Columna de Carlos Cantero: Sociedad digital, pandemética y liderazgo ético (I parte)

«Para que el mal triunfe, sólo es necesario que los buenos no hagan nada» (Edmund Burke).

Por CARLOS CANTERO / Foto: ARCHIVO

El humanismo y sus referentes, a nivel global y continental, han perdido presencia e influencia en la sociedad. Es necesario repensar el papel que debemos jugar, más allá de lo superfluo o trivial, si queremos cautelar la vigencia de los valores y potenciar la ética.

Esta es una invitación a la reflexión sobre los desafíos emergentes en la sociedad digital, respetuosa, tolerante, con elevación de consciencia y pluralismo, que hace foco en el bien común entre la sociedad que emerge. Promueve un pensamiento crítico, enfocado en la unidad de los actores involucrados, promoviendo la unicidad y el sentido de comunidad.

Debemos reforzar la capacidad comprensiva de la nueva realidad, la adaptabilidad institucional a los desafíos del siglo XXI y las demandas de la sociedad digital, altamente interconectada e interdependiente, donde las tecnologías de la información y de la comunicación juegan un rol determinante en la capacidad de viralización de ideas.

EL LEGADO

Vivimos un tiempo de vertiginoso progreso tecnológico, que ha puesto en jaque nuestra capacidad y velocidad de adaptación. La sociedad digital profundiza la brecha entre ganadores y perdedores, entre los que se adaptan y desarrollan las competencias y quienes quedan rezagados. Las instituciones de la modernidad se muestran disfuncionales, perdiendo paulatinamente su rol estructural.

El poder fluye, pero, al igual que la energía, no se pierde, sólo se transforma. Cambia de depositario, emana desde la política hacia los diseñadores de algoritmos que definen las interacciones sociales; deja la democracia para instalarse en la netocracia, es decir, entre quienes gestionan las redes sociales.

Los faros ético-morales ya no están en los líderes espirituales, sino en el mercado. Las ideas, la reflexión y el pensamiento han sido secuestrados por la farándula, la opinología y el reality show; las certezas mutan para constituir incertidumbres; los valores éticos se confunden con los precios de mercado; la probidad es reemplazada por la corrupción; el mérito, por las redes de influencia; la prospectiva, por la improvisación; la excelencia por la mediocridad.

Un panorama preocupante, que parece constituir una pandemia con alta tasa de contagios, que la hace más peligrosa. La pandemética, esa crisis profunda y estructural de los valores éticos, implica el deterioro en todas las dimensiones de la relacionalidad humana. Esa forma de ser y de estar en el mundo ha terminado con un grave daño en lo social, ambiental y hasta climático.

En esta sociedad hay que rescatar la filosofía, las ciencias sociales, la academia y los pensadores. Una sociedad en la que lo único constante es el cambio y la incertidumbre, requiere de los nuevos geógrafos que decodifiquen el paisaje socio-económico, los derroteros digitales y los paradigmas socioculturales. Hay una evidente necesidad de exploradores y guías confiables, que estudien los procesos y nos orienten como faros tutelares.

Es evidente que se requieren nuevas competencias, la integración sociocultural y transgeneracional, para aprovechar la expertis digital de los jóvenes, con la experiencia y la sabiduría de los mayores. Es necesario potenciar el bien común, que surge del adecuado equilibrio entre los bienes públicos y los bienes privados. Es impostergable recuperar los valores democráticos, humanistas y éticos.

La crisis ética tiene alcance estructural, gatilla un proceso en cadena que se extiende a toda la sociedad: lo público y lo privado; hombres y mujeres; la izquierda y la derecha; jóvenes y mayores; lo profano y lo sagrado; moros y cristianos, acentuando el individualismo y la compulsión inmediatista, el hedonismo y el nihilismo, que son otras formas de borrar los límites del humanismo, sus principios y sus valores.

Mientras la biopolítica se despliega sin contrapeso, al clamor de Foucault, exaltando sus reclamos por expandir los límites culturales, paralelamente, en forma silenciosa y plena de mimetismo, se despliega la sicopolítica. Ya no es la violencia física o sicológica, ni la rigidez de las estructuras normalizadoras de Estado: ahora, el objetivo que se persigue es la subjetividad del individuo.

La batalla que se libra en el mundo, en todos los frentes imaginables, es la tensión entre el avasallador despliegue del materialismo y la contención que representa la espiritualidad, el anclaje de los principios, la reversión de la opacidad valórica, el respeto de los límites (landmarks) que apuntan a la integralidad y dignidad de la persona humana y su plena realización.

Es necesario reflexionar sobre el desafío que implica cautelar la vigencia de nuestros principios y valores humanistas, despojados de ideologismos y de sectarismos. Debemos ser actores de primera línea en esta tarea, lo que requiere unidad de espíritu, de estrategia y de acción. Nuestro desafío es ser coherentes y consecuentes con el valioso legado de nuestros antecesores que hicieron historia en la construcción de una sociedad con libertad, igualdad y fraternidad.