Columna de Marco Sotomayor: El insólito reproche de Gabriel Boric o el síndrome de Estocolmo

El primer mandatario tuvo un arranque de honestidad hace algunos días en el encuentro anual de la Sofofa, y apuntó a la línea editorial de algunos medios nacionales: «Al leer El Mercurio, La Tercera, La Segunda, pareciera que viviéramos en un país infernal», fue su conclusión.

Por MARCO SOTOMAYOR / Foto: PRESIDENCIA

Sus palabras, obvio, fueron objeto de reproches, aplausos, análisis sesudos u otros de menor tonelaje, porque junto al juicio descrito más arriba, agregó: “Tenemos muchas buenas noticias que dar. Yo cuando veo los titulares de los diarios, en verdad leo poco los diarios, pero es impresionante el afán por preferir las malas».

Sin embargo, lo que olvidaron los expertos en sus respectivas disecciones fue la gran contradicción en la que incurrió el Presidente. No hablo de un contrasentido menor, si no de uno mayúsculo, gigante, y que del que nadie quiere o se atreve a hablar.

Antes, algo de contexto.

No es un misterio la tendencia ideológica que se esconde detrás de ambos conglomerados periodísticos: El Mercurio y La Segunda, pertenecientes a la familia Edwards, cuyo sello en el Golpe de Estado del ’73 seguirá indeleble hasta el fin de los tiempos. La Tercera, en manos del grupo Saieh, es decir, representante del gran capital, de los sostenedores del modelo neoliberal, de los amigos de las privatizaciones, etc.

Eso lo sé yo, lo sabe usted y, por supuesto, lo sabe Boric.

Por lo mismo, tanto El Mercurio, La Segunda y La Tercera son opositores a la actual administración y lo reflejan periódicamente en sus contenidos y, sobre todo, en sus editoriales. Resulta tan evidente, que el propio Presidente tuvo esa salida de libreto en un encuentro nada menos que en la mismísima sede de la Sofofa.

Dicho esto, habría que preguntarle a Gabriel Boric que, si tiene tan clara la película, ¿por qué valida permanentemente a esos medios por sobre otros más independientes?

Esa valoración va por dos caminos:

  1. a) A través de sus constantes apariciones en dichos diarios, cuya simple invitación genera un revuelo entre su equipo de comunicaciones, casi como si lo llamasen desde la BBC de Londres o del New York Times. Esto se replica en cada ministerio y repartición pública. Lo sé, porque conozco a muchos (as) colegas que trabajan en el aparato estatal y me cuentan lo que produce un llamado de cualquiera de los medios en cuestión. ¿Entrevistas para medios emergentes? Difícil, casi imposible.
  2. b) Mediante ingentes aportes económicos por la publicidad. Acá la situación se vuelve mucho más compleja: ¿por qué un gobierno que ve cómo esos diarios describen «un país infernal», de forma parcial y tendenciosa, le otorga miles y millones de pesos en publicidad al año? Sí, pues, ya que tanto la familia Edwards, como Álvaro Saieh, son los regalones a la hora de adjudicarse esas inversiones: según Interferencia, El Mercurio recibió 3.000 millones de pesos del Estado por trato directo en 2022, ¿qué tal?

El Presidente se queja por ese «afán de preferir las malas noticias», pero, en una contradicción flagrante, entrega millones a los medios que denuestan su administración, exacerban los problemas y hasta caen en fake news francamente impresentables. Para los independientes, poco o nada.

¿Cómo explicar esta especie de «esquizofrenia» (o bipolaridad)? Quizá recurriendo a una sentencia de mi amigo, el escritor Marcelo Mellado: «El Mercurio miente, pero legitima», me dijo hace varios años.

La diferencia es que -según mi corta memoria- ningún otro Presidente en este siglo había golpeado la mesa respecto de la línea editorial de estos grandes conglomerados periodísticos. Pese a ello, no caben dudas de que la actual administración seguirá llenando las arcas de dichos diarios con millones y millones por concepto de publicidad estatal.

Sin temor a equivocarme, acá estamos en presencia de otra variante del conocido síndrome de Estocolmo, ese trastorno que nació en Suecia, en 1973, durante el asalto a un banco, y que los especialistas definen como «una respuesta psicológica, que ocurre cuando los rehenes o víctimas de abuso crean vínculos con sus captores o abusadores. Esta conexión se desarrolla a lo largo de los días, semanas, meses, o incluso años de cautiverio o abuso».

En dicho robo, las víctimas empatizaron a tal punto con los secuestradores, que no sólo atestiguaron a su favor durante el juicio, sino que contribuyeron económicamente en la defensa de los delincuentes.

¿Suena parecido?