Columna de Marco Sotomayor: Uruguay y la vieja costumbre de no saber perder…

Giménez agrede sin pudicia a un oficial de la FIFA; Cavani rompe una pantalla del VAR, camino al vestuario; otros jugadores optan por rodear al árbitro, intimidándolo…. Son los celestes en su dimensión más básica, patética y redundante. Como siempre, cuando quedan eliminados de un torneo.

Por MARCO SOTOMAYOR / Foto: FIFA

Ustedes ya conocen la película: pese a derrotar a Ghana, la selección uruguaya quedó eliminada en la primera fase del Qatar 2022, producto, entre otras cosas, de la victoria de Corea del Sur sobre Portugal, pero, fundamentalmente, porque el equipo se presentó al último partido como colistas del grupo, con apenas un punto y cero gol a favor.

La eliminación, por tanto, ya venía fraguándose de antes, y obligaba a Uruguay no sólo a ganar, sino a depender de otros resultados.

Antes de subrayar el patetismo del epílogo descrito más arriba, pensemos que la Celeste ya estaba (casi) fuera del evento: los jugadores criticaron, velada, pero públicamente, al técnico Diego Alonso, luego de la derrota frente a Portugal. Un indicio muy revelador sobre lo que pasaba en ese vestuario.

Y con un camarín quebrado es difícil pensar en palabras mayores. Miremos a Bélgica, por ejemplo, y la reflexión de Kevin De Bruyne hacia su equipo: «Nuestro tiempo para ser campeones del mundo fue en Rusia 2018, no ahora…». Dicho y hecho: tras la primera fase, los belgas también debieron hacer el equipaje.

¿Por qué Cavani y Giménez alzaron la voz contra su estratego? Porque a Alonso le quedó grande las responsabilidades de estar a la altura de un mundial y, de paso, reemplazar a Óscar Washington Tabárez.

Conservador, Alonso buscó como prioridad no dejar jugar al rival, antes de que proponer. El posicionamiento del equipo y su rigidez táctica le restó potencialidad a sus jugadores y hasta ese espíritu de revuelta que muestran históricamente los elencos uruguayos.

Fede Valverde, sin ir más lejos: la versión que mostró en Qatar dista mucho de su juego y gravitación que tiene en el Real Madrid, considerando que fue piedra angular en la obtención de la Champions ante el Liverpool.

Ni hablar de la ausencia de Giorgian De Arrascaeta en las formaciones titulares. Frente a Portugal, el volante del Flamengo entró a la cancha ya bien entrado el juego. Y contra los coreanos, no se movió del banco.

Así las cosas, en ese último duelo los uruguayos estaban demasiado condicionados. De Arrascaeta convirtió los goles de una victoria totalmente inútil para los anhelos colectivos, pero que sirvió de excelente corolario para acentuar la miopía de un técnico que prescindió de un jugador distinto.

Despues de la debacle, una reacción gutural, aunque siempre esperable de los uruguayos: sintiéndose víctimas de errores arbitrales (por el penal no sancionado contra Cavani), montaron un sainete matonesco, espurio y patético. Listo. Con eso se olvidan los errores del pasado; con eso pasan a ser depositarios de una injusticia deportiva; con eso mantienen en alto la «garra charrúa», porque «ay, de quién se meta con nosotros…». O algo así.

Si la FIFA no fuese la organización oscura y perturbadora que es, pensaríamos en castigos ejemplificadores para los responsables de un desenlace más propio de un torneo de barrio que de un mundial de fútbol. Para terminar de una vez por todas con esa tontera de querer ganar a lo «guapo», lo que no se consigue con buen fútbol, respeto y fair play.

Elementos también importantes cuando se aspira a trascender.