Columna de Carlos Cantero: Un imperativo llamado al liderazgo ético

En una sociedad que vive una profunda, grave y extendida crisis valórica, estas reflexiones buscan promover principios que estimamos fundamentales en la convivencia social, y exaltan la importancia del equilibrio entre lo material y espiritual en la sociedad actual. Activan alarmas frente al debilitamiento que impacta en lo público y en lo privado, cruzando transversalmente distintas generaciones y géneros, en la diversidad económica, social, cultural y política.

Por CARLOS CANTERO / Foto: ARCHIVO

Nos preocupa y ocupa el proceso pandémico de debilitamiento ético (pandemética) y el desarrollo de procesos de contagio de «virus sociales», como el materialismo, la corrupción, las faltas a la probidad, la desvalorización del mérito personal, la violencia, el nihilismo, que destruye valores, y el hedonismo, que denota compulsión por el placer inmediatista. Nadie está inmune.

Con esta serie de columnas invitamos a todos para aportar ideas y reflexiones, explorando la crisis política y ética, promoviendo la reflexión sobre el valor de la comunidad y la riqueza de la diversidad en la convivencia.

La ética es un valor muy «caro», que no se encuentra en personas sin valor. El debilitamiento ético del bien y del mal impacta en el ámbito público y privado. En la impunidad crecen los males. Cuando se debilita la inmunidad, cualquier virus puede destruir ese organismo. La administración del Estado muestra anomia, la sociedad muestra anemia valórica, la nueva generación muestra desprecio por la generación anterior, proclamando superioridad ética.

Sin embargo, no son inmunes al contagio. En estos días, en que los valores están amenazados, muchos sucumben a la tentación. Otros denotan complicidad por acción y omisión, al actuar con desdén, banalidad y lenidad.

Conocemos la Ley de la Causalidad: toda causa tiene su efecto, todo efecto tiene su causa. Los seres humanos somos replicadores y las nuevas generaciones replican lo que ven y lo que aprenden: en la sociedad, en la educación, en el hogar, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Si no actuamos con pertinencia y oportunidad, la situación se pondrá todavía peor.

El mal triunfa cuando los que promueven el bien no cumplen con su tarea. Al respecto hay una deuda inmensa que se acumula cada día de morosidad, con la promoción del bien, de los principios y valores éticos, humanistas y pro crecimiento humano. Es necesario volver al equilibrio material y espiritual, a la comprensión más plena del desarrollo, para fortalecer la probidad, el mérito y el honor en las personas. Se requiere coherencia y consecuencia para cautelar la vigencia de los valores éticos del humanismo.

Llamamos a las instituciones éticas por excelencia, en particular a los líderes espirituales, a los movimientos filosóficos, a la intelectualidad y a los dirigentes sociales, para que asuman un liderazgo ético en nuestra sociedad. Se necesitan faros que den luz en las tinieblas valóricas, en la opacidad que nos envuelve. Esperemos que esos liderazgos tomen su lugar de avanzada, como en el pasado, cuando otros enfrentaron desafíos tan grandes como el actual.