Columna de Claudio Gudmani: Una final con “realismo mágico” se vino a Sudamérica

¿No habrá frotado Messi la lámpara de Aladino y pedido tres deseos?… ¿Será que él mismo es el genio de la botella?

Por CLAUDIO GUDMANI / Foto: FIFA

Como amante del fútbol, de la literatura y la cultura, creo que este Mundial en Qatar, un país pequeño, riquísimo, sin tradición futbolera y con serios reparos de derechos humanos, por una religión árabe estricta en sus formas, que aún cree en la pena de muerte, y con fuerte sometimiento, sobre todo con las mujeres, era ya una experiencia surrealista.

Con estadios construidos con opulencia, con la nominación de la sede cuestionada hace años, con escándalos que comprometieron a funcionarios de la FIFA y también de algunos gobiernos, que, sin embargo, no impidieron que se realizara este gran evento futbolístico. Es más, por primera vez, se cambió la época del año por las altas temperaturas, y algunos, erradamente para mí, decían que los jugadores llegarían desgastados, cuando las principales ligas están a mitad de temporada y se interrumpieron días antes, provocando que las selecciones tuvieran poco tiempo previo de preparación.

Así y todo, fue un Mundial memorable, con partidos y equipos sorpresivos, con caídas dolorosas de los grandes, derribando mitos como que “los alemanes siempre llegan y ganan” (quedaron eliminados en la fase de grupos por Japón), o que los equipos de África (además de la África árabe) jamás llegaron a semifinales (y Marruecos sorprendió con un cuarto lugar, lleno de méritos tácticos y físicos, luego de ser primero de su grupo), o con la idea de que Brasil era serio aspirante a ser el campeón por paliza, y se quedó en cuartos de final (ante Croacia) por diez minutos de desconcentración, privándonos de una semifinal soñada entre brasileños y argentinos; y que decir lo que se esperaba del último mundial de Cristiano Ronaldo, con una Portugal que parecía encumbrarse, y que cayó también en cuartos frente a (nuevamente) Marruecos.

Qué decir con la impresión del primer partido de Arabia Saudita ganándole a Argentina y poniéndole un manto de duda al “Mundial de Messi”, que luego salvó de milagro un partido contra México.

Cómo diría un destacado comunicador de suspenso y humo… “nada hacía presagiar” lo que vendría. Así vimos como la España de Luis Enrique que metía miedo, favorita, también quedó eliminada ante Marruecos (ya parecía cuento de hadas o de Alí Babá).

Ni que decir la Inglaterra de Kane, que se fue justo por un penal errado de su máxima figura. Fue en ese laberinto de emociones que Argentina tomó vuelo en un vibrante y caliente duelo con los holandeses (hoy llamado ciudadanos de Países Bajos) y con un Messi que sacó el habla, y dejó de ser “bobo” para convertirse en líder “mesiánico”. Mientras tanto, Mbappé lideraba a punta de goles, corridas y gambetas, emulando a la pantera Eusebio de Portugal, a su Francia “morena”, apoyado por un Griezmann que aparecía como el cerebro del equipo del viejo Deschamps.

Así llegamos a la final soñada (no para los brasileños), de la Argentina de Messi y de Scaloni, un joven trabajador del fútbol (que hizo el proceso en silencio y contra corriente de “los pesos pesados” del periodismo y los técnicos argentinos), frente a la Francia del nuevo astro que seguramente dominará los próximos diez años: el rey Kylian.

Sin embargo, y gracias a Dios, ganó el fútbol, porque Argentina fue el más voraz desde el inicio, dominó ampliamente el partido, marcó los goles y parecía tenerlo todo controlado hasta los 75 minutos, y sólo una rebeldía de los franceses, por potencia y arrebatos de momentos, con un Mbappé, un Kolo Muani y un Coman que parecieron arrebatarle el sueño a Argentina. En dos minutos, todo lo hecho por Argentina, especialmente por su mediocampo entre De Paul, Fernández, Mac Allister, Messi y los aportes de todos, estaban empatados con un penal y un gol de antología de Mbappé, de volea, tras una pared.

Y luego nos brindaron un alargue de infarto, donde cualquiera pudo ganar, aunque Argentina volvió a retomar el partido, pero Francia asustaba en cada duelo individual.

Fue entonces que, a diez minutos del final, Messi puso el 3-2, y tres o cuatro minutos después, vino el 3-3 en un penal claro. Y entonces, en el alargue del alargue, vino la tapada de Dibu Martínez en el último minuto a Kolo Muani que dejó a varios mudos. Triplete de Mbappé, doblete de Messi, que más se podía pedir… En los penales, ganó el más convencido, el más cohesionado, y el que tenía el mejor arquero para los penales. Así fue no más… Messi ahora sí alcanzó el Olimpo con “su Mundial”.

Por eso no puedo dejar de reflexionar desde la literatura, desde la cultura, y desde la magia del fútbol, que vivimos un mundial extraordinario, lleno de pasión, impensado, que ni el mejor guionista de Hollywood, ni el mejor escritor dramático, podía escribir, un Mundial al borde del “realismo mágico”, porque en este continente americano (del sur) teñido de albiceleste, hoy vimos como “la casa de los espíritus” hizo su aparición, vimos como los multiversos del “Aleph” de Borges se reflejaron en las canchas, vimos los “cronopios” de Cortázar sorprendernos… escuchamos el tango de Gardel y Piazzola sonar en los rincones del área; leímos los versos de Benedetti y de Neruda, hermanados con los argentinos, escuchando cuentos futbolizados como “El viejo en el árbol”, de Fontanarrosa, los relatos de “Sol a sombra” de Galeano, las novelas como “Papeles al viento” de Sachieri, tocándose con “El fantasista” de Hernán Rivera Letelier.

Hoy sentimos a Mercedes Sosa, junto a Violeta y Caetano Veloso, cantando a los dolores y grandezas de estas tierras… porque aquí, en Sudamérica, todo puede suceder… aquí el fútbol es la promesa de cambiar la vida de miles de niños… a base de fútbol de barrio, de calles, de pueblitos pequeños, de esfuerzo, de sacrificios, de apoyo familiar… aquí se cumplen sueños… y hoy ocurrió.

Me pregunto… en este Mundial ¿no habrá habido algo mágico de la tradición árabe de Qatar?… ¿No habrá frotado Messi la lámpara de Aladino y pedido tres deseos?… ¿Será que él mismo es el genio de la botella?

Qué lindo domingo de fútbol y drama… repito: ni el mejor guionista, ni el mejor escritor, podría haber escrito esta final… ¡Realismo mágico para Sudamérica!… Como diría otro artista argentino ya fallecido, el gran Gustavo Ceratti, ¡gracias totales!

*Claudio Gudmani, director técnico de la primera generación del Instituto Nacional del Fútbol, y escritor.