Columna de Carlos Cantero: «Reivindico el valor y honor del servicio público»

“Son muchos más los buenos funcionarios públicos que aquellos malos servidores», afirma el ex senador. Y agrega: «Debemos recordar que el mal triunfa cuando el bien se muestra pusilánime. En consecuencia, tenemos una responsabilidad”.

Por CARLOS CANTERO / Foto (referencial): ARCHIVO

En tiempos en que la política y el servicio público están desprestigiados, sus élites en descrédito, la crisis ética se extiende como pandemia, cruzando lo público y lo privado, a viejos y a jóvenes, en todo el espectro político.

Cuando el materialismo y el desvalor se imponen sin contrapeso y muchos ven el servicio público transformado en un lucrativo empleo u oportunidad de enriquecimiento, no podemos permitir que avance su degradación. Son muchos más los buenos que aquellos malos servidores públicos. Debemos recordar que el mal triunfa cuando el bien se muestra pusilánime. En consecuencia, tenemos una responsabilidad.

A pesar del descalabro, sigo respetando esa frase de inspiración, como la mayoría de funcionarios públicos probos y honestos: “El más alto honor al que puede ser llamada una persona de bien, es para volcarse a servir a la comunidad”.

La ética y la probidad, el honor y la dignidad, son como surfear, hay que mantener el equilibrio dinámico en cada movimiento y momento. Cuando se asume la función pública, la persona pasa a ser “servidor público”, es decir, lo guía la misma ética tanto en lo que entrega, como en lo que recibe, de acuerdo a la ley. Dispone de los recursos públicos para servir a la ciudadanía, construir comunidad y bienes públicos. No para servirse de esos recursos ni menos de la gente.

Hoy, cuando más duele la degradación de esa vocación de servir, doy testimonio que, en mi larga vida profesional, la mayor parte desarrollada en el ámbito público, los mejores momentos que vienen a mi mente son los recuerdos de aquellas personas que se sintieron tratadas con respeto y dignidad, que valoraron la honestidad de un trabajo realizado con vocación, con compromiso y amor.

Vienen a mi memoria las imágenes de personas agradecidas. Esos gestos, miradas, o palabras, de fraterna reciprocidad, me acompañan en mis recuerdos y reflexiones, como si esos sentimientos volvieran multiplicados, llenando de emoción permanente el alma de quien los recibe.

Nada conmueve más al noble y auténtico servidor público, que ese sentimiento de hermandad, de sincronía, de fraternidad que le entrega la gente por un trabajo bien hecho. Ese sentido de coherencia y consecuencia, el agradecimiento sincero y emocionado de la gente por el buen trabajo, conmueve. No hay dinero, poder ni privilegio que iguale a ese sentimiento. Aunque miles de veces, a muchos, esa ética nos ha traído dificultades, descalificaciones e incomprensiones con aquellos que buscan imponer la lógica aborregada o les mueve intereses distintos.

Siento goce y orgullo cada año cuando la masonería, quizá en forma muy silenciosa y anónima, rinde homenaje a servidores públicos que han sido destacados y reconocidos por su entrega y sus valores.

Eso es lo que se requiere: luces que orienten, faros que marquen el derrotero de la coherencia ética y del compromiso honesto y de calidad. Destacar a los buenos ejemplos, reconocerlos, valorarlos, dignificarlos como la conducta deseable. Espero que esta celebración se institucionalice a nivel nacional y los buenos servidores reciban un justo reconocimiento y valoración, imponiéndoles la MEDALLA DE HONOR AL SERVICIO PÚBLICO.

En ceremonia pública, con la asistencia de las autoridades, mismo día, a la misma hora, en todo el país, en cada región y comuna, se reconozca el mérito ejemplar.

Cierro esta columna, trayendo a colación la sentencia para el bronce, de don Jorge Alessandri, en relación con este tema: