Columna de Lautaro Guerrero: La colosal mentira de la “educación superior”

Cuando la dictadura militar y sus siniestros asesores civiles inventaron como un negocio más las Universidades privadas, la hicieron completita. No sólo esquilman a los cabros con mensualidades prohibitivas para cualquier hijo de vecino, sino que después obtienen mano de obra profesional baratita. Sencillamente porque este país de juguete tiene una oferta que no puede con la demanda.

Por LAUTARO GUERRERO / ATON

En pleno proceso de rendición de la prueba PAES, para ingresar a la Universidad, un matutino traía un par de páginas valiosísimas para los aproximadamente 275 mil muchachos, aproximadamente, que cumplieron con tal exigencia para ingresar a la educación superior.

Valiosísimas porque, basándose en datos oficiales entregados por el Ministerio de Educación, abarcaban un completo panorama acerca de las 109 carreras a las que los jóvenes pueden postular en cualquiera de las 56 universidades públicas o privadas que existen en el país, considerando sueldo promedio, empleabilidad, total de alumnos de la carrera y número de titulados el año pasado.

No me sorprendió para nada, por supuesto, leer que en este ranking “la llevaban” Medicina y las ingenierías de todo tipo, desde la de minas hasta la eléctrica, pasando por la comercial, carrera “top” en la década de los 70 del siglo pasado. Aparecían no sólo como las mejor remuneradas, sino las con mayor cantidad de alumnos y mayor índice de empleabilidad.

Y es lógico. Los aspirantes a médicos saben -como lo saben los dueños de botillerías- que siempre van a tener clientes de sobra, al paso que los cabros buenos para los números van a ser permanentemente muy requeridos por empresas de todo tipo.

Tampoco me sorprendió para nada ver el otro lado de la medalla. Es decir, que Realizador de Cine y Televisión, y Artes y Licenciatura en Artes, no sólo son dos carreras muy poco apetecidas, sino aquellas con menos alumnos, menores sueldos y menor índice de empleabilidad.

Porque, ¿quién hace cine en Chile? Salvo unos pocos locos delirantes, que apuestan hasta la camisa por algún proyecto serio, nuestra “industria cinematográfica” no pasa de ser un taller artesanal que busca denodadamente darle el palo al gato. Y aunque a veces efectivamente lo da, mayoritariamente es una productora incesante de bodrios infumables que pasan sin pena ni gloria. Películas de peso veinte que a veces hasta han sido concebidas con aviesas intenciones. Como la filmografía rasca y ramplona de un Nicolás López que, jurándose un “zar” de Hollywood al estilo Harvey Weinstein, acosaba y hasta violaba a jóvenes actrices aspirantes a estrellas que, soñando con emular a Julia Roberts o a Meryl Streep, se transformaban en víctimas de este cineasta tan carente de talento como pinganilla y degenereque.

Ni qué decir de una carrera relacionada con las Artes o Licenciatura en Artes. ¿Dónde van a encontrar pega esos muchachos, en una sociedad cuyo foco está puesto en actividades que sólo produzcan dinero, y cuanto más rápido, mejor? ¿A alguien en este país le interesa el verdadero arte? Porque, además, los conceptos suelen estar distorsionados. Hay zopencos que estiman que es un arte llenar las paredes de la ciudad de mamarrachos, que ellos llaman pretenciosamente “graffities”, o pintarrajear los vagones del Metro para “expresarse”, en circunstancias que el mate ni siquiera les da para hablar de corrido.

Pero donde definitivamente casi se me cayó el pelo y quedé a punto del soponcio fue cuando, como viejo periodista, fui a escudriñar en los datos que aportaba el matutino sobre mi carrera, que a pesar de todo sigue existiendo, aunque a estas alturas de la vida pareciera más tema para historiadores o arqueólogos.

Pude ver, con asombro, que el diario señalaba los datos aportados por el portal Mifuturo.cl, del Ministerio de Educación, donde Periodismo aparece para el año 2022 con un sueldo promedio de 1 millón trescientos 30 mil pesos y monedas, mostrando un importante incremento respecto del 2021, en que cada muchachín que obtenía su cartoncito se echaba al bolsillo poco más de un millón cien luquitas mensuales.

No era todo. Si los datos acerca de las remuneraciones de los periodistas ya eran bastante dudosos, por no decir derechamente para la risa, el dato acerca de la empleabilidad de la carrera me dejó absolutamente turulato, al borde del patatús. Según nuestro siempre bien ponderado Ministerio de Educación, de cada cien muchachos que salen a la calle, prácticamente 77 de ellos agarran pega de inmediato.

Según la misma fuente, el año pasado se titularon 1.222 nuevos periodistas, de un universo total de 7.368 cabros que, en aquellas Universidades que imparten la carrera, están convencidos de seguir los pasos de los grandes referentes del periodismo nacional. ¿Y me van a decir, tropa de zopencos, que de ellos 976 se ubicaron rápidamente en una pega? ¿Y que el promedio de sueldo de esos afortunados supera el millón 300 luquitas mensuales?

¿En qué mundo viven, manga de mentirosos y vendedores de pomadas? ¿Dónde se ubican esos muchachos en un país que cada vez tiene menos diarios en papel y ni hablar de revistas? ¿En el que las radios le llaman pomposamente “departamento de prensa” al encargado de recolectar boletines o piratear lo que traen otros medios digitales? ¿En el que los propios medios digitales, como gran cosa, pueden ofrecerte un sueldo miserable de 450 lucas y si te gusta bueno, y si no, bien también? Después de todo, abundan los “cesantes ilustrados” que, después de quemarse las pestañas por cinco años promedio, están dispuestos a recibir cualquier cosa ante la alternativa de estar absolutamente patos y seguir macheteando a los papitos, que también las ven negras en este país de sueldos para la risa y supervivencia épica.

Los dueños de este país, cuando los milicos y sus siniestros asesores civiles decidieron crear la educación superior privada, por supuesto concebida como un negocio, la hicieron completita. Porque no sólo esquilman a los ilusionados cabros cobrándoles mensualidades prohibitivas para el bolsillo de cualquier hijo de vecino, sino que después obtienen mano de obra baratita, simplemente porque la oferta de trabajo definitivamente no puede con la demanda.

A los sueldos miserables se suma una precariedad en el trabajo que asombra tanto como espanta e irrita. Conocí una vez de un ingeniero comercial que, sin pega, manejaba un taxi. Desesperado, el muchacho se mostraba dispuesto a trabajar en lo suyo, aunque fuera por 500 lucas. De otro que, tras estudiar para tecnólogo médico, jamás ha podido mantenerse por más de tres meses en un trabajo. Y no porque en algún examen haya errado o metido la pata. Simplemente, cuando llega el momento de que por ley hay que hacerle contrato, le dicen hasta aquí no más llegamos, porque dejarlo significa pagarle imposiciones y ese es un gasto que laboratorios, clínicas u hospitales, no pueden permitirse.

Los malditos saben que, detrás de ese muchacho despedido, hay una fila inmensa de postulantes tratando de ubicarse en una pega. Y elegido el reemplazante, ese muchacho o muchacha adquiere automáticamente la categoría de un yogur cualquiera: tiene tres meses como fecha de vencimiento.

Ese es el Chile que estamos viviendo. Con los dueños del país haciendo lo que se les antoja y el perraje agachando la cabeza y resignado a seguir aguantando lo que venga. Pero, tristemente, he llegado a la conclusión de que eso nos gusta, y que sólo pegamos el corcoveo cuando la rebeldía de un pequeño grupo, como sea, le hace sentido al resto de los borregos.