Columna de Rodrigo Cabrillana: Joan Jara, acervo de la ternura y la consecuencia social

La compañera de Víctor Jara fue una personalidad siempre accesible, generosa, vigilante y amable que no dudaba en compartir su palabra con quién la requiriera. Este domingo nos enteramos de su partida, a tan sólo dos meses que se cumplieran los cincuenta años del Golpe de Estado y la muerte de su marido.

Por RODRIGO CABRILLANA / Foto: ARCHIVO

Corría noviembre de 2009, se relanzaba el poemario “Mapurbe”, del poeta mapuche David Aniñir, en la Estación Mapocho, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Santiago, cuando de reojo divisé a Joan Jara muy distendida entre los asistentes al evento. Su presencia era evidente y muy característica, con esa figura que desprendía parsimonia, delicadeza y sapiencia, y que no era muy habitual apreciarla en las personas.

Sin embargo, ese vistazo casual en unos momentos pasaría a un encuentro espontáneo, minutos más tarde. Porque finalizado el acto solemne del libro y después de los saludos de rigor con el autor, nos dispersamos todos con motivo de seguir recorriendo la feria, hasta que, de ocasión, nos encontramos frente a frente con Joan. No tenía motivo para importunarla, pero mi compañera del programa de Literatura de mi universidad y que me acompañaba en ese momento, se acercó a saludarla afectuosamente y a compartir algunas palabras esporádicas con Joan mientras me pedía que por favor capturara el momento en una instantánea.

Fue todo tan veloz e impensado que estaba mudo frente a ese propicio instante, cuando Joan me saluda también y me pregunta amablemente si quiero compartir con ella una fotografía. Accedí sorprendido a su ofrecimiento, porque sabía muy bien de quién se trataba y la importancia que tenía para la cultura de nuestro país, ya que había leído mucho sobre Víctor Jara en mis años universitarios, y oportunidad que tenía de informarme acerca de su caso, lo hacía.

Además, a fines de los ’90 había firmado una petición pública con otros cientos de personas para que su caso se reabriera en los tribunales y se hiciera justicia acerca de su asesinato.

Desconcertado por tener al lado a Joan, me abraza fuertemente, pero… sucedió que la cámara se inmovilizó y no hubo caso que partiera. Son esos imprevistos que suceden uno en cien, y el abrazo cálido de Joan se prolongó tan sólo de unos segundos a quizá un minuto o minuto y medio esperando el flashazo que nunca fue. Y bastó tan sólo ese santiamén para darme cuenta de la delicadeza, de la empatía y del cariño que entregaba la viuda de Víctor a la gente, incluso sin conocerla. Porque Joan era una persona buena, linda, afectuosa, de esas que hoy ya casi no quedan.

“No se puede, pero uno se queda con esta imagen para siempre”, me dijo el acompañante de Joan, y devolviéndole nuevamente el abrazo a Joan me despedí para luego perderla entre la multitud, con la esperanza de volverla a divisar en alguna otra ocasión.

Una foto que ya es icónica. Con Manuela, la hija de Joan de su primer matrimonio con Patricio Bunster, y Amanda, la hija de Joan y Víctor.

Con los años aparecieron los asesinos de Víctor, tomaron un carácter mediático sus rostros y ya todo el mundo comenzó a asociar y a reconocer al ex teniente prófugo en Estados Unidos, al mal denominado “Príncipe” y a cuantos malhechores más que cometieron éste y otros tantos crímenes en la más brutal impunidad de la dictadura.

Y Joan siempre ahí, impasible al pie del cañón, luchando en todo momento por la causa de Víctor, aunque pasaran treinta, cuarenta o cincuenta años. Si había que marchar por la causa ahí estaba; si había que hablar con la prensa del caso, ahí estaba. Una mujer incombustible y de una fortaleza, resiliencia y consecuencia que impresionan. El amor eterno a Víctor y a su familia lo explicaba todo.

Pero aún más conmovedor y sorprendente fue apreciar a Joan en los Estados Unidos hace unos años, enfrentando cara a cara en los tribunales del país del norte, al posible asesino de Víctor. Una persona de casi noventa años, que permanecía estoica frente a la crudeza de todos esos relatos que seguramente debió escuchar de cómo martirizaron de manera desalmada a su marido, al cantor del pueblo.

Y, sin duda, que la figura de Joan tomó tanto protagonismo en nuestra sociedad como el arte musical y la estampa inmortalizada de Víctor. Se empoderó en alguna medida de ese legado y espontáneamente le dio el proseguimiento que necesitaba y debía hacerse entre las nuevas generaciones. Quién mejor que Joan, con su deferencia y ternura que siempre demostró.

Hace unos meses, tuve la suerte de conocer e intercambiar algunas palabras con Héctor Herrera, el antiguo funcionario del Registro Civil que sacó a Víctor de la morgue y que permitió en alguna medida que el cantante no se transformara en un detenido desaparecido. Un acto heroico, tan valiente como el de Joan de ir a buscar a su marido en medio de la angustia, la incertidumbre y de todo ese horror que imperaba.

Y al conversar con Héctor, le consulto sobre cómo deberíamos recordar a Víctor entre nuestros estudiantes, entre nuestros niños que están conociendo y aprendiendo sobre lo que es la música chilena. “Haciendo sonar sus canciones, incentivando que las toquen y las hagan suyas”, fue su generosa respuesta. No obstante, la pregunta ahora es: ¿cómo deberíamos entonces recordar también a Joan?

La imagen de Joan no se diluirá jamás entre nosotros, porque su legado no solamente está en el arte que también como bailarina nos supo entregar. Sino que sobre todo se encuentra en su humanidad y en la bondad que nos obsequió por años.

Fue imposible no dejar correr una lágrima cuando me enteré por una publicación de su partida. La imagen imperecedera que refiriera el acompañante esa tarde de Joan en la Estación Mapocho volvió inmediatamente a la memoria. Porque esa estampa que no se pudo retratar anecdóticamente en una fotografía, quedó en mi recuerdo para siempre, como un grabado de esos mágicos que nos regala casualmente el universo. Y como también entre nosotros permanecerá seguramente la infinita figura de Joan Jara, de quien todos debiésemos aprender.

Joan Jara, un monumento a la ternura y la consecuencia, gracias por todo.

RODRIGO CABRILLANA

(Santiago, 1978), es profesor con un magíster en Literatura (Usach) y escritor de crónica musical. Ha publicado diversos libros sobre música chilena y actualmente graba y produce, en conjunto con la radio del Centro Cultural de España en Santiago, el podcast “Noches de Rock & Roll”, basado en la cultura musical de Concepción.