Columna de Lautaro Guerrero: De la vergüenza de Qatar a la última muestra de dignidad que dio la URSS

En su génesis, esta Copa del Mundo será recordada por siempre como el torneo de la corrupción y la intolerancia. El dinero, que lo envilece todo, envileció también al fútbol. No está mal recordar, por ello, que un día como hoy, pero de 1973, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se negó a jugar en un Estadio Nacional convertido en campo de concentración.

Por LAUTARO GUERRERO / Fotos: ARCHIVO

En medio de la previa y los preparativos para el Mundial de Qatar 2022, las polémicas no estuvieron al margen. Partiendo, por cierto, con el otorgamiento de la sede a un país sin ninguna historia ni tradición futbolística. Ya sabemos cómo eso ocurrió. Los qataríes “mojaron” a medio mundo, comenzando por los mafiosos que dirigían la FIFA, y siguiendo con aquellos cuyos votos eran imprescindibles para vencer en la pugna a los Estados Unidos que, habiendo tenido la sede en 1994, aspiraban a tenerla de nuevo.

Estados Unidos podía tolerar, aunque no de buena gana, que la sede de 2018 la obtuviera Rusia. Diferencias políticas aparte, el fútbol ruso podía exhibir, además de una liga competitiva y décadas de tradición futbolera, dos títulos olímpicos y dos títulos mundiales juveniles, siendo todavía la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Pero que la otra posibilidad de volver a acoger un Mundial la obtuviera Qatar, en detrimento de la principal potencia militar y económica, aparte de gendarme del mundo, fue algo que los gringos no pudieron tolerar.

Y fue por eso, entre otras cosas, que Estados Unidos decidió meter mano en el corrupto sistema organizacional de su patio trasero, apretándoles las clavijas a la Concacaf (Confederación Centro y Norteamericana de Fútbol), y a la Conmebol (Confederación Sudamericana de Fútbol). Y como quien se mete con los gringos lo paga caro, todos aquellos que por décadas venían poniendo la mano como poruña, tuvieron que vestir un monono trajecito a rayas. Salvo Sergio Jadue, que optó por quedar libre a cambio de cantar para el FBI como un canario.

Doce años después del otorgamiento de la sede, hasta Joseph Blatter, presidente de la FIFA en aquel año 2010, tuvo que reconocer que entregarle la organización de la Copa del Mundo a Qatar 2022 fue un mayúsculo error. Después de todo, ya en sus cuarteles de invierno, el suizo sabía que lo comido y lo bailado no se le podía quitar nadie. Y los millones de dólares, tampoco.

Qatar 2022, para decirlo pronto y claro, quedará en la historia del mundo y del fútbol como el Mundial de la vergüenza. No sólo por los 6.500 trabajadores migrantes muertos desde que se iniciaron las obras en el país (estadios, hoteles, carreteras, líneas de metro), según cifras del diario inglés The Guardian, sino porque el sistema político y religioso que impera en el país musulmán, ha impuesto una serie de cortapisas a la libertad que a estas alturas de la historia son sencillamente intolerables.

Según el diario inglés The Guardian, cerca de 6.500 obreros, en su mayoría inmigrantes, murieron durante las faenas para el Mundial en Qatar, por las inclementes condiciones de trabajo.

Que se las tengan que aguantar los qataríes, vaya y pase. Pero que esas mismas restricciones se apliquen a los miles de turistas que han llegado al país, es inaceptable, con mayor razón cuando el gobierno de Qatar prometió una realidad distinta cuando se trató de dorarles la píldora a los frescos de la FIFA.

