Columna de Julio Salviat: Una hazaña con los pies en la calle

La selección de fútbol callejero obtuvo recientemente el tricampeonato mundial en Sacramento, Estados Unidos. Una demostración de que el trabajo metódico da buenos frutos y una lección para el profesionalismo.

Por JULIO SALVIAT / Foto: TWITTER

Las reglas no estaban escritas, pero se practicaban sin árbitro. Los equipos los formaban los dos mejores del barrio eligiendo a los jugadores de a uno hasta incluirlos a todos. El tiempo era indeterminado, y el encuentro terminaba generalmente cuando el llamado “a entrarse” era de la mamá del dueño de la pelota. Largo y ancho de la cancha dependían de la calle en que se jugara y las mejores paredes eran las que se hacían pidiéndole la devolución a la cuneta.

Los niños de hoy se perdieron la maravilla de las pichangas callejeras, con arcos formados por piedras cubiertas con ropa y pelotas armadas con trapos y redondeadas con un calcetín. Ya no hay vías sin tránsito de vehículos, ni tantas ganas de jugar.

El asunto viene al caso por una noticia que da cuenta de que hace algunos días una selección chilena se clasificó campeón mundial en un torneo oficial de fútbol-calle. En Sacramento, Estados Unidos, la Roja callejera logró el “tri” venciendo a México por 5 a 3, revalidando logros conseguidos en Ciudad de México en 2012 y en Santiago el 2014. Subcampeón fue tres veces, también: 2010,1018 y 2020. Y cuarto, en tres ocasiones: 2013, 2016 y 2017… La pandemia, que suspendió la realización del torneo durante tres años, impidió más hazañas.

La selección femenina también ha hecho historia: logró esta vez el subcampeonato, al perder 2-0 con México en la final, pero en 2014 logró el título y en otras dos versiones, 2013 y 2017, fue segunda.

Revisando tanto logro, la pregunta salta sola: ¿Cómo se logra eso?

No se trata de una generación dorada, como sucede con el fútbol profesional. Al revés: lejos de las comodidades, los planteles se van cambiando en cada torneo. Hay que buscarlos. Y los encargados de eso recorren todo el país en procura de talentos para formar finalmente un grupo que trabaja durante tres meses perfeccionando su juego.

A esa selección –y ésta es otra gracia- no entra cualquiera. Solamente se admite a mayores de 18 años y vulnerables socialmente. Tienen que acreditar al menos uno de los criterios establecidos por la Homelesss World Cup, el organismo que organiza el torneo universal, y que son los siguientes:

° Condiciones de precariedad: vivienda, trabajo, educación, situación de calle…

° Vulnerabilidad barrial: inseguridad violencia, estigma, accesos nulos o limitados.

° Hogares en situación de riesgo: familia monoparental, hogar unipersonal, negligencia en el cuidado, abandono…

° Consumo problemático de alcohol y/o drogas.

° Historial de socialización delictual (detenciones, problemas judiciales).

No es fácil trabajar con ese plantel. Hay problemas de carácter, de trato y sobre todo de inconstancia. “Un tipo puede andar muy bien, porque es habilidoso, pillo, rápido y valiente, pero si no es constante, no llega. Nos han tocado casos así: anda bien tres semanas, desaparece tres, vuelve a entrenar y vuelve a caer”, contaba hace un tiempo uno de los encargados del proceso de selección.

Es muy importante lo que lograron nuestros pichangueros de la calle. Pero, sobre todo, muy valioso para ellos mismos. En el proceso lograron desarrollar lo que la Organización Mundial de la Salud denomina las 10 Habilidades para la Vida: conocimiento de sí mismo, empatía, comunicación afectiva, relaciones interpersonales, toma de decisiones, resolución de problemas y conflictos, pensamiento creativo, pensamiento crítico, manejo de sentimientos y emociones y manejo de tensiones y estrés.

Esos campeones y esas subcampeonas tienen ahora otra manera de mirar el mundo y afrontar la vida.