Columna de Eduardo Bruna: Blanco y Negro mostró una vez más la hilacha, ahora con Matías Zaldivia

Como toda empresa, y los clubes lo son, tienen pleno derecho a contratar a quien quieran y exonerar a quien se les dé la gana. Pero manteniendo hasta el último la educación y el respeto. Pedirles eso a estos usurpadores del Cacique es como exigirle peras al olmo. Aparte de ignorantes al cubo en lo que a fútbol respecta, son una tropa de zafios, prepotentes y ordinarios. 

Por EDUARDO BRUNA

Una empresa, cualquiera sea su rubro, es dueña de contratar a quien estime conveniente y, de la misma forma, poner término a un contrato cuando se le dé la gana. Todo trabajador lo sabe. Sin embargo, hay formas y formas, y la empresa Blanco y Negro, usurpadora de Colo Colo por más de tres lustros, demostró una vez más su poca clase con la desvinculación de Matías Zaldivia, arribado al Cacique en 2006 desde Arsenal de Sarandí y transformado en una pieza más que confiable en el cuadro popular.

Zaldivia finalizaba contrato. Estaba en la misma condición de otros jugadores del plantel, que como Brayan Cortés, Gabriel Suazo, Oscar Opazo, Gabriel Costa y César Fuentes, tenían que conversar sobre su renovación del vínculo con la tienda popular o, en su defecto, buscar el término de sus servicios de la manera más caballerosa y traumática posible.

Todos ellos iniciaron las conversaciones con los regentes de Blanco y Negro incluso con el Campeonato Nacional en marcha y jugándose las últimas jornadas. Todos, menos Matías Zaldivia. Hasta que en la víspera del partido de revancha frente al Betis, en el Sausalito, el jugador supo que, a buen entendedor, pocas palabras. Y si estas no existen, con mayor razón.

Con 31 años, nacionalizado chileno, desilusionado y dolido, Zaldivia cumplió el rito de retirar sus cosas del Monumental, sabiendo que su carrera en Colo Colo había llegado a su fin. Sin que ningún regente de Blanco y Negro tuviera, por último, la delicadeza de señalarle que no estaba en los planes para el próximo año. ¿Era necesario ser tan groseros y mal educados? Por supuesto que no, pero es el sello que han impreso en los diferentes clubes del fútbol chileno tipos que, además de una ignorancia supina respecto de la empresa que lideran, demuestran a cada momento un casi nulo respeto por las personas.

No fue, además, la primera vez que el correcto jugador se llevaba un chasco con esta tropa de zafios y zopencos que usurpan Colo Colo.

El 19 de septiembre de 2020, el año más negro del Cacique, cuando hasta último momento estuvo en riesgo de perder la categoría, jugando Zaldivia sufrió una grave lesión: corte del tendón de Aquiles. Frente a eso, Blanco y Negro encontró raudo la solución: sabiendo que la lesión tendría al defensor varios meses alejado de las canchas, decidió que la Isapre se hiciera cargo de sus emolumentos. Pero como estos organismos nacieron para lucrar con la salud, y no para obras de filantropía, por supuesto que mes a mes sólo iban a cancelarle al jugador una cantidad ínfima de su sueldo.

Sólo la presión mediática, y la crítica implacable expresada por el hincha a través de las redes sociales, hicieron que la concesionaria revisara la medida y accediera a hacerse cargo del sueldo de Zaldivia, que se había lesionado en “acto de servicio”.

Sin embargo, cuando el jugador se condenó, fue cuando le inició juicio a Blanco y Negro, por estimar que la Sociedad Anónima había incumplido la palabra empeñada.

Resumiendo, la historia fue la siguiente: el 2019, Matías Zaldivia recibió una tentadora oferta de Arabia Saudita, la que fue rechazada por Blanco y Negro porque querían mantenerlo en el plantel. Con Marcelo Espina llevando la negociación, al ex Sarandí le ofrecieron una mejora salarial para que desechara su partida. La fórmula fue hacerle un nuevo contrato por concepto de “derechos de imagen”, con lo cual percibiría un plus a lo que era su sueldo. ¿Cuál fue el problema? Que según Zaldivia era el club el que se iba a hacer cargo de los impuestos que generaba el nuevo vínculo, pero como ello nunca ocurrió, el defensor cometió el pecado que ningún patrón acepta de buenas a primeras: demandó a Blanco y Negro.

En los tribunales Zaldivia perdió el juicio, pero más allá de ese fallo estaba claro que su permanencia en el Cacique pendía de un delgado hilo.

Hasta que llegó el viernes 18 y Zaldivia pudo ver que no formaba parte de la nómina de jugadores albos que, al día siguiente, enfrentarían en Viña del Mar al Betis de Pellegrini, en una esperada revancha tras la goleada alba en la capital penquista.

En diálogo con la prensa, el zaguero dijo que «no me duele la no renovación. Están en todo su derecho a resolver así. Lo que sí me afecta algo son las formas, pero hay que darse cuenta de cómo se fueron los últimos muchachos, y por todo eso esto no me sorprende mucho. Creo que merecía que por lo menos alguien se acercara para decirme que no sigo».

El jugador, que nunca perdió un Superclásico, concluyó señalando que «espero que los hinchas me recuerden con mucho cariño. Fueron siete años en los que vine casi siendo un desconocido y hoy me voy con ocho títulos y más de 150 partidos. Para mí es una alegría inmensa todo lo que logré acá».

Es evidente que, desde el avenimiento del sistema de Sociedades Anónimas Deportivas, tan nefasto como corrupto, en el fútbol nacional las cosas cambiaron radicalmente, y ciertamente no para mejor. En todos estos años las diversas concesionarias han evidenciado un nulo respeto por los hinchas y también por los jugadores. El caso de Matías Zaldivia, simplemente, responde a esos parámetros y es uno más de los tantos que se producen cada fin de temporada.

Blanco y Negro, lo dijimos, era plenamente soberano de prescindir del jugador. Pero no había ninguna necesidad de tanta estudiada indiferencia, de tanta mala educación ni de tanta grosería.

En la previa del encuentro frente al Betis, en Viña, sus compañeros al menos le rindieron un homenaje a ese compañero que nunca más compartirá vestuarios y una cancha con ellos, a no ser como rival. En el momento de las fotos habituales, exhibieron la camiseta con el número y el nombre de Matías Zaldivia.

Gesto que la hinchada alba, que casi repletó el Sausalito, supo valorar. Después de todo, Zaldivia, como él mismo dice, llegó al Monumental siendo un absoluto desconocido para transformarse, desde los primeros partidos del Cacique, en una pieza más que confiable.