Columna de Felipe Bianchi: ¿Como siempre, ya nadie se acuerda?

Se revisaron todos y cada uno de los papeles y computadores que quedaban… tras darle semanas a los canallas para quemarlos, borrarlos o tirarlos al río. Se armaron nuevas y mejores mesas auditoras… que tampoco dieron con nombre alguno y hasta se nombró un director ejecutivo experto en este tipo de casos (el abogado Ángel Valencia, que hoy vuelve a salir al ruedo al ser postulado como fiscal nacional) que tenía por misión sumar datos, informes y pruebas para avanzar en una tesis que hasta hoy es obvia: Jadue no puede haber hecho todo lo que hizo solo, sin el gentil auspicio de otros funcionarios afines o miembros de su directorio que lo ayudaran abiertamente a robar o que, al menos, miraron para el lado. 

Por FELIPE BIANCHI LEITON / Foto: ARCHIVO

Han pasado muchos años. Más de siete y probablemente ya nadie se acuerda de nada. Algunos, desde el primer día, por un asunto de conveniencia y mezquino interés económico. Otros porque quedaron francamente en ridículo por su apoyo desembozado a una cáfila de petimetres y delincuentes y les encantaría que todos se olvidaran de lo bajo que cayeron para así poder seguir por décadas haciéndose los tontos hasta que ya no quede un rastro de memoria. Otros, muchos, porque al avanzar la edad, un poco por egoísmo y otro poco por necesidad, falla la memoria, una capa va quedando encima de la otra (como la nieve cayendo sobre la nieve) y nuevos intereses, nuevos personajes, nuevas historias obligan a seguir avanzando. 

Pero como yo soy mañoso y majadero… me acuerdo. Y no pienso avanzar. 

O sea, avanzar sí, pero dejando en claro que hay ciertas cosas que no pueden olvidarse, que aún no se han resuelto, que no pudieron ni quisieron resolverse y que siguen molestando, como la sombra fiel de un perro caminando siempre detrás, a ratos callado, a ratos ladrando, pero impidiendo adentrarse del todo en ese supuesto futuro luminoso con el que los más tibios siguen soñando; como si se pudiera pensarse en el futuro sin hacer antes, a lo menos, justicia. 

Cuando allá por el 2015-2016 todo Chile -haciendo un poco de teatro y pantomima, seamos francos- se sintió indignado al saber que Sergio Jadue y su gente los habían “engañado” y, lejos de ser un grupo de buenos dirigentes, no habían sido más que un puñado de malandrines de baja estofa, estafadores de cuarta, ladronzuelos de barrio; cuando desde la extranja se les informaba esa verdad dolorosa e indesmentible que aquí en casa pocos querían ver aunque se había anunciado desde el día uno, es decir cuando ya quedaba instalada como una verdad histórica que una cofradía de ordinarios los había esquilmado y poco habían hecho para evitarlo (salvo un puñadito de irreductibles periodistas que nunca dejó de pelear), empezó un proceso obvio de “limpieza”.

Se dijo que se iba a investigar hasta el fondo, cayera quien cayera, y el país iba a tener la tranquilidad que iban a pagar, más temprano que tarde, todos los que habían burlado la fe pública, todos los gañanes que habían sostenido, aplaudido y defendido a Jadue y que, por ende, habían permitido que robara como robó: a manos llenas y sin pudor alguno.

Entonces, al mando de una nueva, distinta y ojalá prístina ANFP encabezada por Arturo Salah. Se crearon comisiones… que obviamente no llegaron nunca a nada. Se formaron mesas de trabajo… que no dieron con ningún implicado. Se revisaron todos y cada uno de los papeles y computadores que quedaban… tras darle semanas a los canallas para quemarlos, borrarlos o tirarlos al río. Se armaron nuevas y mejores mesas auditoras… que tampoco dieron con nombre alguno y hasta se nombró un director ejecutivo experto en este tipo de casos (el abogado Angel Valencia, que tenía por misión sumar datos, informes y pruebas para avanzar en una tesis que hasta hoy es obvia: Jadue no puede haber hecho todo lo que hizo solo, sin el gentil auspicio de otros funcionarios afines o miembros de su directorio que lo ayudaran abiertamente a robar o que, al menos, miraron para el lado. 

