Columna de Marco Sotomayor: Santa Laura, el estadio de todos

No es posible concebir el desarrollo del fútbol en Santiago sin el recinto de Plaza Chacabuco. Ésta no es una hipótesis ni un arranque afectivo del autor de la columna (reconocido hincha de Unión Española), sino que nace de una realidad pura y dura: el fortín de la comuna de Independencia albergó, por décadas, la localía de todos los equipos de la Región Metropolitana. De todos.

Por MARCO SOTOMAYOR / Foto: ARCHIVO 

Pensemos que desde los albores del fútbol profesional en Chile, nuestra capital contaba con pocos escenarios para desarrollar torneos. A saber: el Fortín Mapocho (en en Balmaceda con Cumming, a 10 cuadras de la Plaza de Armas); el Gath y Chaves (asociado a la empresa del mismo nombre, en Lota con Los Leones, un señorial sector de Providencia), y el Estadio Independencia (de Universidad Católica, ubicado a escasas cuadras del Santa Laura, demolido en 1971).

En la década del 50, se sumó el Reinaldo Martín, perteneciente a la Fuerza Aérea (Gran Avenida, altura del 11 mil y tantos), que también contó con un equipo profesional: Deportes Aviación.

Sin embargo, la proliferación de clubes en la región sobrepasaba, con creces, la oferta de recintos deportivos: a las instituciones que hoy siguen vigentes (Colo Colo, las dos universidades, Magallanes, Santiago Morning y los tres de colonia) hay que agregar otros que desaparecieron, emigraron o se fusionaron para dar paso a la demografía actual.
Clubes como Santiago National, Morning Star, Iberia, Green Cross, Brigada Central (de Carabineros de Chile), Badminton, Ferroviarios y otros que se me escapan, también tenían sus sedes en la capital, ergo la demanda era alta.

Ni siquiera la irrupción del Estadio Nacional en 1931 logró paliar un déficit que fue in crescendo, en la medida de que varios de esos fortines cayeron en desuso. Sólo el Santa Laura mantuvo su vigencia y, pronto, todos los clubes buscaron allí su localía.

Así, el recinto de la Plaza Chacabuco se convirtió en «el estadio de todos», permitiendo el desarrollo y consolidación del fútbol santiaguino.

Pero no fue por mera necesidad de que el Santa Laura (hoy llamado Santa Laura/Universidad Sek, por el aporte económico que brinda dicha casa de estudios superiores) adquiriese un carácter patrimonial. Hubo otros factores para su paulatina instalación como el estadio más querido de Chile: su buena ubicación en un barrio residencial, de fácil acceso; el hecho de que sólo se tratase de un recinto de fútbol (pese a que albergó, en su momento, un velódromo, y fue y ha sido escenario para combates de boxeo, rugby, recitales de música y hasta una corrida de toros); los escasos incidentes de violencia en sus graderías, tan importante ahora, cuando los barra bravas pampean en todos los recintos, en todas las ciudades, y, sobre todo, el sello de pertenencia de los clubes que, en algún momento de su historia, vivieron jornadas épicas en esos pastos.

Nadie ha dejado de exclamar, «¡qué bien se ve el fútbol en Santa Laura!». Y esta afirmación, que ya forma parte del folclor del balompié chileno, no sólo responde a un tema meramente sensorial: obedece a un sentimiento profundo, a un afecto transversal por un símbolo de otra época que se mantiene fresco y vigente a la hora de cumplir 100 años.

Así, cuando ya despunta este 10 de mayo de 2023, el homenaje por el centenario brota solo y espontáneo. Escurre sin fórceps. Un homenaje humilde, pero sincero. Una columna que está lejos de condensar lo que representa Santa Laura en todas sus dimensiones, pero que ayuda a consolidar su rica bitácora.

Una historia -parafraseando a Gabriel Celaya- escrita con gritos en el cielo, pero que en su cancha, son actos…