No son pocos los periodistas y camarógrafos que, haciendo despachos en directo desde Doha, Al Wakrah, Lusail o Mesaieed, han sido detenidos por la policía del régimen, acostumbrada desde siempre a controlar la información. A un día que se inaugurara el Mundial, las autoridades se despacharon con otra ordenanza polémica: la prohibición absoluta del consumo de cerveza, en circunstancias que la estadounidense Budweiser había aportado con 75 millones de dólares para auspiciar el evento y pensaba recuperarlos con creces en esta Copa del Mundo. Las minorías sexuales, por último, supieron desde siempre que en Qatar no iban a ser bien recibidas, y aquel que igual lo hizo, por ser fiel y alentar a sus colores, sabía de antemano que más de un mal rato se iba a llevar y hasta terminar en un calabozo en lugar de un estadio.

De lo único que hasta el momento se han salvado los turistas es de tener que rezarle a La Meca cinco veces al día, como ordena la religión musulmana. Es que eso ya sería el acabose, viejo, considerando que esos miles de turistas, aparte de no ser mayoritariamente adherentes al credo, carecen de la más mínima idea acerca de dónde y en qué dirección parar el poto para cumplir con el majadero rito.

En un mundo envilecido, se nos envileció también el fútbol, muchachos.

Los Mundiales, que tuvieron el más que adecuado número de 16 participantes, impidiendo con ello que se colaran países de fútbol corneta, subieron a 24 a partir de España 1982. Y a 32 a contar de Francia 1998. ¿Paramos la joda? Para nada, viejo. Los viejujos de la FIFA, codiciosos como todos, ya tienen decidido que a partir del próximo torneo, a desarrollarse en 2026 en Estados Unidos, Canadá y México, contarán con 48 selecciones participantes.

Si ya en este Qatar 2022 tenemos varios equipos de yapa, imagínense lo que va a ser el Mundial próximo. Capaz que hasta nosotros clasifiquemos. Todo sea por el vil dinero.

Quizá si una de las últimas muestras de dignidad futbolera la dio la ya extinta Unión Soviética, cuando se negó a venir a Chile a enfrentar a la Roja en un Estadio Nacional convertido en un campo de concentración por los milicos. Fue un día como hoy, 21 de noviembre de 1973, cuando tras el empate sin goles registrado en Moscú, los soviéticos se negaron a viajar, tras agotar las gestiones para que la FIFA cambiara la sede de ese partido, definitorio para el Mundial de 1974, en Alemania.

Foto de un diario ruso con Elías Figueroa ganando por arriba ante el ataque soviético.

De nada valió que el dictador rasca y patán ordenara trasladar los presos, que se hacinaban en camarines y pasillos interiores, para mostrar un Estadio Nacional normal y ya sin atisbos de golpizas, torturas y fusilamientos tanto reales como simulados, otra forma de tortura.

Los soviéticos no llegaron y, sabiéndolo por anticipado, nuestra Federación de Fútbol, organizó un partido amistoso frente al Santos brasileño y una previa que debe estar entre lo más picante y ordinario que se debe haber escenificado jamás en una cancha de fútbol. Los cinco atacantes, encabezados por el “Chamaco” Valdés, capitán del equipo, partieron desde el círculo central hacia el arco sur, tocándose entre ellos la pelota hasta que, invadida el área chica, el “Chamaco” –como decía un relator deportivo de la época- hizo inflar las redes de un balazo.

Francisco «Chamaco» Valdés anota el gol simbólico en el llamado «partido fantasma».

Los 15 mil asistentes al sainete aplaudieron a rabiar. Hubo algunos que hasta se abrazaron. Sólo unos pocos, acaso para testimoniar que no todo está perdido respecto de la condición humana, no pudieron ocultar el sonrojo que invadió sus rostros. Y es que una mascarada como ésa no se había visto nunca en una cancha chilena, ni entre el “Si me llaman voy FC” y el “Tres pilitas de huano FC”.

Aquella tarde hicimos el ridículo por partida doble. Porque esos delanteros, que para anotar un gol fantasma se habían floreado, después, frente al Santos, dieron la hora y no la agarraron ni con la mano. Los “grones” nos encajaron cinco y nos dieron un baile a toda orquesta.