Sin embargo, el abogado Valencia… no llegó a nada. A nadie. Tristemente, como muchos esperaban, el fútbol, lejos de darnos los nombres de los culpables del robo del siglo, en vez de hacer luz sobre el caso, borró, tapó, ocultó. Se encargó de proteger a los responsables por obra u omisión. Es imposible que nadie haya visto ni sabido nada en tantos años de desfalco. 

Pero no sólo eso, es peor la historia: el fútbol chileno se burló una vez más de la sociedad y las autoridades ya que muchos de los directos y evidentes involucrados… ¡siguieron trabajando en la ANFP o en distintos clubes sin que nunca les pasara nada! El brazo derecho de Jadue (Mauricio Echeverry) nunca cayó preso y de hecho, como si nada hubiera ocurrido, volvió al fútbol en gloria y majestad el año pasado de la mano de Sartor y Azul Azul… lo que sólo escandalizó a los mismos de siempre y no generó ruido alguno, como era predecible, entre los miembros del inefable Consejo de Clubes.

Otro pastelito de proporciones, el hombre que ayudó a Jadue a llevar y esconder el dinero de los sobornos en cuentas en el extranjero, el que abrió dichas cuentas sabiendo exactamente de dónde venía el dinero y qué tan sucio era su origen (Patricio Kiblinski) siguió y sigue hasta hoy donde mismo: dictando cátedra y jugando al inocente. Los secretarios y abogados que lo ayudaron a salir del país y que hicieron desaparecer muchas pruebas… siguieron adentro de la ANFP.

El encargado de finanzas de su directorio (Cristián Varela) nunca dijo ni supo nada y su más cercano colaborador, su vicepresidente, el hombre que hizo quebrar a Concepción (Nibaldo Jaque) nunca pagó por ninguno de sus “estropicios” y los hemos vuelto a ver varias veces en crónicas policiales debido a nuevas denuncias en su contra y procesamientos por estafas. 

No hay como perderse, dudar o confundirse: el fútbol profesional chileno, como muchas otras “familias” (religiosas, políticas, profesionales, empresariales) lejos de cumplir con el compromiso ético con la sociedad que los soporta y los mantiene, prefirió el camino más burdo de todos: ante el delito de sus pares no hacer nada, no castigar a nadie, no denunciar a las ovejas descarriadas, no colaborar con la justicia y los tribunales, sino al revés: torpedear todo intento de hacer justicia, boicotear todo asomo de verdad y esperar que el paso del tiempo borrara los recuerdos y, como en el Gatopardo, todo cambiara un poquito para seguir exactamente igual.  

De hecho: ¿cuántos han recordado en estos días el rol del próximo Fiscal Nacional en esa carencia total de resultados y esa abominable falta de transparencia de la ANFP tras la caída de Jadue? ¿A cuántos les ha importado, cuántos lo han sacado a colación, cuantos han pedido al menos alguna justificación de la nula capacidad investigativa, procesal y castigadora de quien próximamente tendrá a su cargo, se supone, nada menos que castigar a todos los delincuentes del país, sean quienes sean? La señal es pésima, desde luego. 

¿Cómo es posible que hasta hoy no haya caído ninguno de los ayudantes de Jadue y que incluso Pablo Milad, uno de sus principales promotores, sea el actual encargado del fundo  (¿nadie se acuerda que pedía aplausos en los Consejos para defenderlo y abominaba del rol de la prensa “mentirosa” por “ensuciar” la imagen de quien llamaba su “querido primo”?).

Es más fácil olvidarse de todo y hacerse el tonto, obvio. Permite, quizás, un mejor estándar de vida, cambiar el auto y más opciones de trabajo, probablemente. Menos despidos en la bitácora. Pero a veces un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Y eso es recordar. Y joder y joder y joder hasta que se haga justicia. Aunque con las últimas señales, para variar, está difícil creer que vienen buenos tiempos.