Columna de Julio Salviat: Los cuatro ases del disparo

De distintas características, diferentes equipos y desiguales logros, Leonel Sánchez, Osvaldo Castro, Juan Carlos Orellana y Jorge Aravena tuvieron dos aspectos que los transformaron en personajes únicos: el pie zurdo pequeño y el descomunal remate.

Por JULIO SALVIAT / Fotos: ARCHIVO

El fallecimiento de Juan Carlos Orellana, este jueves, trae a la memoria a los grandes cañoneros del futbol chileno en toda su historia. En este rubro, el “Zurdo de Barrancas” se pone de inmediato al lado de tres nombres insignes: Leonel Sánchez, Osvaldo Castro y Jorge Aravena.

No hay en el medio actual jugadores que consigan darle al balón la velocidad que ellos lograron. Ese obús que salía del pie izquierdo de estos singulares personajes de pie pequeño ya no se ve en nuestras canchas. Ya no se aceleran los corazones ni tiemblan los arqueros como ocurría cuando esos cuatro ases del gol estaban a punto de disparar, cualquiera fuera la distancia.

ARCHIVOS AJADOS

En los años 40, cuando el fútbol chileno apenas había traspasado la prehistoria, dos futbolistas maravillaban por la potencia de sus remates.

Uno jugaba en Bádminton, el equipo del “por altito y sin bote”: Carlos Ataglich. El otro usaba boina blanca, causaba el terror de defensores y arqueros con su “pique, chute y gol”, encantaba a los seguidores de Colo Colo y contribuyó decisivamente a los títulos albos de 1937 y 1941: Enrique “El Tigre” Sorrel.

En la década siguiente, el gran cañonero fue Pedro Hugo López, un calerano que vistió los colores de Colo Colo, Universidad de Chile y Unión Española y que murió atacado por una gangrena cuando apenas había cumplido 31 años de edad.

Otro que por esos años llamaba la atención en este aspecto era Jorge Robledo. “El Gringo” tenía una técnica especial que le permitía darle mucha potencia al disparo sin que la pelota se elevara. Un compañero suyo, el colocolino Arturo Farías, se hacía ver en los tiros libres, verdaderos cañonazos que pasaban rozando las agachadas cabezas de los que formaban la barrera.

Eladio Rojas quedó inscrito en la historia del Mundial del 62 con los cañonazos que le dieron el triunfo a Chile frente a la Unión Soviética en Arica y a Yugoslavia en la definición del tercer puesto. Sus potentísimos disparos dejaron estático al legendario Lev Yashin y descolocado por un leve roce al solvente Milutin Skocic.

Por esos años 60, apareció otro que le daba con un fierro a la pelota, pero no tuvo historia larga: Fernando Toro, un espigado mediocampista que se formó en Magallanes y que también llegó a Colo Colo.

Son de tiempos más actuales los imborrables en este rubro y los cuatro tienen dos características en común: todos zurdos y ninguno calzaba más de 37.

Leonel Sánchez asombró a los asistentes de un partido sabatino en el estadio Santa Laura la tarde que debutó con 17 años de edad. Llamado a servir un córner, en vez de realizar un centro sacó un disparo. La pelota salió como un misil, pasó a media altura por las cercanías del área chica y se perdió por el otro costado sin nadie lograra conectar el balón.

Leonel, a secas, como lo conoce el hincha futbolero, debutó a los 17 años con la camiseta de Universidad de Chile.

La revista Estadio reparó pronto en la gran virtud de ese “pollito” de la U que con el tiempo se convertiría en el ídolo máximo de los azules. “Cuando baje un poco la mira causará estragos”, predijo Antonino Vera en una de sus crónicas.

Arqueros de todo el mundo, incluido el legendario Lev Yashin, sufrieron los rigores de esa zurda maravillosa. Por años lideró Leonel la lista de artilleros de la Selección y fue uno de los goleadores en el Mundial de 1962, con dos cañonazos al suizo Elsener, un tiro libre a Yashin y un penal a Gilmar.

