Columna de Julio Salviat: Las travesuras del “Polilla”

Saber que Fernando Espinoza, el gran goleador de Magallanes a comienzos de los años 70, ha fallecido, me trae recuerdos de mis primeros tiempos en la revista Estadio. Una entrevista lo mostró tal como era , y no como lo querían ver. En la foto, es el que está entre los dos jugadores con un balón.

Por JULIO SALVIAT / Fotos: ARCHIVO

-¿Y cuándo le vamos a hacer una nota al “Polilla”.

-No sé. Lo encuentro muy pelusón.

-¿Y si no es tanto?

-Dejémoslo ahí, ¿quieres?

Pasó un año antes de que el severo director de la revista Estadio, el gran maestro Antonino Vera, me pusiera en la pauta que entrevistara a Fernando Espinoza. Lo habían convencido la buena conducta que el jugador mostraba en la cancha y la cantidad de goles que había convertido en su primera temporada como jugador profesional.

Fui esa tarde de sábado a la sede de Magallanes, en el barrio Concha y Toro, donde el equipo albiceleste había almorzado y descansaba antes de un partido que debía disputar en Santa Laura y que resultaría decisivo para salvarse del descenso.

Conversé un par de horas con él, y ya tenía una buena noticia que darle a mi director: el “Polilla” no era una pelusón. Era un chiquillo alegre y bromista, pero tenía las cosas muy claras, tal vez porque todo le había costado mucho.

Fui al partido y la nota de la entrevista la escribí al día siguiente por la mañana. No me costó nada empezar:

El “Polilla” era su hermano mayor. Le decían así porque era presidente de curso y andaba metido en todas partes en la población Alessandri. Un día, Fernando Espinoza fue a jugar por el equipo del barrio. No sabían su nombre y lo apodaron “Polilla Chico”. Desde ese momento, él pasó a ser el “Polilla”. Y el hermano mayor recuperó su nombre de Hernán. En esa pichanga de una mañana de domingo comenzó a cambiar su destino. Lo de “Polilla” le quedaba bien por lo molestoso e inquieto en el área. Un dirigente de la filial de Santiago Wanderers habló con él, le hizo firmar unos papeles y pocas semanas después lo hacía debutar en torneo de cadetes. No le gustó el club, «porque no entrenaban nunca». Con algunos goles como carta de presentación fue a Colo Colo. Lo encontraron muy chico y muy flaco: «Ésta es una cancha; necesitamos jugadores, no jinetes». Y fue a dar a la Universidad Técnica.

Ahí estuvo desde Segunda Infantil hasta la disputa de algunos puntos en el equipo superior que jugaba en el Ascenso. Un buen equipo. Estaban Carlos Urzúa, el arquero suplente de la U; Escobar y Pinilla, de Everton; Arbiol y Herrera, de Calera; Boris Canales, de Unión San Felipe; Julio Guerrero, de Antofagasta; Jaime Barrera, de la U. Lindo equipo, pero no fueron campeones. El título se lo llevó Antofagasta. Y el cuadro se deshizo.

El «Polilla» en una de las varias portadas de Estadio que protagonizó.

En la “liquidación”, a él le correspondió partir a Magallanes. Ahí está. Las puertas se le abrieron amplias. Con apenas un año en primera división ya está en la lista de los seleccionados y tiene la posibilidad de un buen contrato en el extranjero. El Cuenca, de Ecuador, lo tiene en su lista de contrataciones, y la palabra definitiva debe llegar antes de que caiga la última hoja del año.

De esa entrevista, rescato un parrafito sobre el momento del fútbol chileno que todavía me conmueve:

“El problema es de jugadores. Más que eso, del niño que comienza a jugar. El fútbol no mejorará si no mejora la alimentación del niño chileno. . . ‘¿Usted tuvo ese problema?’, lo interrumpimos. ‘Claro. Yo lo sufrí. A los ocho años era huérfano. Mis padres murieron muy jóvenes. Tuve que irme a vivir con mi abuelita. Mi hermano mayor comenzó a trabajar, pero alcanzaba para poco…’. No hay resentimiento en el tono de ‘Polilla’ Espinoza. Lo dice con naturalidad, como con resignación. Quizá porque su caso sea una excepción. Porque la falta de una adecuada nutrición cuando niño aún no produce efectos en su organismo”.

El “Polilla” era un fenómeno: con 1,67 de estatura y 60 kilos de peso, parecía un pajarito. Pero sufrían los grandotes con su esquive endiablado y lo odiaban los arqueros por la certeza para definir. Al terminar el torneo de 1971, con Unión San Felipe como inesperado campeón, aparecía como segundo goleador del torneo, con dos tantos menos que el paraguayo Eladio Zárate, en ese momento artillero de la U, y en el ranking de los delanteros nacionales escoltaba a Osvaldo “el Pata Bendita” Castro.

Al año siguiente, fue máximo goleador del campeonato, con 25 tantos y con una gracia inigualada: hizo goles en cada uno de los seis primeros partidos del campeonato y estableció una marca de ocho anotaciones en esos seis encuentros.

En 1973 fue seleccionado nacional bajo las órdenes del excéntrico Rudi Gutendorf y participó en dos partidos del Minimundial de Brasil. Ese mismo año batió otro récord: en el que debe ser el partido de su vida, anotó la mitad de los goles en el 10-1 de la Roja sobre la selección de Tahiti. Con poco menos de 30 mil personas en el Estadio Nacional, la Roja se paseó de comienzo a fin en el partido más desigual de la historia. A los cinco abrazos para Espinoza, se sumaron tres a Jorge “Lulo” Socías y uno a Francisco “Chamaco” Valdés. El restante, que fue el inicial de la goleada y se produjo al minuto de juego, fue un autogol.

Lo bueno de esta historia es el momento en que Antonino Vera se vio obligado a reconocer los méritos del “Polilla”. Lo escribió así:

“Es capaz de zarandear una defensa a su antojo y es el típico caso del goleador chileno. De juego chispeante, improvisador, con acentuadas características de ‘pichanguero’, el centrodelantero de Magallanes se ganó a la galería con sus ‘verónicas’ y su tremendo desparpajo para golear. De físico esmirriado, de cuna humilde, esforzado, Fernando Espinoza aportó todo ese bagaje de picardía que puede engendrar un ‘palomilla’. Y con esos atributos se transformó en un artillero temible. Rápido, vivaz, de fútbol alegre, contagia por su espíritu. Es de los pocos delanteros a quienes no les molesta el balón en los pies. Y de los pocos que va solo al frente con la mente puesta en el arco rival. Su finta, su movilidad, su tremendo talento para improvisar sobre la marcha, lo elevaron a un primer plano notorio. Ver a Magallanes, fue en buena medida presenciar las ‘palomilladas’ del ‘Polilla’ y sus goles”.

Fernando Espinoza jugó después en Palestino, Wanderers, Naval y Deportes Linares. También celebró goles en Guatemala, defendiendo al club Tipografía Nacional. Pero el país futbolero lo recuerda con la camiseta albiceleste donde, pareciendo tan frágil, fue un grande de verdad.