Columna de Lautaro Guerrero: “Chino” Ríos, un rotito con plata que sigue siendo el ordinario de siempre

Donde estuvo dejó su marca de picante y rasca, pero puede que ahora la pista se le ponga pesada, por arrastrarles el poncho a gringos que acostumbran a no meterse con nadie, pero que, por lo mismo, no toleran a los odiosos que joden la pita de puro gusto.

Por LAUTARO GUERRERO / Foto: ARCHIVO

Los chilenos, a través de nuestra historia, y en lo que a deporte respecta, hemos tenido que conocer y a veces hasta tolerar a todo tipo de personajes. La cosa era grata y fácil cuando el tipo, además de destacado en su deporte, era sensato, educado, y todo un caballero. Por suerte, esa lista fue siempre más larga. Pero se le complicaba la pega al periodista cuando te encargaban preocuparte de un fanfarrón, un antipático, o un tipo más pesado que un collar de melones. Siempre los hubo, pero por suerte y, generalmente, fueron los menos.

Es decir, la cosa estuvo bastante equilibrada y llevadera. Eso hasta que, en la década de los 90, apareció un tenista que los entendidos calificaron como un “fuera de serie”, “un portento”, destinado a transformarse en el mejor de todos los tiempos de un deporte que, en nuestro país, siempre tuvo exponentes destacados. Marcelo Ríos era su nombre, y se le conocía como el “Chino”. Y lo cierto es que, viéndolo jugar, o mejor dicho escuchando a los “expertos”, porque de tenis yo sé tanto como de astrofísica, al parecer el tipo era bueno.

Más allá de sus desplantes, de su evidente incivismo, lo elevamos a la categoría de ídolo. Con mayor razón cuando, venciendo a Andre Agassi, se transformó en el número uno del mundo. Como típicos ciudadanos de un país con escasísimos logros, deportivamente hablando, nos volvimos locos y lo elevamos a los altares al que sólo acceden unos pocos elegidos. Bien delirantes y pelotudos, todos nosotros, lo pusimos por encima de otros grandes, como Elías Figueroa, Arturo Godoy o la Marlene Ahrens, entre varios otros, para rendirle pleitesía y, en el colmo de la estupidez, consagrarlo no sólo como “Mejor Deportista”, sino como el “Mejor de todos los tiempos”.

El punto es que, como tu Número 1 duró menos que una parrillada para quince, yo llegué a la pueril pero más que válida conclusión de que sólo fuiste lo que en el boxeo se denomina “un campeón de circunstancias”. En palabras simples, un tipo que aprovecha su momento para derribar a un monarca, pero que en su primera defensa de la corona se va de zapatería. Y luego, si te he visto, no me acuerdo.

Tengo la tranquilidad de saber que nunca formé parte de esa manada de giles. Siendo bueno, para mí Ríos estaba sobrevalorado. De hecho, debe ser el único N° 1 del mundo que nunca ganó un Grand Slam. Siendo bueno, no habría podido jamás llevarle el bolso a Guillermo Vilas, por ejemplo, que nunca tuvo ese reconocimiento, pero que supo imponerse en algunos de los denominados “cuatro grandes” y hasta ganó el legendario “Torneo de Maestros”.

Como nunca he sido patriotero, y por lo mismo no podría jamás ser anti peruano, anti boliviano, anti argentino ni anti cualquier cosa, no tengo problemas en afirmar que Vilas fue mucho mejor que nuestro “Chino”. En todo sentido. De partida, el che era todo un caballero. Y si para ganarle un partido había poco menos que matarlo, el agrandado nuestro, en cuanto veía que un choque se le complicaba, botaba el “match” y se iba sin ningún tipo de vergüenza de la cancha.

Ni hablar si, con toda mi ignorancia tenística, lo pongo en la balanza con Sampras, Borg, Lendl, Becker, Federer, Djokovic o Nadal. Cualquiera de ellos no tendría por dónde empezar contigo, viejo… Lo demás es cuento y parte de otro mito más al que somos tan afectos los chilenos.

A casi dos décadas de su retiro, sin embargo, tenemos que seguir preocupándonos de este pinganilla inflado y desagradable. Y es que, para él al menos, su intrínseca rotería sigue siendo su marca de fábrica. Si en algún momento nos espantó atropellando de puro chistoso a su preparador físico Manolo Astorga, aforrándole a la “Quenita”, meando a sus eventuales compañeros de urinario e invitando a los periodistas a que “se la chuparan”, el despreciable personaje, por informaciones de prensa, sigue cometiendo las mismas ordinarieces de siempre, sólo que ahora en Estados Unidos, país que parece ser el sueño de los rascas de todo pelaje.

Un gringo de 37 años, de nombre Thomas Frascone, vecino de Indian Beach en Sarasota, estado de Florida, de acuerdo a las referencias de la prensa nacional, tiene por las cuerdas a este ídolo de pacotilla. Y es que, como todo rotito con plata, Ríos hasta se compró un Lamborghini para joderles la pita a sus vecinos. No para que le envidiaran el auto y se extrañaran de ver a un gañán manejando tamaño vehículo por calles elegantes de un sector de lo más exclusivo, sino para joderlos conduciendo a una velocidad excesiva y sacándole el jugo a un tubo de escape que transforma a cualquier motoquero ruidoso en conductor de un coche de guagua.

Acostumbrado a hacer en Chile lo que se le dio la gana, por esa inveterada estupidez nuestra de tratar a los “ídolos” con guante de seda, aunque tengan las patas de barro, Marcelo Ríos debe pensar que a los gringos les puede salir con cualquier baladronada y quedar muy campante. Y no, pues, pinganilla al cubo. Si algo tiene de bueno el sistema legal estadounidense es que, generalmente, no siempre, la cancha suele ser parejita. Y si se diera el extraño caso de que en este incidente específico no lo fuera, tampoco las tienes todas consigo, pues “Chinito”.

Porque tengo que informarte que, las pocas veces que los tribunales gringos solapadamente toman partido, es tratándose de la disputa entre un ricachón y un atorrante, entre negro y un blanco. Desde luego, voh, picante, no eres negro; pero eres latino, que para ellos viene siendo casi lo mismo. ¿Y qué crees que va a pensar el circunspecto juez cuando te vea chico, negro, venido a menos físicamente, sumamente carreteado y con más tatuajes que los “maras” salvadoreños? Si el tipo no desciende directamente de Salomón, lo más probable es que te dé con el mocho del hacha por picante, peliento y rosquero.

No sería malo que algo así te pasara. Te pondrían de una buena vez en tu lugar, rotito con plata.