Columna de Lautaro Guerrero: ¿De qué forma combatimos a los “semilla de maldad” que actúan como jaurías humanas?

Viña del Mar y Valparaíso están tomados por patotas de émulos del “Cizarro” que, por ser niños, saben que pueden robar, agredir y cogotear con total impunidad. Estos precoces delincuentes dejaron aterrorizada a una pareja de turistas argentinos que tuvo la mala suerte de encontrarse con ellos. Como sociedad, ¿vamos a quedarnos de brazos cruzados?

Por LAUTARO GUERRERO / Foto: CAPTURA

Los gritos aterrados y desgarradores de esa turista argentina, siendo asaltada junto a su marido estando como turistas en Viña del Mar y Valparaíso, no sólo nos congeló el corazón. Nos produjo una sensación de desbordante indignación y vergüenza. Y es que, de acuerdo a los testigos, se trata de “niños” no mayores de 16 años, que roban y atracan en jauría a sabiendas de que, aunque los pillen, son menores de edad. Por lo tanto, aparte de un forcejeo que hiera sus frágiles y delicados cuerpecitos, los pinganillas saldrán al rato para quedar, una vez más, impunes.

Los carabineros, esos mismos que sudaron la gota gorda para atrapar a estos semillas de maldad, saben que, aunque les piquen los bototos por darles a esos precoces delincuentes una más que merecida pateadura, a lo más van a darles una palmadita en el poto para enviarlos a casa junto a sus papitos. Y el ciclo continúa: libres una vez más, no tardarán nada en reorganizarse para continuar sembrando el terror en las calles porteñas y viñamarinas.

La bien conocida historia del “Cizarro” se repite una y mil veces.

La pregunta es: ¿cómo sociedad, podemos quedarnos de brazos cruzados ante la actuación impúdica y delincuencial de esta lacra, que en el fondo se ríe a mandíbula batiente de todos nosotros, los giles? Porque no tienen edad para ir a parar donde debieran estar, ¿significa que debemos resignarnos a ser sus víctimas las veces que a estos “niños” se les ocurra?

No, viejo. Ya estamos hartos del “buenismo” de nuestras leyes y nuestras autoridades. De estar sujetos a normas internacionales que no se condicen con los tiempos, y que se preocupan mucho más de los delincuentes que de las víctimas.

Hay que respetar “los derechos del niño”, rezan los tratados que nuestros gobiernos, tan borregos respecto de los que mandan el mundo como lo somos nosotros de nuestros propios gobernantes, han firmado. Y eso, que en otros tiempos pudiera haber parecido la cosa más sensata y justa del mundo, no lo es hoy, cuando a nivel global existe una delincuencia desatada y los cabros chicos suelen ser más crueles aún y más sanguinarios que los patos malos experimentados.

Un arreglo hay que buscarle a esto, muchachos, porque los “Cizarros” se están reproduciendo cual “gremlins” y nos están avisando que tenemos varias generaciones de patos malos por delante para hacernos la vida aún más miserable. ¿Estos semillas de maldad no pagan por sus tropelías? Bueno, entonces que paguen sus papitos, porque de una u otra forma hay que buscar que un arresto les duela y no se transforme en un chiste. Y si los papitos están presos, que también es lo más probable, entonces rebajemos la edad de imputación, y que los pinganillas sepan que no se la van a llevar pelada.

Dejémonos de ser ingenuos. Mejor dicho, cabreémonos de ser pelotudos. Estos precoces delincuentes se las conocen por libro y, al saberse impunes, saben también que tienen chipe libre para hacer lo que se les venga en gana. ¿Qué tal si los meten aunque sea por pocos días al chucho? ¿Y qué tal si esos días aumentan en el caso de que se vean envueltos en un hecho de sangre?

No dudo que se nos tiraría al cogote la comunidad internacional. Que la ONU y los defensores de los derechos humanos pondrían el grito en el cielo. Mala suerte nomás. Como país soberano que somos tenemos derecho a dictar nuestras propias normas, por draconianas que parezcan, con tal de defendernos y defender a los inocentes y a los decentes.

Los gringos, que como gendarmes del mundo les dicen a todos cómo hay que actuar, no han trepidado en juzgar como adultos a cabros de 14 y 15 años que asesinaron alevosamente. Los ingleses, años atrás, también juzgaron como adultos a dos pelusones que no superaban los 12 años, pero que, en su “infantil inocencia”, raptaron en un centro comercial a un niño de 4 años para torturarlo y luego darle muerte. Y el mundo no se vino abajo, fíjese usted. Tampoco estadounidenses e ingleses fueron amenazados con todo tipo de sanciones –morales y económicas-, por el resto de la comunidad internacional, espantada de la barbarie que habían cometido.

No soy lo que llaman “facho”. Nunca lo he sido. Pero no tengo temor de reconocer que, frente a los delincuentes, de todas las raleas y de todas las edades, soy más facho que Nayib Bukele. ¿Quién es Bukele? No, no es, como podría parecer, presidente de Sudán o Senegal. Es presidente de El Salvador, y desde que se hizo del poder les ha hecho la vida imposible a las “Maras”, temible mafia cuyos aberrantes crímenes hasta superan la crueldad que ejercen los narcos.

Hasta les hizo pedazos las tumbas. No se salvó ninguna cuya lápida tuviera la más mínima apología al pasado criminal del finado.

Acá, en cambio, los funerales de los narcos suelen ser escoltados por la policía, en lugar de aprovechar la oportunidad para agarrarlos a todos. Y se les respetan como huesito santo las animitas que estos indeseables levantan en cualquier lugar público para homenajear a sus héroes de pacotilla.

Cuesta decirlo, pero, ¿no será hora de probar con un Bukele? Digo, un “Bukele” que no se aproveche del pánico para asesinar sindicalistas y gente de izquierda, como lo hicieron en Brasil, bajo dictadura, los tristemente célebres “escuadrones de la muerte”. Barbaridades que también se cometieron en la dictadura nuestra.

En esta hora del sálvese quien pueda, o les damos la pelea con todo a los patos malos o, simplemente, levantamos ambas manos y como sociedad nos rendimos definitivamente frente a esta lacra.