Columna de Erasmo López Ávila: Un día en la vida, con Carlos Berger Guralnik

Hace 50 años la Caravana de la Muerte asesinó en Calama al abogado y periodista que el 11 de septiembre era director de la Radio El Loa de Chuquicamata.

Por ERASMO LÓPEZ ÁVILA / Foto: ARCHIVO

Con el abogado y periodista Carlos Berger Guralnik fuimos compañeros de trabajo en la redacción del diario El Siglo, del Partido Comunista de Chile, desde octubre de 1969 hasta fines del año 1970 o inicios de 1971, cuando fue enviado a unos cursos de capacitación a Moscú, capital de la ex Unión Soviética.

Formaba parte del colectivo de redactores de la página editorial de El Siglo, junto a destacados colegas como Luis Alberto Mancilla, Raúl Iturra Falcka, Sergio H. Carrasco, el diputado Orlando Millas y otros.

Recuerdo perfectamente la noche del viernes 4 de septiembre que vivimos en el tercer piso del edificio de la calle Lira 363 donde estaba la editora Horizonte, de propiedad del PC.

Allí se imprimían tres diarios populares: El Siglo, Puro Chile y el vespertino Última Hora.

Éramos unos 30 o más periodistas, entre veteranos y novatos, entre ellos Berger y su barba entre rubia y colorina, que esperábamos expectantes, nerviosos, esperanzados, deambulando entre los escritorios, escribiendo o revisando las carillas que salían de nuestras viejas máquinas de escribir.

Pasadas las 22 horas, el director de El Siglo, Rodrigo Rojas, salió de su oficina, se instaló en el cabezal de la redacción, entre los escritorios del subdirector Sergio Villegas; del Jefe de Informaciones, Jorge Soza, y del Jefe de Crónica, Marcel Garcés.

Se subió a una silla y con su vozarrón grueso y autoritario nos hizo callar.

Algunos dejamos de teclear, otros se pararon y se acercaron para escuchar lo que venía y nos sumimos en un silencio total.

Rojas carraspeó antes de hablar y dijo:

«Compañeros, recién recibí un llamado de Teatinos…» (todos entendimos que eso significaba que el llamado provenía desde el Comité Central del PC, ubicado en la esquina norponiente de Teatinos con Compañía, en el centro de Santiago).

«Estos cómputos son nuestros, pero son fidedignos… Son seguros…».

(Hizo una pausa, se acomodó los gruesos lentes y dirigió su mirada a un papel que estaba entre sus gigantes manotas. No podía disimular que estaba emocionado).

«Compañeros… ¡Hemos ganado!…». (Nos mantuvimos en silencio).

«¡Sacamos más de 30 mil votos que Alessandri!…¡El compañero Allende es el nuevo Presidente de Chile!…».

Sólo al término de esta frase estalló la algarabía.

Rojas no terminaba de bajarse de la silla cuando ya era abrazado por sus más cercanos.

Las risas, el llanto, los abrazos y los vivas surgieron desde lo más profundo de nuestros corazones.

Rojas nos abrazó a todos, uno por uno, y nos dio las gracias.

Su rostro siempre intimidante ahora estaba surcado por una sonrisa amplia, casi infantil, mientas pugnaba por contener las lágrimas.

Minutos después, Rojas y sus editores bajaron hasta el primer piso del taller y desde un segundo nivel de la rotativa, esa máquina gigante que diariamente imprimía decenas de miles de ejemplares que llegaban a las manos del pueblo de Chile, se dirigió a los más de 150 trabajadores que allí laboraban.

No sé si ya sabían la gran noticia, pero escucharon atentamente a Rojas.

Sólo después que anunció la voz oficial del PC: “¡Allende es el nuevo Presidente de Chile!, estalló la alegría, vinieron los abrazos y el llanto viril de esos trabajadores de mamelucos azules y con olor a tinta de imprenta.

Berger fue uno de los que celebró en la redacción.

No bajó al taller. Había recibido una instrucción precisa. Junto con Mancilla, Iturra y Carrasco tenían que escribir la página editorial, la primera que recogería las opiniones del Partido Comunista tras el triunfo de Allende y la Unidad Popular.

Esa noche fue larga, agotadora, pero ninguno de los presentes habría querido no estar allí, en el corazón del medio de comunicación más importante en la construcción del triunfo popular.

Recuerdo a varios que pasada la medianoche aún estaban pegados a sus máquinas de escribir o seleccionando fotografías o diseñando páginas: Rojas, Villegas, Berger, Mancilla, Iturra, Carrasco, Soza, Virginia Vidal, Alfredo Olivares, Hernán Meza, los diagramadores Callejas y Rodríguez, Jeanette Gallo, el jefe de fotografía Gustavo Pueller, Miguel Gómez, Sergio Carrasco, Galvarino Arqueros. el archivero Moisés Corvalán, todos ya fallecidos.

Y otros como Garcés, Jaime Chamorro, Guillermo Torres, Francisco Cataldo, Gloria Alarcón, Luis Villaflor, Ulín Urrea, Fernando Vera, Jorge Cabello y Ramiro Sepúlveda, algunos que aún viven y otros que ya fallecieron, pero que estoy seguro, atesoran o atesoraron en sus vidas esta noche fantástica, única, inédita, irrepetible.

Uno de los nuestros era ese joven de 30 años, entre rucio y colorín, de sonrisa cordial y mirada franca, Carlos Berger, que en octubre de 1973, unos mil días después, fue una de las primeras víctimas de la Caravana de la Muerte.

El 11 de septiembre de 1973 era el director de la Radio El Loa, de Chuquicamata. Su “delito” ese día fue, micrófono en mano, salir a la calle en el mineral de cobre más grande del mundo, a rechazar el Golpe de Estado y a repudiar el bombardeo a La Moneda.

Su viuda, la abogada Carmen Hertz, hoy diputada, mantuvo incólume su lucha por evitar la impunidad en el vil crimen de su compañero, de quien no tuvo rastro alguno por más de cuatro décadas.

Recién hace un par de años pudimos acompañar a Carmen y a su hijo German Berger a sepultar en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos unos pequeños huesos de Carlos rescatados del desierto nortino.

Debo decirlo: para mí fue un privilegio haber conocido a Carlos, haber estado bajo un mismo techo en una misma casa editorial y haber sido compañeros en el Partido Comunista.

Y hoy, cuando se conmemoran los 50 años de su muerte tan injusta, hago este rescate de la memoria.

¡Colega y camarada Carlos Berger, el colectivo de El Siglo, del 4 de septiembre de 1970, no te olvida!

¡Honor y gloria, por siempre!

ERASMO LÓPEZ ÁVILA

Periodista y mediador social y familiar. Egresó de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile en 1971. En 1973 era reportero del diario El Siglo en La Moneda.