Columna de José Miguel Ortiz: Colo Colo 73 y la reunión familiar (en la medida de lo posible)

Grato ambiente y todo bien, hasta que un tío simpatizante del Partido Nacional comenzó a emitir fuertes y despiadadas críticas al gobierno de Allende.

Por JOSÉ MIGUEL ORTIZ / Foto: ARCHIVO

La primera vez que presencié una fuerte disputa familiar (por motivos políticos) fue en medio de un partido de Copa Libertadores, donde el mítico equipo de Colo Colo 73 estaba ad portas de llegar a la final del histórico y legendario campeonato. Tenía cinco años, por ende mis recuerdos no son muy fidedignos.

El partido lo veíamos “en vivo y en directo” por Televisión Nacional de Chile.

Mi abuelo materno, bonachón, cariñoso, radical, masón y allendista, era el dueño de casa y, como siempre, nos recibía con gran cariño y una comida pantagruélica y bien preparada, digna de un evento que se suponía lleno de alegría y cordialidad.

Sí recuerdo nítidamente las hilvanadas jugadas del equipo albo; el pelotazo largo del gran Francisco “Chamaco” Valdés buscando la velocidad y agilidad de los delanteros, Carlos Humberto Caszely, Sergio Ahumada y Leonardo ¨Pollo” Véliz.

Entiendo que el único extranjero del equipo era Edson Beirut. Al arco, “El Gringo” Nef, también estaban Leonel Herrera, Sergio Messen y Guillermo Páez, entre otros craks inolvidables (algo que, por cierto, el director de este medio lo debe tener más claro).

Grato ambiente y todo bien, hasta que un tío simpatizante del Partido Nacional comenzó a emitir fuertes y despiadadas críticas al gobierno de Allende: “las colas, la JAP, el desabastecimiento, la ENU, la inflación …”, y toda una larga perorata en el momento menos propicio.

Mal que mal, creo que en esos momentos lo único que unía al país, además de “Música Libre”, era el Colo Colo de Chile. Incluso se han elaborado tesis sociológicas que plantean que el buen desempeño albo habría retrasado el mortal Golpe de Estado.

Parece que el partido de Colo Colo no era la prioridad de mi tío “momio”, porque no se detuvo en sus comentarios lapidarios y amargos, frente a la molestia de los adultos presentes.

No recuerdo bien quién, pero me parece que mi mamá le mostró tarjeta roja y el elemento conflictivo abandonó abruptamente el hogar de mi abuelo.

Previo a eso, la discusión había escalado a niveles peligrosos, en términos futbolísticos se había armado la “tole tole”.

El alivio fue general cuando se pudo recuperar la calma familiar, y para mí, la alegría fue máxima, porque los albos habían pasado a la final de un campeonato que, finalmente, lograron recién en junio de 1991.