Columna de Eduardo Bruna: Ha muerto Pelé, el mejor y más grande futbolista de la historia

Pelé falleció a la edad de 82 años, víctima de un cáncer al colon, además de otras complicaciones. Fue tres veces campeón del mundo, y a pesar de que siempre lo han comparado con otros cracks fabulosos, Edson Arantes do Nascimento, su verdadero nombre, siempre estuvo uno o dos peldaños más arriba. Búsquenle un defecto como jugador. Imposible. Jamás se lo van a encontrar.

Por EDUARDO BRUNA / Fotos: ARCHIVO

Ha muerto, a los 82 años, el mejor jugador que ha producido el fútbol a través de toda la historia. Se llamaba Edson Arantes do Nascimento, pero mundialmente era conocido como Pelé.

Y si digo que es el mejor de todos los tiempos, es porque tuve la suerte de verlo jugar incontables veces “en vivo y en directo” en aquellos años que no existía el estrecho vínculo que hoy existe entre el fútbol y la televisión. Tanto en aquellos infaltables partidos amistosos de Santos frente a Colo Colo, como en aquellos inolvidables torneos internacionales de verano en que el cuadro paulista y “El Rey” no podían faltar.

Sé muy bien que, al acometer esta nota póstuma, consagrar a Pelé como el mejor de todos los tiempos no va a ser muy bien acogido que digamos. Sobre todo por los más jóvenes, explicablemente obnubilados por lo que significó para ellos ver a Diego Maradona una que otra vez en el Estadio Nacional y cientos, cuando no miles de veces, a través de la denominada “pantalla chica”.

Y es que, estando de acuerdo en que “El Diego” fue un crack verdaderamente maravilloso y colosal, permaneció siempre uno o dos escalones más abajo que Pelé. Dicho de otra manera, Maradona puede estar con todos los merecimientos en el Olimpo que ocupan Alfredo Di Stéfano, Johan Cruyff, Franz Beckenbauer, Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y algún otro, pero nunca alcanzó la perfección de ese chico brasileño nacido un 23 de octubre de 1940 en la localidad de Tres Corazones, Minas Gerais.

Podemos concluir, incluso, que en ese Olimpo de verdaderos “monstruos” Diego Armando Maradona los encabeza a todos, pero que más allá de eso siempre tuvo que mirar hacia arriba a Pelé.

Cuando se trata de jugadores tan notables, tan brillantes y tan excelsos, llegado el momento de las siempre odiosas comparaciones es mejor partir de atrás hacia adelante. Es decir, analizarlos uno a uno no por el lado de sus virtudes, que las tuvieron a raudales, sino por el lado de los pocos o mínimos defectos que en sus fabulosas carreras dejaron entrever.

Pelé tenía 17 años cuando fue campeón mundial en Suecia 1958, el más joven de la historia.

Di Stéfano, apodado “La saeta rubia” por su explosión y su velocidad, era tan extraordinario que, durante toda la década de los 60 del pasado siglo, fue el parangón obligado y excluyente cuando había que definir quién era el mejor: la pugna fue siempre entre él y Pelé. Habilidoso como el que más, Di Stéfano tenía un sentido del juego extraordinario y un despliegue que tan pronto lo tenía salvando un gol en su propia área como anotando a la jugada siguiente en la del rival. Pero no siendo un negado, nunca tuvo el cabezazo de Pelé, que producto de una técnica perfecta y un rechazo espectacular, se elevaba por sobre zagueros mucho más altos y, en ocasiones, hasta le ganaba a los brazos del arquero.

El holandés Cruyff (ahora ciudadano de Países Bajos) es lo más parecido a Di Stéfano que dio, años después, el fútbol mundial. Alma y cerebro del Ajax y de “La Naranja Mecánica”, el más tarde crack del Barcelona alcanzó estatura mundial con su velocidad, habilidad y olfato para estar siempre en el lugar justo y en el momento indicado, pero al igual que el español-argentino su juego aéreo, sin ser deficiente, no resistía comparación con el de Pelé.

Franz Beckenbauer era tan bueno, tan extraordinario, que es el único de estos “dioses” que ocupa con todo derecho su lugar en el Olimpo sin ser delantero. El “Kaiser”, que se dio a conocer al mundo siendo un veinteañero durante el Mundial de 1966, en Inglaterra, era la elegancia misma vestida en piel de futbolista. Comenzando como volante retrasado, acabó siendo el “líbero” de la defensa alemana. ¡Y qué “libero”…! Porque Beckenbauer no necesitaba esforzarse para nada para quitar una pelota, y con ella en los pies en vez de correr parecía que se deslizaba por la cancha. Era tan bueno y tan fino, que terminados los 90 minutos a nadie se le podía pasar por la cabeza que el “Kaiser” hubiera sudado esa camiseta que había defendido como el más bravo de los defensas “hacheros”. Pero no siendo una tortuga, nunca tuvo la velocidad de Pelé. Y porque siendo además el último hombre de su equipo, su presencia en las redes rivales fue mucho más acotada.

