Columna de Rodrigo Cabrillana: Parra y Lemebel, genios y figuras hasta la sepultura

Este 23 de enero se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de ambos escritores que son totales referentes en la literatura chilena. Ambos construyeron y cimentaron un rico imaginario a partir de sus experiencias sociales y personales con la cultura que los acogió.

Por RODRIGO CABRILLANA / Fotos: ARCHIVO

Si existe un denominador común entre las figuras de Nicanor Parra y Pedro Lemebel, es que ambos hoy probablemente comparten una elevada popularidad en la literatura criolla, aunque no se encuentren físicamente entre nosotros. Lo que no deja de ser sorprendente, porque si bien Parra siempre se elevó como una especie de rockstar de la antipoesía durante sus últimos años, Lemebel que proviene de un contexto mucho más periférico, nunca fue un escritor alzado ni inalcanzable para sus lectores.

En ese sentido, es cosa de analizar las figuras de ambos escritores durante sus existencias.

Nicanor, originario de San Fabián de Alico, viajó hasta Santiago para terminar sus estudios secundarios, luego egresó del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile como profesor de Física y Matemáticas y comenzó en sus años de juventud su práctica en la literatura.

Publicó el poemario “Cancionero sin nombre”, con la Editorial Nascimiento en 1937, con el que obtiene el Premio Municipal de Santiago y con el que Gabriela Mistral se refirió a su figura como “el futuro poeta de Chile”. Libro que más tarde Parra terminaría alejando de su obra gruesa y considerándolo poco a la hora de reseñar su trabajo.

Nicanor también es parte del famoso clan Parra, que lo integran Violeta, Roberto y Lalo, todos sus hermanos y reconocidos por sus aportes a la cultura musical chilena.

En tanto, Lemebel nació en un sector cercano al Zanjón de la Aguada en Santiago de Chile. Criado en barrios populares, se instaló a vivir con su madre por Avenida Departamental, terminando sus estudios secundarios en el Liceo Manuel Barros Borgoño e ingresando a estudiar al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, al igual que Parra, donde se tituló como profesor de Artes Plásticas. Alcanzó a ejercer la docencia en un par de ocasiones, pero se dedicó con el tiempo de llano a la literatura.

Ambos, tanto Pedro como Nicanor cultivaron entonces el arte de la palabra desde muy jóvenes, la que además los catapultó como ilustres referentes en sus géneros. Parra en la poética y Lemebel en la narrativa. Nicanor recibió el Premio Nacional de Literatura en 1969, pero Pedro nunca lo ganó. Parra tuvo la oportunidad de viajar a perfeccionar sus estudios, ganó el Premio Miguel de Cervantes y fue nominado al Nobel de Literatura. Lemebel siempre tuvo que luchar por las diferencias, fue excluido y tuvo que hacer camino desde su propia literatura.

Como ven, siempre hubo desigualdades evidentes en sus carreras literarias, pero aún así, ambos lograron llegar a la masa. Pedro destacó desde temprano con sus cuentos en los talleres literarios de los que fue parte, obteniendo reconocimiento y consiguiendo en el tiempo publicar y divulgar sus escritos a gran escala.

Ambos tuvieron amistad también con Roberto Bolaño, y con el tiempo sus figuras se convirtieron en especie de íconos. Mientras Nicanor se negaba a conversar con la prensa, a aparecer en programas de televisión y a cultivar una especie de imagen de escritor solitario mientras era elogiado por el resto del mundo literario hispanoamericano; Pedro, en cambio, no se destacaba por su simpatía precisamente, pero divulgaba su arte en todo contexto. Si tenía que ir a un programa lo hacía, si tenía que ir a una feria lo hacía y si tenía que conversar con los periodistas también lo hacía. De hecho, Lemebel se proyectó no solamente como escritor sino también en la performance, fundó el colectivo Las Yeguas del Apocalipsis junto a Francisco Casas e hizo de la diversidad sexual su bandera de lucha permanente.

En lo personal, tengo en la retina la impresión de dos monstruos de la literatura chilena que vivían permanentemente cuestionando todo e instalando sus visiones desde sus propias perspectivas sociales y artísticas. Los dos eran tipos estrechamente ilustrados y con un talento impresionante.

Pedro Lemebel era más accesible para la prensa que Nicanor, que prefería ser un solitario.

Recuerdo asistir a las conferencias de Lemebel en la Feria Internacional del Libro de Santiago, observar desde lejos sus encuentros con sus lectores y lo requerido que era permanentemente por los asistentes a este tipo de eventos. Conocía bien sus libros, pero sabía que no era un tipo fácil de tratar y eso me generaba una cierta distancia, y una especie de temor juvenil al momento de hablarle. Una vez lo tuve enfrente sin nadie por delante, con todo el tiempo del mundo, en el que podría haberlo saludado, sin embargo, preferí seguir de largo. Si no congeniabas con Pedro, era mejor no coincidir.

No obstante, Parra me generaba fascinación total, no solamente por su trabajo en la literatura, sino seguramente porque estaba mucho más conectado con su obra. Algunos de sus textos habían sido musicalizados por bandas nacionales como Congreso y Chancho en Piedra, y recuerdo abiertamente una entrevista a Lalo Ibeas, vocalista de los Chancho, en Radio Rock & Pop, donde contaba que había visitado recientemente a Nicanor en su casa de Las Cruces y que “el viejo era muy fanático de Rage Against The Machine”, el grupo de rock de Tom Morello. Eso me voló la cabeza… Además, su hija Colombina era una intérprete y una talentosa compositora de rock nacional, a diferencia de Lemebel que mantenía solamente amistad con alguna que otra figura de la música nacional como, por ejemplo, el guitarrista de Los Prisioneros, Claudio Narea.

Para mí Nicanor era un rockero hecho poeta y a la vez, una especie de leyenda y mito viviente. Y así fue como también llegué una Navidad de 2009 improvisadamente a su hogar en el balneario en que residía. Al golpear su puerta junto a unas compañeras y amigas universitarias y verlo aparecer repentinamente, fue como un encuentro casi con una divinidad emergida desde las nebulosas de la poesía: El maestro, el viejo brujo, el genio de la literatura chilena.

El rayado de su puerta en que se leía “antipoesía” y otra leyenda en la entrada de su hogar escrita improvisadamente por algún admirador y que decía “don Nica al Nobel”, confirmaban la trascendencia de su personalidad artística y cultural.

Ambos, tanto Pedro como Nicanor se fueron un 23 de enero pero en diferentes años. Lemebel falleció en 2015, en tanto Nicanor lo hizo tres años más tarde, en el verano de 2018. Ambas muertes impactaron fuertemente en la escena literaria nacional y tuvieron masivas despedidas.

Con el tiempo, sus textos tomaron mucha más fuerza y se instalaron de lleno en la historia y la tradición de la literatura local. Pedro incluso se volvió una especie de efigie en los muros que dejaban testimonio del estallido social de 2019.

Es indudable no extrañarlos, en una sociedad moderna que cada vez más parece banalizar sus formas y fondos.

 

RODRIGO CABRILLANA

(Santiago, 1978), es profesor con un magíster en Literatura (Usach) y escritor de crónica musical. Ha publicado diversos libros sobre música chilena y actualmente graba y produce, en conjunto con la radio del Centro Cultural de España en Santiago, el podcast “Noches de Rock & Roll”, basado en la cultura musical de Concepción.