Columna de Juanita Rojas: en busca de un mal acuerdo

La derecha se apropió del 62% del electorado que dijo no al texto de nueva constitución propuesto, asumiendo sin ningún pudor que es un respaldo a sus posiciones. 

 Por JUANITA ROJAS C. / Foto MARTIN BERNETTI (AFP)

Sin duda la derrota del 4 de septiembre pasado ha sido y sigue siendo un golpe difícil de remontar para el mundo de la izquierda y, por extensión, para el actual gobierno.  Es que más allá de los eufemismos, el resultado del plebiscito de ese día fue un macizo y contundente fracaso y la prueba más evidente es que, posterior a este hecho, la conformación del gobierno, y más específicamente del poder, cambió radicalmente. Hoy, nadie puede escabullir la realidad: el Socialismo Democrático tiene el control del timón. Por añadidura, la posibilidad de construir una nueva Constitución altamente participativa, paritaria, con representación de pueblos originarios y que implique modificar el actual modelo político y económico se esfumó.

Las verdaderas causas del triunfo del Rechazo sin duda son variadas y de origen diverso, pero la derecha ha desplegado una estrategia comunicacional potente que de tanto repetirla y difundirla –gracias a la complicidad de la prensa empresarial, por cierto– ha instalado ciertas premisas falsas o, al menos, imposibles de demostrar. En primer lugar, la derecha se apropió del 62% del electorado que dijo no al texto de nueva constitución propuesto, asumiendo sin ningún pudor que es un respaldo a sus posiciones. Derivado de lo anterior, afirman que la gente rechazó los cambios al sistema previsional, la reforma a la salud, la desprivatización del agua, la reforma tributaria y un largo etcétera de asuntos propuesto por el oficialismo, la mayor parte de ellos incluidos en el programa de gobierno con que Gabriel Boric ganó las elecciones en 2021.

¿Cuándo se le preguntó a la ciudadanía su parecer sobre estos tópicos específicos? Nunca, hasta ahora, excepto por dudosas encuestas de opinión provenientes de empresas cuyos mandantes pertenecen a conocidos adherentes a la derecha. El punto es que algunos dirigentes de ese sector aseguran que representan a la gente cuando se oponen a cualquier cambio sustantivo en las materias señaladas.  Y para asegurar que eso no ocurra en el futuro no basta haber conjurado el peligro el 4 de septiembre, sino que deben diseñar una constitución que lo garantice.

Es en este contexto que la discusión y posible acuerdo sobre la continuidad del proceso constituyente se presenta compleja, cuando no imposible. Si se impone alguna de las fórmulas propuestas por la derecha –Chile Vamos, Amarillos, PDG– el texto sería redactado por un grupo de personas designadas por los mismos que hoy gozan de la menor confianza de la ciudadanía, esto es, el Congreso y los partidos políticos. A lo más se permitiría la elección democrática de un porcentaje de los redactores. A lo anterior hay que agregar lo ya consensuado, esto es, la existencia del árbitro designado y los famosos bordes, todo lo cual implica una verdadera camisa de fuerza para escribir un texto nuevo. Aceptar eso, para varios representantes de la izquierda, no sería ya una derrota, sino una renuncia a principios y convicciones.

Para la derecha, por su parte, ceder en una nueva convención, asamblea o cualquier otro nombre que adquiera el grupo de constituyentes, si es totalmente elegido por los votantes implica un riesgo, ya que no pueden controlar los nombres ni las posiciones ideológicas de los potenciales electos democráticamente. Y hay algunos –no todos, afortunadamente– que no tienen mucha convicción respecto al derecho de los ciudadanos a decidir en estos asuntos y creen en que ciertas élites iluminadas son más apropiadas para decidir sobre temas serios. De allí la nostalgia por los designados, que ya contenía la Constitución de Pinochet.

Si avanzan en algún tipo de acuerdo, es cierto que nadie quedará totalmente satisfecho, eso es más que probable. Aunque sin duda una constitución escrita por un porcentaje significativo de integrantes designados, bajo el cartel de expertos, será el triunfo de aquellos que con esta fórmula buscan asegurar que el Gatopardo se imponga nuevamente: cambiar algunas cosas menores para que nada sustancial cambie realmente.