Columna de Erasmo López Avila: ¿El mundo ha olvidado las masacres de Sabra y Shatila?

En 1982 el ejército de Israel fue co-responsable y cómplice de las muertes de unos 3.800 palestinos refugiados en el sur de El Líbano.

Por ERASMO LÓPEZ ÁVILA / Fotos: ARCHIVO

Hace 40 años, en 1983, una numerosa delegación de deportistas chilenos de alto rendimiento participó en los Juegos Hapoel, una competencia internacional convocada por organizaciones deportivas de Israel.

De esta manera Israel abría sus fronteras para salir del aislamiento deportivo en que estaba ese país, anualmente condenado por la ONU por su política expansionista a costa del pueblo y territorios palestinos.

La delegación chilena a los Juegos Hapoel estuvo compuesta por deportistas como el lanzador de bala Gert Weil, los tenistas Juan Pablo Queirolo y Gerardo Vacarezza, los pimponistas Marcos Núñez y Jorge Gambra y por casi una decena de ciclistas encabezados por Fernando Vera.

Estos últimos compitieron en la Vuelta Ciclista de Israel, cuestión que permitió al autor de esta columna recorrer de norte a sur durante 15 días, gran parte de Israel, desde Tiberíades, a orillas del Mar de Galilea, hasta el desierto de Néguev, pasando por Tel Aviv y Jerusalén, y por lo que hoy se conoce como Cisjordania, incluido el Mar Muerto.

Mi recorrido por todo Israel fue a escasos seis meses de las horrendas masacres de más de 3.800 palestinos que ocurrieron en septiembre de 1982 en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, en la frontera sur de El Líbano con Israel.

En esa oportunidad, con la anuencia del gobierno derechista de El Líbano, el ejército de Israel custodiaba, en territorio que no le pertenecía, los campamentos de los refugiados para impedir que las familias palestinas volvieran a la tierra donde habían nacido.

La investigación internacional posterior a la masacre reveló oficialmente a fines de 1983 que el ejército de Israel, por orden del gobierno que encabezaban el primer ministro Menájem Beguín y el ministro de Defensa Ariel Sharon, entregó armas a las milicias derechistas que dominaban en ese momento en El Líbano; las autorizó para que ingresaran a los campamentos de Sabra y Chatila, y que cometieran genocidio (así fue calificado el crimen por la ONU), contra unos 3.800 refugiados palestinos.

Cerca de 3.800 palestinos civiles, hombres, mujeres y niños, fueron masacrados en los campamentos de Sabra y Chatila.

Antes que se supiera la verdad de lo ocurrido, cuando Israel se defendía diciendo que no era responsable y que la masacre había sido de “no judíos contra no judíos” este columnista, en ese entonces enviado especial de El Mercurio a los Juegos Hapoel, recogió la versión directa y real de un chileno que había conocido en Israel.

El chileno se identificó como Martín N… (prefiero preservar su apellido) y me contó que era oficial del ejército de Israel. Estaba uniformado y armado y custodiaba el hotel donde el equipo de ciclistas y yo alojábamos esa noche a orillas del mar de Galilea. Al otro día la Vuelta a Israel iría a Nazaret, para terminar la segunda etapa en Haifa.

En la espontánea conversación de dos chilenos que se encontraron por casualidad a la medianoche en el lobby del hotel, consultado por las funciones militares que desempeñaba, Martín contó que meses antes había cumplido la misión de custodiar los campamentos palestinos en El Líbano.

Tras escuchar su relato de lo que había sucedido, le reproché que siendo un veinteañero estudiante chileno, que sólo llevaba dos años prestando servicios militares en Israel, hubiese participado en la masacre de Sabra y Chatila.

Muy afectado por la presión de mis argumentos, me aseguró que él no había matado a nadie, que no lo culpara, que no lo reprochara, que él terminaría su servicio militar y volvería a Chile.

Insistí un par de veces y Martín terminó reconociendo que los guardias habían recibido órdenes superiores desde Tel Aviv. “Teníamos que dejar pasar a los milicianos derechistas libaneses y, si era posible, pasarles armas de fuego o armas blancas”.

“¿Tú sabías lo que iba a pasar?”, pregunté.

“No, no sabíamos. Pero después comenzamos a sentir disparos y gritos de hombres, mujeres y niños que sabíamos que vivían en las casas y las carpas de los refugiados… Los estaban degollando… No podíamos hacer nada… Fue horrible… Los libaneses mataron a los palestinos… Juro que yo no maté a nadie”.

Le creí. Lo noté abatido. Estábamos sentados en sendos sofás enfrentados, en torno a una mesa baja, en la penumbra del lobby. Terminó cabizbajo, con su moderno fusil ametralladora en posición vertical entre sus brazos y sus piernas, mirando al suelo, en silencio, y con su cabeza oculta detrás de un casco verde.

Lo dejé con su historia, me fui a mi habitación y envié un breve despacho a El Mercurio (allá eran las 2 de la madrugada y acá las 20:00 horas). Sin decir el nombre de mi fuente, pero con todos los detalles ya sabidos, escribí la versión de este soldado chileno-israelí de lo que había ocurrido en Sabra y Chatila.

Nunca se publicó esa entrevista. Seguramente creyeron que no era creíble que un periodista deportivo que andaba cubriendo la Vuelta Ciclista de

Israel podía haber conocido esta horrenda verdad, que hoy vuelve a cobrar vigencia, por lo que está pasando en Gaza.

Hoy el ejército de Israel está asediando la Franja de Gaza por aire, mar y tierra y ha anunciado que entrará a eliminar a los militantes de Hamas, lo que es un aterrador aviso de que serán miles de palestinos hombres, mujeres y niños los que morirán en los próximos días, sin importar que sean o no guerrilleros antiisraelíes.

Después de recordar lo que ocurrió hace 41 años, donde con “mano ajena” el gobierno de Beguín y Sharon ordenó “colaborar” con las milicias derechistas libanesas, ¿alguien podría dudar de que hoy el gobierno de Israel repetirá el procedimiento, ahora con “mano propia”?

¿El mundo ha olvidado el genocidio de Sabra y Chatila?