Reproduzco a continuación lo que escribí, a propósito de cañoneros, hace siete años:

Osvaldo Castro ya traía el apodo de “Pata Bendita” cuando debutó en Unión Calera en 1965. Ya de juvenil había mostrado una zurda excepcional. En 1968 pasó a Deportes Concepción, y de ahí se fue a México sin pasar por los equipos “grandes” capitalinos, a los que solamente reforzó en torneos veraniegos. Consagrado en la Copa América de 1967, con Chile tercero en Uruguay, ya no pudo reeditar éxitos con la Roja, pese a participar en clasificatorias y (sin jugar) en el Mundial de Alemania.

Osvaldo «Pata Bendita» Castro con la camiseta del América de México. A pesar del tiempo transcurrido los hinchas de las Águilas lo siguen considerando un ídolo.

De todos modos, es el futbolista chileno más goleador de la historia. Anotó 373 goles en 592 partidos oficiales. Era tal la potencia de su disparo, que Los Angeles Rams y los Dallas Cowboys, equipos de la NFL, quisieron contratarlo nada más que para servir tiros libres en sus partidos de fútbol norteamericano.

Jorge Aravena también tuvo un apodo revelador: “El Mortero”. Para él no existían las distancias, como lo sufrió el arquero de México Carlos Heredia en un amistoso en Santiago. Ni los ángulos, como lo comprobó el portero de Uruguay, Rodolfo Rodríguez, en las clasificatorias mundialistas para México 86. De tiro libre o con pelota en movimiento, su disparo alcanzaba velocidades admirables.

El inolvidable gol del «Mortero» Aravena a Uruguay en el Nacional, casi sin ángulo. De hecho, allá al fondo aparece el goleador.

Aravena utilizó su zurda en Santiago Morning, Naval, la UC, Audax y Unión Española, y también la paseó triunfalmente por México (Puebla), Colombia (Deportivo Cali), Brasil (Portuguesa) y España (Valladolid). En Puebla quedó inscrito como uno de los mejores jugadores en la historia del club.

Si el tema es acerca de “cañoneros”, en el recuento no puede quedar ausente Juan Carlos Orellana, el “Zurdo de Barrancas”. Tras un breve paso por Green Cross de Temuco, a mediados de 1974 pasó a Colo Colo. Eximio pateador de tiros libres, Orellana era el único jugador albo que, terminado el entrenamiento, podía competirle de igual a igual al legendario Ferenk Puskas en disparos desde fuera del área o en tiros libres en los que había que superar una barrera metálica que simulaba jugadores. Puskas, húngaro-español, figura inmensa junto a Di Stéfano en el Real Madrid cinco veces campeón de Europa entre los años 1955 y 1960, a pesar de sus años y abultado abdomen ubicaba la pelota donde quería. Y con una potencia envidiable, además… En el plantel albo de ese año (1978) todos rehuían el duelo que proponía Puskas, por entonces director técnico del Cacique, menos Orellana.

Juan Carlos Orellana probando su zurda en un entrenamiento.

De los muchos goles de distancia que anotó, hay uno que resulta inolvidable. Nadie se imaginó que buscaría el arco prácticamente desde mitad de cancha en un tiro libre. Hugo Carballo, arquero de la U, pareció pensar lo mismo, porque cuando quiso reaccionar, el balón, que fue tomando un efecto increíble, se metió violentamente superando su estirada.

Ese partido, jugado en julio de 1977, en un Estadio Nacional copado por más de 60 mil espectadores, terminó 5 a 4 favorable a los albos.

Tras jugar por Colo Colo entre 1974 y 1980, partió a O’Higgins, donde estuvo tres temporadas. En 1984 retorna a Santiago para defender a Unión Española y en 1985 se retira, defendiendo la camiseta de Antofagasta.

Agrego algo, para terminar: de los cuatro ases del disparo, sólo Aravena supo qué velocidad alcanzaba el balón con sus disparos. La máquina que lo midió estableció un promedio de 138 kilómetros por hora. Pero hubo uno, de la veintena que lanzó, que llegó a ¡184!