Columna de Julio Salviat: José Sulantay, el juvenil que me deslumbró en mi adolescencia

Al fallecido entrenador lo vi como seleccionado juvenil en el primer Campeonato Sudamericano Sub 20, en 1958, cuando demostró una pasta de crack que no fue valorada adecuadamente en su carrera.

Por JULIO SALVIAT / Foto: ARCHIVO

El futbolero chileno conoce bien la historia de José Sulantay. Lo considera –y con razón-como el padre de esa generación dorada que tantas satisfacciones le dio al país y que pareció –sin ninguna razón- que encaminaría al fútbol chileno a alturas permanentes.

Se le recuerda más como entrenador que como jugador. Ese tercer lugar en el Campeonato Mundial Sub 20 en 2007 fue la culminación, aunque no el final, de una exitosa carrera que lo convirtió en símbolo de un trabajo bien realizado en muchos clubes, especialmente en La Serena, al que ascendió a la Primera A en 1987; Coquimbo, al que llevó a la Copa Libertadores, y Cobreloa, al que mantuvo invicto durante 27 fechas y lo sacó campeón en 1992. Antofagasta, Ovalle, Palestino, O’Higgins, Rangers y Municipal Iquique también lo tuvieron en sus filas.

“El Negro” tenía su carácter, pero era de buen trato. A su manera de ser se debe, primero, el descubrimiento de jugadores para esa selección juvenil que se consagró en Canadá. No se conformaba con las buenas recomendaciones: se dedicó a detectar talentos y a observarlos en su propio entorno antes de llevarlos al trabajo en Pinto Durán. Y, segundo, a su actitud paternal, pero firme en la disciplina, para encauzar a un grupo heterogéneo al que le inculcó la mentalidad ganadora y la ambición deportiva.

Ese carácter se dibujó con trazos muy firmes cuando el empresario de futbolistas Fernando Felicevich le revolvió el gallinero en su período de concentración con los sub 20 que adiestraba en el laboratorio de Macul. Lo echó del recinto cuando estaba en plena faena de recolección de representados. “Eso, hágalo afuera”, le dijo. Y le mostró la puerta.

A pesar de todos sus méritos, a José Sulantay prefiero recordarlo como jugador. Dos razones: porque fue subvalorado en nuestro medio, tal vez por su modestia, y porque en mi condición de hincha le vaticiné un futuro esplendoroso después de verlo en acción como seleccionado juvenil en el Campeonato Sudamericano de 1958.

Sulantay tenía 18 años y jugaba en La Serena; yo, 15 y estudiaba en el por entonces prestigioso Instituto Nacional. Me las ingeniaba para entrar gratis al estadio y me parecía pecado no asistir al debut de la Roja Chica en un torneo que había propuesto Fernando Riera como parte de su trabajo para formar el plantel mundialista de 1962.

Estaba desierto el Estadio Nacional, con menos de 10 mil personas, y el rival era Venezuela, por entonces un elenco de tercer orden. Ganó Chile 4-2, y Sulantay anotó el primer tanto a poco de empezar el partido. Me llamaron la atención su habilidad, su velocidad, su ambición. Jugaba con la número 8, propia del organizador de juego, pero era un 10, buen acompañante para el centrodelantero, que se llamaba Basilio González y jugaba en Unión Española.

Varios de ese equipo destacaron después como profesionales. Recuerdo a Jorge Dagnino y Miguel Iturrate, de Green Cross; Alfredo Zúñiga, de Magallanes; Jorge “El Mosco” Venegas, de Universidad de Chile; Fernando Ibáñez, de Universidad Católica; Cristián González, de Wanderers, y –aunque no jugó- Efraín Santander, que pronto se adueñaría del arco de Colo Colo. El único de ese plantel que llegó al Mundial fue el también cruzado Alberto Fouillioux.

Me perdí el partido siguiente, 2-3 contra Perú, pero estuve en el tercero, contra Argentina. De nuevo éramos poquísimos en el gran coliseo ñuñoíno. Y al seguir nuevamente los pasos de Sulantay reafirmé mi idea de que iba a ser un  crack: no se achicó nunca y le hizo un muy buen gol al arquero Néstor Errea que se convertiría pronto en un gran arquero de Boca Juniors y la selección trasandina.

Después de consagrarse en La Serena, anduvo en O’Higgins y Palestino antes de desempeñarse con bastante éxito en equipos de El Salvador (Universidad y Atlético Marte), Honduras (Atlético Coban) y Guatemala (Aurora). De regreso a Chile jugó en Antofagasta Portuario y se despidió en Coquimbo Unido después de 16 años de fructífera carrera.

Nunca entrevisté formalmente a José Sulantay, pero de eso conversábamos en nuestros encuentros. Nunca supe, y él no lo tenía claro, por qué no estuvo en la nómina del plantel mundialista del 62. Se encogía de hombros. Al frente yo tenía a un hombre canoso y ya algo arrugado, y yo lo seguía viendo con la mirada limpia y la cara sonriente de ese entusiasta juvenil que me deslumbró en mi adolescencia.