Maradona es, para los argentinos y el mundo, un fenómeno. Y bien ganado que se lo tiene, sin lugar a dudas. Las mejores zurdas del fútbol empalidecen al lado de la suya. El alemán Overath, el galés Bale o el español Raúl, con todo lo extraordinarios que fueron, jamás alcanzaron la categoría de sublime que alcanzó la pierna izquierda del Diego, inventando jugadas imposibles y goles magistrales, como para ponerlos en un marco.

Pero…, pero…, Maradona nunca pudo alcanzar la estatura de Pelé. Porque no cabeceaba y porque la pierna derecha sólo la tenía para afirmarse o para apretar el acelerador de su auto. Mala suerte nomás, pues Diego.

En cuanto a Messi y Cristiano Ronaldo, dos grandes que muchos consideran entre los mejores de la historia, basta decir que la “Pulga” recién alcanzó la categoría de inmortal tras el título de Argentina en Qatar. Y que el portugués concluyó su carrera como jugador excelso con un fracaso rotundo en la última Copa del Mundo. Y si ambos perdían siempre en la comparación con Maradona, confrontarlos con “El Rey” es un ejercicio inconducente y del todo inútil.

Pelé, sépanlo las nuevas generaciones, es el jugador más genial y completo que ha dado el fútbol en toda su historia. Respetuosamente, los invito a encontrarle un defecto, un aspecto de su juego en que fuera deficitario.

Era, de partida, todo un atleta. Un perfecto atleta que además tuvo la suerte de no entrar nunca en pugna con la balanza. Fibroso, puro músculo, Pelé subía medio kilo tras unas merecidas vacaciones y era capaz hasta de deprimirse. Velocísimo, endiabladamente hábil, el “Negro” (dicho con todo respeto), enfilaba hacia el arco contrario y no había cómo pararlo. Salvo, claro, con faltas y patadas violentas y a veces hasta alevosas. Jugaba él y hacía jugar a los demás. Dribleaba y remataba con ambas piernas con idéntica eficacia. Tanto, que un conocido periodista del medio nacional, en sus comienzos, escribiendo acerca de Pelé, señaló que era zurdo. Si Pelé era zurdo, entonces yo soy del Partido Republicano.

Pelé era un verdadero atleta y no había aspecto del juego donde su talento no fuera superlativo.

Ni hablar de su juego aéreo, de la potencia y precisión de sus letales cabezazos. Era el escocés Jordan, el español Santillana y el “Bam Bam” Zamorano juntos. Además, era guapo. ¡Qué digo guapo…! ¡Era guapísimo! De esos que recibían una patada e iban por más. Pelé nunca le hizo asco al entrevero habiendo pelota de por medio. Nunca conoció el concepto de “arrugar”, y la mayor prueba de ello la dio durante el Mundial de Inglaterra, cuando los búlgaros primero, y los portugueses después, lo molieron a patadas ante la mirada complaciente de los árbitros europeos, absolutamente conscientes de que había que eliminar a Pelé y al monarca vigente -Brasil-, para que la selección inglesa fuera el campeón.

Lo de los lusos contra Pelé fue aquella tarde una verdadera masacre. Se turnaban para voltearlo, escudados en un tiempo en que todavía no se inventaba eso de las tarjetas amarilla y roja, y en que no existía la protección que hoy –afortunadamente- existe para los delanteros, fundamentalmente. La barrida por detrás estaba naturalizada y hasta el tackle pasaba colado, siempre y cuando no fuera a la altura de la medallita.

Para decirlo de otra forma, todavía más gráfica: si los otros “grandes” las hicieron todas, Pelé las inventó todas.

Pelé de niño ya anunciaba el crack que sería muy pronto.

¿Cuál fue el problema para que Pelé suene hasta un mito y un desconocido casi para las nuevas generaciones? La época que le tocó vivir, sin satélites ni transmisiones instantáneas desde cualquier lugar del mundo. Las varias películas que sobre su vida existen son sólo un pálido reflejo de su incomparable calidad y grandeza como futbolista. Para hacer realidad los VHS y CD que hoy circulan, hubo que hurgar en viejas cintas de cine y hasta en imágenes de personas que tuvieron la fortuna de poder adquirir una máquina filmadora.

Pero quiso la fortuna que el mundo alcanzara a ver a Pelé en todo su esplendor durante el Mundial de México 1970. El año anterior el hombre había pisado la luna y el satélite, que antes parecía un producto de ciencia ficción, ya era toda una futurista realidad. Había sido campeón del mundo en Suecia 1958, con apenas 17 años, y lo fue nuevamente en Chile 1962, aunque por lesión sólo alcanzara a jugar un partido (frente a México) y sólo parte del segundo (ante Checoslovaquia). Sin embargo, en su tercera cita cumbre para el mundo del fútbol se mostró en toda su grandeza, en su superlativa jerarquía, siendo el mayor crack en un equipo conformado en un 90 por ciento por puros cracks.

