Columna de José Roggero: Mundial Qatar 2022, ¿partimos de cero?

Después de cuatro mundiales ganados y de un futuro que parecía inacabable, Europa comprobó que en el fútbol no estaba dicha la última palabra. Argentina y Brasil, que no el resto de Sudamérica, demostraron que pueden enfrentar y superar a las potencias del viejo continente.

Por JOSÉ ROGGERO / Fotos: FIFA

Se fue Qatar, un mundial signo vivo de los tiempos que corren. Organizado gracias al poder corrupto del dinero. Criticado a más no poder por organizaciones de derechos humanos debido a los innumerables trabajadores fallecidos mientras levantaban estadios que empezaron a desmontarse antes de que terminase la competencia. Y con tibias protestas de algunas selecciones contra la opresión que sufren las mujeres qataríes y las diversidades sexuales que fueron rápidamente aplastadas por la señora FIFA.

Cómo siempre ha ocurrido en el fútbol, al final todo se olvidó cuando empezó a correr la pelotita y no hubo federaciones, jugadores, hinchas o medios de comunicación de cualquier confín del mundo interesados en mantener al menos el debate en torno a cuestiones de tanta trascendencia para la humanidad.

Silbado el pitazo inicial, el torneo sirvió para condimentar más esas discusiones de nunca acabar sobre quién ha sido el mejor jugador de la historia. Con razón o no, Messi ahora sí ya tiene un argumento para reclamar que el podio le pertenece por sobre Pelé y Maradona, puesto que fue el director que supo sacar lo mejor de la afiatada orquesta trasandina.

En Europa miraron por debajo del hombro a los argentinos.

También fue un castigo para la suficiencia de los exponentes del viejo continente. Como Francis Fukuyama a inicios de los 90, pregonando el fin de la historia y el predominio absoluto y ad eternum de la democracia liberal, para ellos el fútbol ya se había asentado sobre un dogma de aquí a la eternidad: Europa era superior al resto y no había más que hablar. Es cierto, sus ligas nacionales y copas continentales son incomparables, pero juegan en ellas muchos brasileños y argentinos que de vuelta en sus selecciones demostraron que están a la par de sus mejores compañeros europeos.

Otra arista para el análisis es que el colectivo marcó la pauta. Es lo que pasó precisamente en la final: un elenco valorado en 645 millones de euros superó en largos pasajes del partido a su rival, cotizado en 1.030 millones de euros. Argentina sólo podía exhibir a Messi (PSG) y a Julián Álvarez (Manchester City) como militantes en los actualmente indiscutibles grandes de Europa. Los galos, en cambio tenían a cuatro del Bayern Múnich, tres del Real Madrid, dos del Barcelona y uno del PSG.

Es cierto que en los últimos 15 minutos del partido normal y los 30 del alargue la Albiceleste cedió el protagonismo y hasta fue superada por la potencia francesa, pero aún así se las arregló para pasar de nuevo arriba en el marcador y finalmente sostener el empate que la llevó a la gloria de los penales.

Marruecos fue la gran sorpresa, hizo historia al ser el primer equipo africano en llegar a cuartos y, con mayor razón, a semifinales.

Este mundial además sirvió para comprobar que se acortan las diferencias entre los de siempre y el resto. No sólo por el cuarto puesto de Marruecos, sino porque salvo una que otra goleada, como las que se llevaron Irán, Costa Rica y Suiza, los partidos tendieron a ser más estrechos que otrora.

Es que capacidad física, velocidad, dinámica, convicción y manejo táctico ya no son patrimonio de algunos. No hubo grande, incluyendo a la campeona Argentina, que pueda sostener que entró a la cancha sabiéndose ganador de antemano. Debieron luchar mucho para imponer su mayor categoría. Por fin parece justificarse la decisión de la FIFA de ir ampliando el número de selecciones.

En este nuevo contexto -y no cayendo en las absurdas “generalidades continentales”- es más que saludable comprobar que selecciones como Japón y Corea del Sur (no Asia), Senegal, Ghana y por encima de ambas, Marruecos (no África), Estados Unidos y Canadá (no América del Norte y Centro América), empiezan a consolidarse como equipos interesantes, atractivos y en evolución.

Uruguay fue una de las grandes decepciones.

Al revés, el resto de Sudamérica, acostumbrada a colgarse de los éxitos brasileños y argentinos, se estanca. Uruguay y Ecuador, arrolladores en nuestras clasificatorias, se fueron en primera ronda, sin que a estas alturas nadie pierda tiempo en evaluar si fueron justa o injustamente eliminados.

Queda entonces la legítima duda de si junto con charrúas y ecuatorianos, sus compañeros de rutas, colombianos, paraguayos, peruanos, venezolanos, bolivianos y, para qué decir, chilenos, serán capaces en el futuro de equipararse con nuevas selecciones que en otros lares derraman cualidades que nosotros extrañamos y que al parecer no estamos muy interesados en adquirir.