Columna de Cicuta: A 40 años de la primera protesta

El 11 de mayo de 1983 el pueblo de Chile empezó a levantarse contra Pinochet. No creerá el triste fin de este cuento.

Por CICUTA / Foto: ARCHIVO

Cuando escucho que Chile padece por estos días su mayor ola de inseguridad ciudadana, inevitablemente pienso que esa afirmación fue aprobada por algún editor que con suerte aprendió a afeitarse este año, uno demasiado joven (o demasiado tendencioso si es mayor).

Es que esa situación la vivíamos y constatábamos día a día quienes en 1983, hace exactamente 40 años, un 11 de mayo, asistimos a un hecho histórico: la primera protesta nacional contra la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte. Déjenme decirles que había que ser bien gallo(a) para manifestarse contra ese señor, aunque fuera pegándole a una cacerola desde la ventana de un edificio. Había que ser patriota, pero de verdad.

Según confirmó el Informe Rettig, el sangriento saldo del crimen organizado desde el Estado en esos 16 años y medio, entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990, fue de 2.130 víctimas de violaciones a los derechos humanos, sin contar los casos de quienes sufrieron violencia política como el exilio.

Ese es el legado que defienden los amigos republicanos, que sacralizan al referido dictador sin matices ni reparos. En las últimas horas me he terminado por convencer de que somos un país inoperablemente masoquista. De otra forma, no me explico los casi 3 millones y medio de votos obtenidos en las elecciones de este domingo por una colectividad que, menos de una semana después, se opone tenazmente y en bloque a un reajuste del sueldo mínimo.

Como cantaba sabiamente Annie Lennox en “Sweet dreams”, “Some of them want to abuse you. Some of them want to be abused” (“Algunos quieren abusar de ti. Algunos quieren ser abusados”).

Ese 11 de mayo yo estudiaba en (bueno, iba a) la Universidad, la Ponti. Los alumnos corrían a sus casas. Literalmente nadie sabía si iba a llegar vivo. Sobre todo mis contemporáneos más combativos. Me imagino que si hubiera sido alumno del “Piedragógico” o de otro centro de estudios y elaboración de molotovs, mis recuerdos de ese día habrían sido definitivamente más adrenalínicos.

Era primera vez que el país se levantaba contra Pinochet. No era menor, tratándose de alguien que pasaría a la historia con dos de sus dimensiones (la de criminal de Estado y la de megacleptómano) disputándose la atención de sus biógrafos imparciales.

En los 70 y 80 muchos de los que éramos más jóvenes ni siquiera les contábamos a nuestros padres que íbamos a protestar. Para qué preocuparlos antes de tiempo, ¿verdad?

Los ajusticiamientos de prisioneros políticos se disfrazaban, con la complicidad activa del departamento de Prensa de Televisión Nacional de Chile, de “operativos” en los cuales se hacía creer a la gente que los “terroristas” tenían tan mala puntería que antes de ser acribillados no alcanzaron a herir a ningún agente de la CNI. Esas eran las encerronas de antes. Para que se vaya haciendo una idea.

Bajo la administración militar no había estudio de impacto medioambiental que pesara más que un paquete de cabritas al momento de emprender cualquier proyecto minero, forestal o pesquero. Había que generar divisas. No bastaba con las joyas donadas para la “recuperación nacional” (eufemismo empleado en lugar de “caja chica de la junta” y “ornamentación de doña Lucía”).

En esos días no se contaban chistes sobre Pinochet, el almirante Merino o “Mendocita” ante desconocidos. No se sabía a oídos de quiénes podía llegar y, por lo tanto, si sería la última vez que tirábamos una talla.

El Poder Legislativo estaba radicado en cuatro tipos (ninguno de ellos de los trigos más limpios) y el Judicial había sido reemplazado por un gran teatro de marionetas, manejados por el miedo a correr la misma suerte que quienes sufrían atropellos a los DDHH y vejámenes y que acudían a los tribunales de entonces, verdaderos pueblos fantasmas para los que buscaban justicia allí.

Apenas la Iglesia Católica, a través de la Vicaría de la Solidaridad, servía de contención y refugio. Y en esos tiempos ¡vaya que gravitaba e imponía respeto esa institución!

Hace 40 años la primera protesta nacional contra la dictadura trajo una luz de esperanza. El pueblo se estaba levantando, entre todos el temor se hacía más llevadero. Mientras más fuéramos, más pequeño se haría Pinochet y más llamaríamos la atención del mundo.

Hoy el gobierno de turno no manda matar gente. El sicariato oficialista no se ve. La gente ya no protesta. Hace cuatro años lo volvió a hacer, pero la convencieron de que los portonazos que le hacen mes a mes las isapres, las AFP, el Metro, los supermercados y las farmacias, entre otras pandillas, son “parte de nuestra idiosincrasia”. Y viajan a Argentina para sentirse millonarios. Así de mal nos dejó el caballero.