Columna de José Miguel Ortiz: A 40 años de la inmolación “liberadora”

La muerte del obrero coronelino sacudió la conciencia de todo Chile, desnudó el drama de las detenciones secretas y torturas.

Por JOSÉ MIGUEL ORTIZ VERA / Foto: ARCHIVO

El caso de Sebastián Acevedo es algo más que un recuerdo trágico del Chile bajo dictadura. Es una acción que pude entender en toda su brutal dimensión sólo cuando fui padre. Lo que él sentía lo llevó a preguntar en comisarías, hospitales e iglesias, no logrando ninguna respuesta.

Es la desesperación de quien golpeó muchas puertas y que necesitaba ser escuchado. “¡Que la CNI devuelva a mis hijos!” fue su último grito desgarrador en el atrio de la Catedral penquista. Después de eso se convirtió en una pira humana que intentó caminar hacia la pileta de la plaza de la Independencia.

En una conversación que pude tener muchos años después con el médico que lo recibió en la urgencia del hospital regional de Concepción, Mariano Ruiz Esquide Jara, me dijo que todos quedaron impactados, que sólo lograron aplacar un poco su dolor y rezar antes de que muriera un día 11 de noviembre de 1983 a los 50 años, tras la extremaunción que le dio el sacerdote Enrique Moreno Laval.

Su hija, Erika Acevedo, señaló: “La inmolación de Sebastián sacudió la conciencia de todo Chile, desnudó el drama de las detenciones secretas y torturas. El impacto de esta acción fue tal que la dictadura se vio obligada a reconocer la detención de Galo y María Candelaria, para días más tarde dejarlos en libertad”.

Pero dejemos hablar al gran Gonzalo Rojas:

“Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo

de su carne y ardió por Chile entero en las gradas

de la Catedral frente a la tropa sin

pestañear, sin llorar, encendido y

estallado por un grisú que no es de este mundo: sólo

veo al inmolado.

Sólo veo ahí llamear a Acevedo

por nosotros con decisión de varón, estricto

y justiciero, pino y

adobe, alumbrando el vuelo

de los desaparecidos a todo lo

aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

Sólo veo la bandera alba de su camisa

arder hasta enrojecer las cuatro puntas

de la plaza, sólo a los tilos por

su ánima veo llorar un

nitrógeno áspero pidiendo a gritos al

cielo el rehallazgo de un toqui

que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

Sólo al Biobío hondo, padre de las aguas, veo velar

al muerto: curandero

de nuestras heridas desde Arauco

a hoy, casi inmóvil en

su letargo ronco y

sagrado como el rehue, acarrear

las mutilaciones del remolino

de arena y sangre con cadáveres al

fondo, vaticinar

la resurrección: sólo veo al inmolado.

Sólo la mancha veo del amor que

nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o

no con aguarrás o soda

cáustica, escobíllenla

con puntas de acero, líjenla

con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla

por todas las pantallas de

la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado”.