Columna de Cicuta: Caricaturicarter Presidente

El alcalde de La Florida evidencia una torpeza comunicacional inversamente proporcional a la frecuencia con que aparece en pantalla.

Por CICUTA / Foto: ARCHIVO ATON

Debo hacer una confidencia editorial: la finalización del proceso de elaboración de esta columna fue pospuesta varias veces, “víctima” de permanentes actualizaciones. Es que el protagonista de la misma, Rodolfo Carter, alcalde de la comuna de La Florida, de Santiago, no ha cesado de hacer noticia en las últimas semanas.

Primero fue liderando su plan de demolición de “narcocasas” emplazadas en su comuna. Al cuarto de estos operativos, en el sector Los Quillayes, llegó con un chaleco antibalas bajo su coqueto cortavientos amarillo, lo que daba cuenta de la creciente tensión generada por estas acciones. Ésta, sin ir más lejos, terminó con un amago de incendio en la iglesia en la que se había guarecido el edil de las protestas de algunos iracundos vecinos.

Las profusas apariciones de Carter obedecen, obviamente, a unas aspiraciones presidenciales tan compulsivas como no asumidas verbalmente por el jefe comunal. Y son performances que permiten definir un perfil comunicacional del mismo. Al menos yo he detectado los siguientes rasgos:

Frases altisonantes y patrioteras. “De donde yo vengo”, “Queremos a nuestro país de vuelta”, “No nos van a intimidar”, “Que los niños vuelvan a las plazas”. “Los valores que a mí me inculcaron”, son algunas de las muletillas que rodean los conceptos que vierte Carter cada vez que se prende una cámara de TV en su cara.

No ha recurrido aún ni a “Aquí está mi pecho” ni a “La contienda es desigual” por ser alocuciones muy conocidas (de Prat y O’Higgins, respectivamente).

Zalamería estratégica. “Ustedes son un matinal serio”, “Sé que ustedes quieren lo mejor para el país”, “Por eso quise hablar con ustedes”, “Son el matinal más creíble”, son cariñitos que ha repartido indistintamente a los programas mañaneros de Televisión Nacional, Mega, Chilevisión y Canal 13. Se preocupa especialmente de que, salvo que se trate de un punto de prensa, cada uno de esos espacios se lleve la exclusiva de sus inspiradoras palabras.

“Vistimización” permanente y exitosa. Es raro que algún o alguna periodista le pregunte por el “notable abandono de deberes” del que lo han acusado concejales oficialistas por su permanente figuración en pantalla y una verdadera omnipresencia que incluye desde funerales en Quilpué hasta su presencia silenciosa, pero notoria a la vez, entre familiares de mártires de Carabineros en la “galería” del Congreso.

Menos le han planteado los ágiles de la prensa las denuncias de irregularidades financieras en el municipio floridano. Si lo hacen, de inmediato califica de “miseria” dichas interrogantes y de “desubicado” el “ataque” recibido de parte de “soldados del gobierno” (en alusión al osado reportero o reportera que se atrevió a poner el tema en el tapete), considerando que hay policías luchando por su vida o viudas llorando su pérdida.

Conclusión: nunca es oportuno hacerle preguntas que lo compliquen.

Ataca y provoca para, en la misma declaración, terminar pidiendo un diálogo. Al fiscal nacional, Ángel Valencia, lo palanqueó tres días seguidos diciendo que si no fue presionado por La Moneda para normar la entrega de información privilegiada a las alcaldías acerca de la ubicación de “narcocasas” era porque “se le apareció la Virgen del Carmen”. Terminaba de torearlo de esa manera y agregaba que estaba esperando que el aludido lo recibiera para conversar (¡!).

Lo mismo ha hecho con la ministra del Interior, Carolina Tohá. La acusa de andar derramando “lágrimas de cocodrilo” en las exequias de los carabineros asesinados en las últimas semanas para, acto seguido, pedirle públicamente una audiencia, llamándola a velar por el bien del país.

“Yo no soy el enemigo, ministra”, declama, con su mejor cara de santo (aunque, a decir verdad, no se le notan mucho las emociones a raíz del exceso de bótox).

Prepotencia selectiva (o machismo retórico). Tanto a Monserrat Álvarez, de Chilevisión, como a Carla Zunino, de TVN, las ha tratado, sutil, pero inequívocamente, como histéricas. Empieza a decir que lo interrumpen constantemente y, una vez que le toca hacer uso de la palabra, se pone a repetir sus nombres muy pausadamente, como un enfermero del Psiquiátrico tratando de calmar a una interna. “Monse… Monse… Monse”. “Carla… Carla… Carla”. Por supuesto, ninguna de estas actitudes las tuvo en esos casos con los compañeros varones de ambas, Julio César Rodríguez y Gustavo Huerta hijo, que también lo “interrumpían” (según su particular punto de vista de monologuista profesional) y también le hacían preguntas incómodas. A Zunino incluso le dejó entrever que sabía que le estaban dictando por la oreja las interrogantes que ella le hacía.

En síntesis, tenemos al primer candidato al sillón presidencial, el que inscribió sus aspiraciones antes que nadie en el plano mediático. Muy mal encaminado, eso sí. No tiene ningún empacho en tratar de ridiculizar a sus interlocutoras mujeres, no se hace cargo de las acusaciones en su contra y su discurso no puede ser calificado de demagógico sólo porque habría que inventar una palabra que supere el alcance de ese término, que dejó chico.

Hagámonos la idea de que este recargado y autocaricaturesco show lo tendremos hasta los sufragios del 2025. Salvo, claro, que como han hecho en el pasado tantos otros “presidenciables” tan pintorescos como él, deponga su candidatura “pensando en Chile”. Nunca hay que perder la fe.