Columna de Eduardo Bruna: Ser mapuche o manifestar disidencias sexo genéricas, no te puede convertir en un “intocable”

Las etnias y las minorías sexuales se han ganado, en el mundo y también en Chile, un justo respeto y espacio. Sin embargo, nos estamos yendo al extremo opuesto. Criticarlos, aunque sea de forma tangencial, significa la crucifixión a través de las redes. ¿Qué los hace tan especiales?

Por EDUARDO BRUNA / Foto: ARCHIVO

Por décadas, los mapuche, o quienes manifiestaron disidencias sexo genéricas, en menor medida, fueron claramente estigmatizados, condenados y muchas veces humillados. Afortunadamente, ello fue cambiando con los tiempos, como cambió la relación hombre-mujer, padre-hijo y hasta la del patrón con el obrero. No es que esta última sea una maravilla ni nada de eso, pero al menos existe un poco más de respeto, hay normas y leyes a las cuales asirse y ya no es cosa de mandar al trabajador arisco y cerril al cepo para bajarle los humos.

El problema es que, paulatinamente, nos hemos ido al extremo opuesto. Es como si ser mapuche, o minoría sexual, significara adquirir una coraza que te libra por completo de la crítica o el cuestionamiento. No sólo eso: aparte de hacerte prácticamente inmune, te está otorgando por omisión privilegios que, al final, resultan tan inaceptables como lo era el escarnio de antaño.

Natalia Piergentili, presidenta del Partido Por la Democracia (PPD), tuvo la mala ocurrencia de hacer una crítica política rozando una realidad irrebatible, y se le tiraron al cuello en manada, destrozándola de manera inclemente, obligándola a desdecirse y hasta forzándola a pedir perdón.

Se sabe que en política abundan los cutis sensibles. El inepto, el coimero, el amarillo y el diletante, entre otros, suelen ser muy amigos del eufemismo. Se cuidan siempre de ser “políticamente correctos”, porque no vaya a ser cosa que, utilizando el lenguaje que a veces corresponde, los conceptos se le devuelvan como un boomerang.

Piergentili señaló, entre otras cosas, que el gobierno de Gabriel Boric y sus partidos que lo apoyan debieran de dejar de hablarles a los “monos peludos” y a los “compañeres”. La verdad, lo de “monos peludos” no me hizo mucho sentido, acaso por la originalidad del término, pero sí entendí absolutamente aquello de los “compañeres”, porque lo cierto es que ese alambicado y ridículo lenguaje ya me tiene harto. Y creo que a miles, si no a millones de chilenos, les pasa lo mismo.

¿Qué diablos es eso de “todes”? Desde que el mundo es mundo hemos sido u hombres o mujeres. Desde que el mundo es mundo, también, han existido quienes muestran disidencias sexo genéricas. Pero el que nació hombre no puede convertirse en mujer simplemente porque se le ocurra o porque sienta distinto, y viceversa.

Sin embargo, mereciendo todo el respeto del mundo, quien muestra o manifiesta disidencias sexo genéricas no tienen ningún derecho a hacer proselitismo intentando sumar adeptos a su causa, como si de un culto religioso se tratara.

¿Puede haber algo más chocante y grotesco que la mundialmente famosa “Marcha del Orgullo Gay”? ¿Qué significa eso…? Si me hablan de la conformidad de ser gay, vaya y pase. Si alguien me dice que de ese modo se siente feliz y pleno, también. ¿Pero orgullo? ¿Quién se siente orgulloso por el sólo hecho de ser hombre o mujer? ¿Significa, además, que los que miran de lejos esa esperpéntica marcha deben sentirse menoscabados y poquita cosa por no pertenecer al exclusivo club?

El asunto, créanme, no es para tomárselo a la ligera. En el seno de las denominadas minorías sexuales han ido camuflándose, en los últimos tiempos, y aprovechándose del “liberalismo” de muchos en estos temas, variantes que nada tienen de inocentes. Como los denominados “queers”. Un término, ¡cómo no…!, tomado del inglés y que se define como “extraño” o “poco usual”, y que se relaciona con una identidad sexual o de género que no corresponde a las reglas establecidas.

¿Se entiende? Dicho en simple, los muchachos están más allá, más adelantados y evolucionados que esas antiguallas de ser hombre o mujer, o de quien muestra disidencias sexo genéricas. O sea, pueden ser cualquier cosa. Por lo mismo, para ellos todo está permitido.

Cada uno con su gusto, como decía mi santa abuela. El problema es que esta tropa de desviados se transforma en un peligro cuando, en su inmenso amor, y desbocado liberalismo, no discriminan ni siquiera entre adultos y niños.

Como lo dejó tiempo atrás en claro Irene Montero, española, ministra de Igualdad del gobierno socialista de Pedro Sánchez. La señora, sin sonrojarse siquiera, dijo que un niño podía tener sexo con un adulto, si ese era su deseo. Que en eso nadie podía meterse.

Lo increíble es que la autora de tan aberrante concepto sigue en su cargo, como si nada. ¿Será necesario que afirmemos que los niños, como decía el eslogan de la campaña de Allende a la presidencia, nacen para ser felices? ¿Para jugar y divertirse como los infantes que son, y no para ser objeto sexual de viejas y viejos tan vinagres como desviados?

Uno tampoco no puede más que sorprenderse, e indignarse, con esos mapuche de la cárcel de Angol que, molestos por no tener derecho a visitas en día de elección, se amotinaron y hasta tomaron de rehén a algunos gendarmes. El deleznable hecho sirvió para que todos nos informáramos de las condiciones privilegiadas en que estos presos cumplían su condena. Sus celdas, sus baños, poco tenían que envidiar a las de cualquier delincuente narco. Y poco tenían que ver, además, con las condiciones del resto de la población carcelaria.

¿Por qué? ¿Qué los hace especiales y, por lo mismo, privilegiados?

Alberto Mayol, conocido sociólogo y analista político, profesor de la Universidad de Santiago, dijo hace poco que, si la señora Elisa Loncón debió pedir permiso en la Usach para gozar de un año sabático con goce de sueldo, ello podía significar que no tenía todos los títulos que afirmaba poseer. Agregó que, en pos de la transparencia, nada costaba exhibir dichos títulos.

Al igual como pasó con Piergentili, a Mayol se le tiraron en tropel al cuello. Lo destrozaron a través de las redes sociales porque, según muchos delirantes, se había unido al coro de los derechistas que han atacado siempre a Loncón por el sólo hecho de ser mapuche.

Nadie puede poner en duda la postura inclaudicablemente progresista de Mayol. Su consecuencia es a toda prueba y más que meritoria, considerando que su padre -Manfredo- fue el Goebels de la dictadura.

Dicho en pocas palabras, si la señora Loncón se toma un año sabático sin goce de sueldo, está en todo su derecho. Pero si está sacando partido de títulos que no existen, nada la diferenciaría entonces de los muchos sinvergüenzas de derecha que en su momento hemos criticado.

En lugar de victimizarse, de esconderse tras una etnia, lo que corresponde es que la señora Loncón aclare todo, hasta en sus más mínimos detalles. Por lo demás, ¿qué cuesta? ¿O se va a privar de puro modesta de darles un tapabocas a todos aquellos que desde el proceso constituyente anterior le tienen unas indisimuladas ganas?

Los mapuches y las minorías sexuales me tienen harto. Entiendo que sigan alertas y defendiéndose cuando viene el caso, pero me subvierte que, aprovechando todo el terreno que en justicia se han ganado, pretendan pasarse de listos, transformándose en lo mismo que ellos antes criticaron.