Columna de Sebastián Gómez Matus: A 78 años de la bomba Little Boy en Hiroshima

A propósito del interés que ha despertado el último filme de Christopher Nolan, “Oppenheimer”, el lunes 6 de agosto de 1945 se tiró la primera bomba atómica de la historia.

Por SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS / Foto: ARCHIVO

La primera bomba atómica de la historia fue lanzada desde el bombardero estadounidense Boeing B-29 Superfortess llamado Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets, que había bautizado al avión en honor a su madre. No deja de ser curioso el nombre de la bomba y el homenaje a una madre por parte del militar estadounidense.

El artefacto fue lanzado desde casi 11 mil metros de altura y explotó aproximadamente a las 08:15 de la mañana, a unos 600 metros de altura sobre la ciudad de Hiroshima, matando a casi la mitad de la población en los primeros momentos después del atentado. Nueve días después, el Imperio de Japón anunció su rendición incondicional, dando término a la Guerra del Pacífico y, en efecto, a la Segunda Guerra Mundial en esa parte del orbe.

Hace poco se estrenó la película “Oppenheimer”, de Christopher Nolan, que muestra los sucesos políticos y los encadenamientos del poder en torno al desarrollo de la primera bomba que da inicio a la carrera atómica y deja los nombres del presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, y del científico Robert Oppenheimer, como dos seres funestos en la historia del coloso norteamericano y de la humanidad.

Respecto de este último personaje, todavía espanta la cita del Bhagavad Gita, que mencionó tras la detonación de los 22 kilotones que tuvo lugar en el cielo japonés: “Si mil soles aparecieran en el cielo al mismo tiempo, tal brillo podría asemejarse al esplendor del Espíritu Supremo”. La cita hacía alusión a los innúmeros incendios que aparecieron esa mañana en el cielo nipón. Posteriormente, cayó una lluvia negra sobre lo que quedaba de la ciudad y quienes no habían sido exterminados al instante.

El ataque aéreo mató en el acto a unas 80.000 personas, en su mayoría civiles, de un total de 350.000 habitantes en aquel entonces de la ciudad sita al oeste del Japón. Con los días, la cifra de víctimas se elevó a 140.000, dadas las atroces heridas y enfermedades derivadas de la radiación. Con los años, esta cifra se duplicó y resulta difícil precisar las consecuencias, ya no físicas, sino sicológicas de las víctimas de semejante acto criminal.

Por otra parte, este lamentable bombardeo generó toda una suerte de literatura y respuesta en las artes hasta el día de hoy (hace poco Alfredo Jaar ganó el Premio de Arte del Museo Histórico de la Ciudad de Hiroshima), que sigue siendo un tema central en la obra de algunos escritores, como es el caso del destacado poeta yonsei Brandon Shimoda, que ha escrito bastante en torno a la diáspora japonesa que supuso el bombardeo y la guerra.

Además de ser uno de los poetas más interesantes del panorama contemporáneo estadounidense, Brandon Shimoda dirige la Biblioteca Hiroshima (The Hiroshima Library), que es una colección/sala de lectura itinerante de libros sobre los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, ciudad que fue atacada tres días después que la primera.

La biblioteca tiene más de 200 libros en torno al tema, incluyendo testimonios hibakusha (“personas bombardeadas”), libros de historia y periodismo, arte y fotografía, poesía, novelas, teoría y política, cómics, etc. La biblioteca está inspirada en el Parque del Memorial de La Paz en Hiroshima. En definitiva, esta colección abre nuevos canales para el trabajo histórico de la memoria, sobre todo ante hechos tan delirantes como el bombardeo de Japón.

Como señala la poeta coreano-estadounidense al referirse al libro de Shimoda y a los modos que emplea en el trabajo histórico: “Es parte sueño, parte memoria, parte olvido, parte identidad. Se trata de una destacable exploración de cómo la ciudadanía se forja mediante la brutalidad de las fuerzas imperiales de Estados Unidos, a través del trabajo esclavo, la detención forzosa, el bombardeo indiscriminado, la amnesia histórica y los muros”.

SEBASTIÁN GÓMEZ MATUS

Poeta y traductor. Ha publicado “Animal muerto” (Aparte, 2021) y “Po, la constitución borrada” (facsímil digital). Entre otros, ha traducido a John Berryman, Mary Ruefle, Zachary Schomburg y Chika Sagawa. Forma parte del colectivo artístico transdisciplinar Kraken.