Ese Brasil de 1970 es, sin lugar a dudas, el mejor equipo de toda la historia. Tanto, que la mediocridad de su arquero –Félix-, ni siquiera se notaba.

Carlos Alberto, Clodoaldo, Jairzinho, Tostao, Gerson y Rivelinho, entre otros, se prestaron gustosos para ser los escuderos de lujo de “El Rey”, que condujo a su corte a la consecución del tercer Mundial, ese que significaba quedarse para siempre con la Copa Jules Rimet, que había debutado en el torneo de 1930, en Uruguay. Con 30 años, Pelé abdicó del trono y entendió que ya no estaría para ser lo que siempre fue durante la Copa del Mundo de Alemania 1974, que aparecía en el horizonte.

Pelé y sus tres trofeos: es el único futbolista en ganar tres mundiales, 1958, 1962 y 1970.

El Pelé ser humano, sin embargo, es otra cosa. Preocupado sólo de su carrera, y de ganar dinero a manos llenas con el Santos en interminables giras internacionales por los cinco continentes, “El Rey” se hizo olímpicamente el bobo cuando, con el apoyo de Estados Unidos (¡cuando no…!), los militares brasileños, el 31 de marzo de 1964, dieron un Golpe de Estado para derrocar a Joao Goulart, presidente constitucional y democráticamente elegido.

Con el general Humberto de Alencar Castelo Branco a la cabeza, la dictadura militar brasileña aplicó a rajatabla el manual de toda dictadura: cierre de medios de prensa opositores y persecución brutal de la más mínima disidencia. Entrenados, como casi todos los ejércitos latinoamericanos, en la “Escuela de las Américas” que Estados Unidos mantenía en Panamá, los militares brasileños, y los “tonton macoutes” civiles que nunca faltan, aplicaron novedosos métodos de tortura a cualquiera que osara alzar la voz. Surgieron con fuerza los clandestinos “escuadrones de la muerte”, supuestamente para combatir la delincuencia y el crimen, sólo que casi siempre los muertos y desaparecidos fueron líderes políticos o sindicales que aparecían tirados en las calles como si nada.

Frente a esa barbarie, Pelé permaneció mudo. Nunca dijo nada, pudiendo hacerlo por su condición de ídolo nacional que lo transformaba en intocable. De seguro, nadie iba a exigirle que pidiera hablar en el Congreso de juguete que los militares mantuvieron para guardar las apariencias. Menos que se tomara el Palacio de Gobierno para pronunciar una proclama. Ni hablar de que se fuera clandestino al Amazonas para instaurar allí una guerrilla al más puro estilo de Fidel Castro y sus barbudos de la Sierra Maestra. Seguramente no. Sólo que, al permanecer sordo y mudo, sin pronunciar ni la más leve e inocua crítica, Pelé se hizo cómplice de todas esas atrocidades que se prolongaron por 21 años, hasta la recuperación de la democracia con José Sarney, el 15 de marzo de 1985.

¿Cómplice activo o pasivo?

Da lo mismo. Lo concreto es que Pelé siempre se sintió mucho más gusto cercano al poder que condoliéndose por las tribulaciones de su pueblo. Se hizo íntimo de Joao Havelange y fue fundamentalmente debido a su influencia que, quemando sus últimos cartuchos, partió a Nueva York para militar en el Cosmos. Havelange, con el signo dólar dibujado en los ojos, estaba loco por masificar el fútbol en Estados Unidos y vio en Pelé al mejor propagandista para que el “soccer” le compitiera en mejores condiciones al béisbol, al fútbol americano y al básquetbol.

“El Rey” fue siempre, con Havelange y luego con Blatter, un mimado de la FIFA. Y aunque resultara evidente que el organismo máximo del fútbol mundial era un nido de víboras, un antro de corrupción, Pelé siguió haciéndose el tonto. Como siempre. De sus labios jamás surgió ni la más leve crítica.

En junio de 1975 Pelé firmó contrato con el New York Cosmos, cuando tenía 35 años y los problemas financieros lo tenían complicado.

Pero hay que separar las cosas. Debe quedar claro que, como ser humano, Pelé tuvo muchos defectos, entre ellos una ambición que no lo hacía ni siquiera sonrojarse para apelar a la alcahuetería. Como jugador, en cambio, es lo más grande que ha dado el fútbol. Fue verdaderamente genial, un atleta completo.

Tanto, que en esta hora de tristeza y de luto, bien vale adaptar la letra de tango al género correcto para cantar en su homenaje: “No habrá ninguno igual, no habrá ninguno…”.