Simplemente, porque tampoco dio la talla.

Es cierto que son los jugadores los que en definitiva juegan y resuelven. Es cierto -también- que no tenía equipo para meterse en temas propios de grandes, como la Copa Libertadores. Pero igualmente es culpable por aceptar, tras el receso entre la primera y segunda rueda, la llegada de jugadores que de “refuerzo” al cabo no tenían nada.

Se le exculpa por lo de Barrios, porque nadie en su sano juicio podría haberse imaginado que en esta segunda etapa en el Monumental Colo Colo iba a tener apenas un “clon” deslavado de aquel jugador que con todos los merecimientos alcanzó la estatura de ídolo popular. Pero no se puede decir lo mismo al aceptar que le trajeran a un chico venezolano (Danny Pérez), que no iba a jugar nunca, y a un Damián Pérez apenas discreto en la marca y que en fase ofensiva desborda menos que el Mapocho.

¿Qué clase de refuerzos eran esos para una Copa Libertadores que enfrentaría a Colo Colo con lo mejor a nivel de clubes de Sudamérica?
Si Tapia debiera irse, también debería hacerlo Blanco y Negro. Porque salvo sinvergüenzuras surtidas, como estafar a Santiago Morning con el pase de Paredes, y defraudar reiteradamente al Fisco con el tema de los impuestos, entre otras lindezas, no han hecho nada de lo que con bombos y platillos prometieron. La artificial deuda alba con el Servicio de Impuestos Internos mantiene casi los mismos montos millonarios de hace trece años y nuestro “Manchester United” criollo, con diez derrotas en 24 partidos, es uno más de los partiquinos que pueblan nuestro torneo casero.

Debieran irse porque, además, tuvieron el inaudito descaro de haber regresado al primer plano a un tipo que, como Gabriel Ruiz Tagle, en cualquier país normal y decente del mundo debería haber ido a parar tras las rejas. Un tipo que en sus colusiones y chanchullos es de lo más democrático y transversal del mundo.
Porque Ruiz Tagle tan pronto se arregla con esos otros sinvergüenzas de cuello y corbata dueños de la Papelera para clavarnos a todos los chilenos durante diez años con el precio del papel “tissue”, como se colude con un delincuente conocido como el “Pancho Malo” para mantenerse a la cabeza de Blanco y Negro sin que los verdaderos hinchas albos -sometidos al miedo- se atrevan a hacerle olitas.

Impuesto por la fuerza y el engaño, este corrupto y nefasto sistema de Sociedades Anónimas Deportivas encarna, en los hechos, una nueva forma de dictadura. Una que hace lo que quiere, que se roba la plata del fútbol a manos llenas y deja a todos los ladrones impunes, que no le rinde cuentas a nadie y cuenta también -como la otra- con una prensa complaciente. Una que ni siquiera se inquieta por el hecho de que los Consejos de Presidentes sean a puertas cerradas, y no de puertas abiertas, como fue hasta que desembarcaron esta tropa de sinvergüenzas.

Y aunque estamos a 5 de octubre, treinta años exactos después de la histórica gesta, no me atrevo a proponer para el fútbol un Plebiscito. Uno que diga Sí a la continuidad de la frescura o la alternativa de pronunciarse por un No que proponga otros rumbos.

Los chilenos futboleros volveríamos a correr el riesgo de que la frescura se prolongue igual si gana el No.

Sería, como lo pudo apreciar dolorosamente el país, la misma sinvergüenzura, sólo que protagonizada por otros rostros.

¡Paren el mundo, muchachos, que como la Mafalda yo también me quiero bajar…!